No hay un solo final

30 de diciembre de 2018 § Deja un comentario


albumtemp.jpgHoy hice una de mis rutas en bici. Me levanté tarde y decidí a última hora, como siempre, porque quizá me gusta esa manera, el lugar al que me apetecía ir, la zona, qué tipo de campo y de paisaje quería ver, y elegí una ruta circular a cuyo punto de partida y de final podía llegar en tren. Una de las cosas que más me gusta de mis rutas es preparar lo que me llevo, porque entonces, cuando sabes que cada kilo que acumules van a resentirlo tus piernas, es cuando recuerdas qué es lo importante y aprendes lo poco que necesitas en realidad. También compruebas, o al menos yo, que me importa tanto llevar mi cámara conmigo, como tener el estómago lleno y alguna barrita energética en mi mochila, tener a la mano suficiente agua y un buen equipo de abrigo para esos 7 grados de invierno que me esperan.

DSC00339.JPGTomo el tren y en el paisaje, dos cigüeñas gigantes y cercanas, que deberían llegar en primavera, pero que ya no se van de España, aparecen en el cuadro superior de la ventana del vagón, cruzando de arriba abajo, en diagonal, el cuadro que me ofrecía la ribera del Jarama. Quisiera pedalear esa ribera, a dónde llevará… Y las cigüeñas, emigrantes como yo, ahora han decidido no emigrar, y con sus nidos coronan, como estrellas del árbol de Navidad, los postes eléctricos piramidales y férreos, que cortan el cielo luz en figuras geométricas.

Llegué a mi punto de partida, pasé por una gasolinera para comprar unas barritas energéticas o algunos frutos secos. Me esperaba de bienvenida una cuesta pronunciada, de unos 300m de desnivel positivo sin descanso. Después de una barrita de plátano y muesly, me pongo  a subir, sigo sin tener calas en mi bella bicicleta, y esos zapatos de ciclista suben 5km/h de velocidad media. Debo ir a unos 13/km ahora mismo, estoy desenfrenada y ya empiezo a moquear por el frío y el esfuerzo. La cuesta va a ser larga y estoy sola con mi respiración, mi peso y la fuerza de mis piernas. ¿Por qué hacemos este esfuerzo? No tiene razón, ni meta, estamos solos, con el frío, con el espacio, atravesándolo. ¿Para qué? Dijo mi madre que esto es espiritual, claro que es espiritual, ¿qué otra cosa si no puede ser? Seguimos subiendo. Pienso que no tengo prisa, que debo subir un piñón, dos, los que hagan falta, mantener la respiración regular e ir más lento. No se ve el final porque la carretera tiene curvas y, cuando ya parece que acaba todo, giras y sigue la cuesta. ¿Qué te importa la cuesta y su final? Escucha tu respiración. Los cardos que dejo a mi derecha están ya secos y me gustaría hacerles fotos pero, cuando voy cuesta arriba, no me bajo de la bici a no ser que sea desmayada, es mi única norma. ¿Cómo mostrar en una foto la belleza de los cardos? Los cardos son como La Mancha y como los manchegos, espinosos, austeros y con alguna que otra flor exótica. Un poco incomprensibles quizá, hay que entenderlos. La belleza de los cardos me la enseñó mi padre, que precisamente no era manchego, pero decía que en esa tierra parda y seca donde yo nací surgían grandes genios. El genio queda atrás cuando pedaleo, porque soy fémur, agua, ojos, sed, estómago satisfecho, corazón lleno de coraje, superación, aliento.

DSC00343.JPGYa empiezo a sudar y los 7 grados dejan de parecerme enero. La cuesta no acaba y no sé qué andaba yo pensando pero el cielo azul y el olor a romero. El último tramo se pone muy difícil y saco fuerzas de alguna rabia escondida que pateo y dejo atrás de mis ruedas cómplices, alguna incomprensión, una injusticia, las escupo fuera, quedan atrás y ya no las veo. Sigue, sube, ya casi estamos, o no, eso no importa. Agítate, salud perfecta, edad perfecta, sentidos dispuestos para estar en el mundo bello que me rodea ahora. Y allá en la cima, parece que ya la veo, se va asomando un castillo o una iglesia. Recupero el aliento y ya voy sudando, pero no me paro porque aún falta un cacho, me gusta la palabra cacho, y yo no me bajo en las cuestas, ya lo estoy logrando, así que allá arriba, me quitaré las tres… capas… que… llevo…: el cortaviento, la chaqueta, la térmica y… me quedaré con manga corta porque yo no me enfermo.

