Crónica de un vendedor de agua

7 de marzo de 2017 § Deja un comentario


El precio de la vida comunitaria

Muchos emigrantes sentimentales huimos de nuestros países porque cada vez se parecen más a esos cementerios militares estadounidenses: alineados, racionalizados, funcionales, anónimos, estructurados, supervisados, seguros y ahorradores. En ellos, como en la vida, el hecho de que cada elemento tenga un sentido (económico) ha provocado que su conjunto carezca de sentido (existencial), y no sabemos encontrar la salida a esta cárcel paradójica.

Quizá por eso, muchos emigrantes sentimentales nos enamoramos perdidamente de los países latinoamericanos, donde lo imprevisible es el pan de cada día, y la monotonía, un lejano cuento de hadas.

A veces desarrollamos una afección exageradamente benévola por cualquier cosa extraña que encontremos y nos convertimos en auténticos pánfilos, en el sentido más literal de la palabra: «amantes de todo». Seguir leyendo… 

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La calle Mayor

2 de marzo de 2017 § Deja un comentario


Canto en la naturaleza

6 de febrero de 2017 § Deja un comentario


15085694_10154548498758564_5366889692329026517_nLas sombras de las ramas acarician
mis brazos, que dan suelo a su danza;
el viento viene a verme y se revuelve
entre mi piel y mi casa.

Los pájaros desconocen mi nombre
pero no el amor que aguarda en mi garganta;
el musgo del repecho de la roca
corresponde a mi alma.

El duelo de mis dedos temerosos
olvida su zozobra cuando besa el agua;
los charquitos, las hormigas y las piedras
me consuelan, me callan.

Soy oidor de todos sus pensamientos
de la poesía de sus quejas cotidianas;
voy y vuelvo de la montaña al pueblo,
ligera, con las campanas.

Entorno los ojos para distinguir del cielo
cómo, allá arriba, me saluda una planta;
yo la amo y me convierto en su siervo
sin preguntarle nada.

El camino de tierra es un milagro,
me tiendo sobre él como en un lecho;
y escucho su voz ronca preguntando
por mis sueños.

Me desperezo como un animal, sin prisa
estiro mi vista hasta la última loma;
pongo mi oído sobre la tierra encendida
y escucho el idioma

de los mamíferos tendidos a la sombra
que con tanta dulzura se acicalan;
me guardo en sus pellicas y su lengua
me amamanta.

No tengo miedo ya, no espero nada.
Mi cuerpo, joven aún, es libre
de sí mismo y de aquello que ama.

No padezco hambre ni frío,
y me entrego al sueño confiadamente
esperando seguir aquí mañana.

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