La nación de Sade

16 de marzo de 2012 § 4 comentarios


Diego Rivera

Mi memoria todavía anda masticando, en los momentos de descuido, algo que un amigo y escritor me dijo hace ya tiempo: en Hispanoamérica se puede decir casi cualquier cosa por bárbara que sea; su cotidiano Realismo Mágico hace que pocas cosas levanten el pudor de las conciencias a la manera en que la aristocracia europea se llevaba la mano a la boca semiabierta disimulando su rubor. Pero eso sí, hay algo prohibido en Hispanoamérica: no se puede, bajo ningún pretexto, criticar el país donde se está.

Yo que venía de una España corroída, despreciadora de sus cosas verdaderamente buenas y orgullosa de su patético desarrollo, imitadora acrítica de la vanguardia estadounidense y además, lenta imitadora; una España que ha creído que devorarse (que no criticarse, pues ello implica algún tipo de criterio) es el atajo definitivo que la llevaría por fin hacia la cumbre del siniestro Progreso, yo que venía de esta España, tenía al nacionalismo por el peor defecto de la derecha.

Pero conforme fui comprendiendo la idiosincrasia mexicana fue tomando forma una pregunta esencial sobre la idiosincrasia española: ¿por qué mi país quiere devorar lo que le es propio? España, en cuanto a sus símbolos, es, todavía, lo que Franco quiso que fuese, en tanto que cada símbolo nacional continúa cosido a su figura política fascista como un aroma del que no consigue librarse: la Iglesia, el folklore, la tierra de Iberia, la lengua castellana y la bandera roji-amarilla todavía huelen al macabro pasado dictador. Por eso, si uno quiere superarse como español y ascender a europeo o (si se puede) a norteamericano, ha de decir no a España, y por ello no a la Iglesia católica y a sus valores, no a nuestro folklore risible, no a nuestro territorio sediento y a nuestra pobre y provinciana lengua.

Desde que yo tuve conciencia política en mi juventud supe que ser ateo era más atractivo que ser creyente, que lo intocable había de ser violado, que no podía tomarse en serio a nadie que dijera que le gustara la copla y no el pop-rock anglosajón, que la bandera de España era un tabú desagradable y que el inglés era la lengua superior traída del futuro.

No es casualidad que los únicos que tienen hoy el “privilegio” de ser nacionalistas y amar su cultura al margen de una marca ideológica son precisamente los nacidos en esas tierras cuyos signos culturales Franco despreció como «lo otro» de lo español: el País Vasco, Cataluña, Galicia, Asturias. Allí todavía se puede bailar danza tradicional sin dejar de ser de izquierda o, al menos, moderno, allí todavía pueden elogiar su tierra, su lengua y su tradición, izando su bandera.

España ha creído siempre más en su vecino que en sí misma y la vergüenza que nos ha caracterizado se ha aliviado gritando a los cuatro vientos nuestras propias faltas o inventándolas, si era necesario, cuando no las había. Es por eso que aún mastico aquel consejo de mi buen amigo como un cristal que se resiste a ser digerido por mi pensamiento: la injuria hacia el propio país tan bien vista en la España democrática no es bienvenida en Hispanoamérica y este nacionalismo incondicional  es independiente –esto era lo que más me sorprendía- de cualquier tendencia política.

Y finalmente, esta diferencia que nos abisma es la razón de este preámbulo tramposo que pide disculpas de antemano y quiere captar la benevolencia de los lectores, animándolos a que no dejen a medias este escrito ni se enojen, pues quien escribe ama este hermoso México como el más mexicano.

Pero las formas de amar son muy distintas, de nuevo, en uno y otro lado del océano. En España nos enseñan que cuando se quiere a alguien se le dice la verdad e incluso una verdad dolorosa dicha desnudamente es la más alta y noble prueba de amor. En México aprendí que el amor va, sin embargo, de la mano del adorno, del barroco indirecto, como las volutas que salen de las bocas de los escribas, de la mano de la dulcificación que «no es que oculte» sino que «suaviza» el doloroso contenido de las palabras ciertas. Entendí entonces que en México, si amo, «tengo que mentir», y que la verdad desnuda sólo puede ser consecuencia de la mala fe y la voluntad de conflicto.

No sé si mis lectores reciban estas palabras con enfado o con gratitud, pero siquiera pido que tengan en cuenta que en mi cultura la verdad que duele también puede ser dicha por amor.