Por fin, pude quitarme toda aquella ropa, ¿para qué la traje? Aquí la enseñanza. ¿Cuándo me duró el frío? ¿Diez minutos? El resto del camino fui cargando peso por 10 minutos sin frío. Lo importante y lo superfluo. Ahora el viento me corta la piel de los brazos entre fríos y sudados. Y allá en lo alto se ve el castillo al que quiero llegar para ver lo que el castillo ve si es que él está viendo. Atravesando el pueblo tan parecido a cualquier pueblo manchego llego a lo alto de lo alto para ver la gran llanura que circunda a esa construcción ocre y sin ventanas. Intento que el paisaje se meta dentro de mí a través de mi nariz, hasta mi pecho, por eso aspiro con los ojos bien abiertos, para encontrarlo otro día en mi memoria, cuando me haga falta y yo esté lejos.

DSC00337.JPGPero ¿qué hago aquí? Aún me queda un largo trecho, tardé mucho en estos pocos kilómetros por esa cuesta y ya no puedo ver el pueblo desde el que comencé a pedalear. Con mis dos piernas y mi bici nos hemos desecho de ese espacio y hemos ganado este, para ahora abandonarlo también y entrar en otro lugar. ¿Cómo entenderlo?

Salgo de allí y entonces, carretera desierta y llana para descansar de tanto subir. En alguna glorieta futura giraré a la derecha y emprenderé el regreso al pueblo inicial. De modo que, como no hay desvíos, me despreocupo del GPS que tengo en el móvil y lo dejo quieto no se me vaya a descargar y me caiga la noche y yo sin saber regresar. Sesenta por cierto de batería. ¿Qué pasaría si se me hiciera de noche? Nada en realidad, la noche no me asusta, me asusta más la gente, además de que en el campo abierto no existe la oscuridad, todo se vuelve vivo pero de otra manera, como si uno presencia el fondo del mar. Sólo el frío me preocuparía, pedalearía hasta que amaneciera para contrarrestarlo y luego me alegría mucho de ver el primer pueblo, el primer coche, el primer humano después de una noche larga pedaleando por una eternidad. Aunque odio dormir mal igual que odio comer mal.

Los conejos se asustan a mi paso porque pocas bicis deben pasar por allí. Los coches aprenden a adelantar con prudencia en España, poco a poco, pero menos mal. Ahora lo hacen dejando espacio al que pedalea. Poco arcén, pero algo sí, y una carretera que es una línea para pedalear con fuerza y voy allá. ¿Quizá ya estoy muy mayor para competir? Pero, ¿qué más da? Compite contigo, como ahora, con tu pasado, con tu rabia. Quiero encontrar a otros que compartan esta increíble sensación. Vuelvo a sentir mi cuerpo y acelero para dejar mi YO atrás. Todo pensamiento empieza a desaparecer y aparecen mis ojos abiertos de par en para no salirme del arcén, aparece mi corazón de nuevo, aquí está, latiendo con la fuerza de mis 34 años de edad, aparece mi respiración, los mocos, mi nariz fría, la sed, trago de agua, aparecen mis manos firmes en el manillar, cambiar de posición para no generar resistencia al viento, bajar el torso por debajo de la cadera y pedalear más, aparecen mis dedos fríos de los pies, mis piernas incansables quieren correr aún más, ¿más? y el espacio se sucede debajo de mí a toda velocidad, fuerte, adelante, a solas con este vendaval que yo levanto. La glorieta ya está aquí y debo girar a la izquierda, frenar porque Guardia Civil, ¿por qué? No eres un coche. Igual no pueden decirme nada, pero frenar, girar, frenar.

DSC00342.JPGY en el camino de vuelta me toca en premio la cuesta abajo que con tanto esfuerzo subí por el otro carreterín. Ahora sí voy a disfrutar de la velocidad igual que antes me costaba despegarme de la fuerza de la gravedad. Quiero seguir pedaleando pero puede haber hielo porque estamos a la sombra, cara norte, suelo mojado en las curvas y escarcha en el romero. Voy en manga corta y una caída sobre el hielo me destrozaría los brazos. Pero nunca me he caído y eso no va a pasar. Bajada y volando en libertad, pedaleando torso abajo, barbilla casi en el manillar. Sé que hay riesgo, pero no puedo dejar de pedalear para ir un poquito más rápido, y las curvas me inclinan de un lado al otro, y el viento me golpea más fuerte que antes la piel de mis brazos erizados y sólo existimos la velocidad y yo la sensación de respirar. Y llegamos a los 57km/h sin motores, sin electricidad. Y vemos el pueblo del que partimos ahora desde el norte, qué pronto. Pienso en comida caliente para terminar. Un plato de judías, quizás, un caldo, yo qué sé. ¿Quién es la meta? ¿Cómo se llama? No hay: la meta es pedalear.

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No le gustan las muñecas

16 de diciembre de 2018 § 2 comentarios


10830894_10152952309758564_5283070815623995155_oA mi niña no le gustan las muñecas, le dijo mi padre una vez a su viejo amigo Juan, médico cirujano. El buen hombre sevillano, soltero de barba espesa y piso desordenado, siempre me parecía un poco sonámbulo y siempre se lo achaqué a sus guardias en el hospital. Su departamento era desolador porque en él no había nada que no fuera estrictamente necesario. Era inhabitable porque estaba hecho para ser únicamente práctico, y en poco se diferenciaba de la cuadra de un caballo o de un consultorio. Sólo tenía lo necesario para para proteger el cuerpo endeble del animal humano, y ayudarlo a sobrevivir en el invierno y el verano, además de taparle las vergüenzas y hacer privada su tristeza permitiéndole llorar a salvo. Y no sé si Juan lloraba mucho, pero aquel día tenía los ojos hinchados. Y los niños que no nos damos cuenta, pero sí nos la damos. Quizá no pensé “Juan ha llorado”, pero sí recuerdo sus ojos y la sensación que me daban se cruzaba transversalmente como una flecha con la alegría que sentí al encontrar una baranda negra que subía por la escalera de su cuarto donde yo podría demostrar a mi padre, mi héroe, mírame papá, me subo a pulso, con mis músculos, papi, ¿me estás mirando? Y él, sí, hija, mira, Juan, qué fuerte es mi niña. Y Juan dice que no haga eso más, que me van a crecer los músculos y eso no me va a gustar. Yo jamás había escuchado una tontería tan grande hasta unos años después que otro señor amigo de mi padre me dijo que no me arrancara las costras de mis heridas de las piernas porque de mayor me iba a dar vergüenza llevar falda. Aquí estoy, don José Manuel: sobreviví a su vaticinio de trauma. Y siguen sin gustarme las faldas.

Pero Juan insistía en que no jugara con la baranda y mi padre: déjala. Papá, a ver si puedo hacer diez, o alguna más. No tiene que ser fuerte, dice Juan. Claro que sí. Llevo toda mi vida aguantándome el llanto de mis heridas de las rodillas y en las espinillas sólo para que mi padre me dijera “qué valiente, no has llorado”. Pues claro que no he llorado. Es más: cuando me he caído de la montaña de pizarras (donde escalo) y una piedra puntiaguda se ha incrustado en mi rodilla no he sangrado nada al principio, pero al sacarla, ¡brum! borbotón de sangre y hasta vi la grasa que hay debajo de mi piel, es blanca y rugosa, ¿eso es la grasa? Y apreté para que la sangre saliera en abundancia y mi valentía fuera mayor, y no hizo falta mucho para que se me escurriera hasta el calcetín blanco que tiene dos rallas, una azul y otra roja, ochenteros, que se me comen dentro del zapato, y los saco y los estiro hasta mi gemelo, pero corro un poco y ya están otra vez abajo. El calcetín ya empapado de sangre y del dolor no me acordaba porque sólo pensaba que ya quería llegar a casa y enseñarle a mi padre que no estaba llorando y para que viera lo fuerte que soy. ¡Papá! Dime, hija. Pues (con indiferencia) nada, que me he caído. Mira. Y papá deja el caballo, lo ata en el patio y se acerca chocando sus espuelas en el suelo grisáceo: uy, peque, vamos a ponerte agua oxigenada. Y un chorreón de agua oxigenada, espuma saliendo de aquella herida y yo sin inmutarme esperando mi reconocimiento. Pero, ¡qué valiente! Claro.

Juan insiste, pesado, mientras yo hago mis flexiones, y mi padre le hace un gesto pasota pasivo de bah, que no, hombre, déjala en paz, así le gusta a ella jugar. Hablando de jugar, dice Juan levantando su dejadez del sofá de cuero negro cómodo pero terriblemente feo, le he comprado una cosa a la niña. Y yo dejé de hacer flexiones, ¿un balón? (aquí no voy a poder jugar). UNA MUÑECA EN UNA CAJA ROSA aparece en las manos del hombre penumbroso. No le gustan las muñecas, le dice mi padre. ¿Ah no? Responde Juan, y ¿a qué juega? Y yo que ya echaba de menos las montañas y el río donde extendía mi espada-palo para jugar con enemigos imaginarios y rescatar a la princesa, con mi perro-caballo Galeote ladrando detrás de mí sobre la montaña de piedras. O cuando me iba a la zona de minas, que estaba prohibida, para pisar lentamente la superficie peligrosa por derrumbes; quizá no sabía Juan que también tenía un enorme río al que iba tras media hora de camino, con mi llave al cuello, sin vallas, todo el campo para mí, y que el camino me ofrecía moras de zarza y espárragos, animales muertos en descomposición llenos de gusanos para analizar su mundo con un palito porque qué raro, cuántos hay dentro, y hormigas en hilera por el camino cruzando y yo saltándolas porque no las quiero pisar. Y cuando llegaba al río, afluente del Jabalón, había ratas de agua o así las llamaba yo, y tortugas, o galápagos, había conejos mirándome como estatuas a las yo no puedo ver, había víboras y juncos, y unas grandes piedras para atravesar el río y uy, otra vez me escurrí y me hice daño en el culo, adiós a llegar a casa con las zapatillas secas, y ahora cada vez que doy un paso fhshuch fhshuch, me sale un charco de cada pie, pero da igual porque todavía no tengo frío, me quedo un rato más y visito mi cabaña donde enterré bajo un árbol un tesoro que sólo yo sé dónde está y que tiene una banderita que hice en una hoja de mi cuaderno de cuadros, donde dibujé un escorpión porque yo soy escorpión, nací el 17 de noviembre y sonreí a mi padre por llamarme siempre valiente y olvidarse de la mala fama que puede tener que yo sea una chica fuerte.

No me quiero acordar

15 de noviembre de 2017 § 2 comentarios


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Cuernavaca, 2017 – Foto de Macu Gavilán

No me quiero acordar de México porque tengo mis rutinas ciclistas, mi tarjeta de BiciMad con cuyas bicis motorizadas me muevo sin imprevistos por la ciudad. No me quiero acordar de México porque voy a la biblioteca del Reina Sofía en un horario regular, y allí miro las convocatorias del siguiente paso que voy a dar; porque planeo los días, y los planes suelen cumplirse porque no hay forma de improvisar: casi no hay imprevistos, casi no hay sorpresas. Y la vida, ¿dónde está? Por eso no me quiero acordar. No me quiero acordar de lo grande que es el mundo en México, de que allí el mundo es un universo, de que pasan cosas por todas partes, a todas horas. Ni quiero pensar en los tacos parados de Baja California, ni en las banquetas de Coyoacán reventadas por la fuerza de los árboles. No me quiero acordar de cómo llamaba a la puerta de la casa de mis amigos sin avisar y siempre tenían una tarde para regalarme. No me quiero acordar de cómo yo también regalaba mis tardes. No me quiero acordar de lo feliz que fui yendo a Garibaldi en un vocho-taxi verde y blanco pirata sin asiento de copiloto: ocho en un coche parchado de mil coches. No me quiero acordar de cuando compré un Chevy de quinta mano chocado sólo Dios sabe cuántas veces, ni de cómo dije “ni modo” y me fui con él a la selva. Y de cómo todo salió bien, como suele pasar. No me quiero acordar de la felicidad de sentir que mi historia empezaba de cero, desde donde yo quisiera, sin pasado. No me quiero acordar de los amigos-muégano acompañándome al dentista, de mi primer amor gatuno, Roberta, del coche azul que me llevaba a la Cineteca dos veces por semana. Y ya no hablo de chilaquiles, ni del chile de árbol, ni de mis sincronizadas de media mañana, ni del chocolate del Jarocho. No me quiero acordar de los cigarros sueltos, ni de los taxistas a los que YO ALBUREO (que conste). No me quiero acordar del brillo de las piedras de las calles de Coyoacán, de lo bien que reflejan la luz de la farolas cuando están mojadas por las lluvias de julio. Sí, lluvias, en julio: no me quiero acordar. No me quiero acordar de Cicalco, Torres Adalid, Omega, y hasta ocho calles en las que viví hasta llegar a la Casa Morada, donde me despedí de México. No puedo creer que ese mundo tan mío siga viviendo y cambiando tan lejos de mí. Hasta los atascos los recuerdo divertidos, imagínense si echo de menos a ese DeFectuoso perfecto. No me quiero acordar porque, si me acuerdo, regreso.

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