Cuando llegué a México encontré ese caluroso recogimiento de los mexicanos que me abrieron sus puertas como si me vieran huérfana en medio de la adversidad y se sintieran, cada uno, responsables de mi bienestar en su país. Qué hospitalarios son los mexicanos, pensé. Para ser hospitalarios con los extranjeros es necesario sentir, primero, que el país de uno es, en alguna medida, un hogar. En España ya no hay techo común que nos cubra: somos descreídos de la idea de nación y también de la de Dios. Nos regula la ley que nos mantiene muy seguros a pesar de nuestra soledad y que funciona fríamente bien (o así creíamos que era).

Pero, poco a poco, fueron despuntando otros matices y a la par que descubría la hostilidad del mexicano hacia sí mismo en su clasismo-étnico, fui descubriendo que muchas de las atenciones que yo recibía tenían que ver, nada menos, que con mi origen europeo.

Yo que llegaba de un país donde las clases sociales están tan difuminadas que apenas tiene sentido esa palabra, no podía comprender que el barrio donde vivía o la universidad a la que iba fueran mi carta de presentación –pues era, ante todo, el modo de clasificarme económicamente-. No salía de mi asombro cuando comprobaba que, efectivamente, la gente de mi humilde barrio era más bien morena de piel, a diferencia de los vecinos del barrio de Polanco, «emblanquecidos» a base de dinero. Yo que veía a los indígenas como auténticas bibliotecas vivientes, testigos privilegiados y reencarnadores de un pasado que caminaba por las calles y a la vez era Madre –cuando no Padre y Madre- de cada mestizo, no podía creer que un mexicano insultase a otro llamándolo «indio». Así comprendí que, además de nacionalista, México también era anti-nacionalista.

Poco a poco, fui descubriendo la contraparte de la idealización al europeo: la envidia. ¿La envidia de qué?, pensaba yo. Mi país ha logrado ser “muy justo” –de puertas para dentro-, pero un país justo no tiene por qué ser un país bueno. Cualquier ciudadano puede ser el más riguroso acatador de la ley y aún así tener el alma tan llena de ponzoña, que dañe a cuantos se le acerquen allí donde no hay legislación que valga ni policía que la guarde. Yo salí de un país “justo” cada vez menos bondadoso para entrar en un país injusto lleno de bondades. Y, sin embargo aquí, en mi querido México, envidian al que consigue ascender –que no sólo viajar- a Europa.

Ríos de tinta han corrido para victimizar a los indígenas y librarlos de toda la responsabilidad de su marginación o para encumbrarlos como el ideal humano puro e intocable, mientras en la práctica nadie quiere llevar su sangre y se achaca el racismo social a una herencia de la colonia. Pero nada de esto sirve; el racismo no se cura con racismo como la paz no se defiende con pistolas. El indígena no es bueno por su condición indígena pues, afortunadamente, todo es mucho más complejo: es un hombre, y la historia ya nos ha mostrado con dolor que la raza no determina la cualidad moral.

De quién sea la culpa del racismo hoy existente en la sociedad mexicana no importa sino como una curiosidad intelectual. Pero en cuanto que problema, el racismo sólo se resuelve si uno se auto-inviste como el único responsable –que no culpable- sobre él. Y para ello ha de eliminar ese cómodo determinismo histórico que dice que la sociedad es racista por herencia. ¿Qué me dirían si afirmara que la violencia del país es consecuencia del guerrero pasado azteca?

El día que ya no se hable bien de los indígenas y el día que ya no se hable mal de la herencia colonial, se podrá decir que el indio ha dejado de ser discriminado y que México se ha curado por fin del malinchismo que tantos espejismos le hace ver.

Anuncios

Etiquetado:, ,

§ 4 respuestas a La nación de Sade

  • Blanca dice:

    He leído y releído este ensayo por dos cosas: por la sorpresa que me causó reconocer lo que somos y porque al mismo tiempo no podía dejar de llevarme por mis emociones y rechazar todo lo dicho. Al final, logro leerlo con el amor con el que lo escribes y sólo me queda darte las gracias.

  • sandro927 dice:

    Excelente reflexión, sobre todo en cuanto a las diferentes maneras de sentir y resentir la nacionalidad en España y México. Sin embargo, el racismo mexicano y el autodesprecio, que va de la mano de cierto chovinismo e idealización del indígena, son aún más complejos de lo que esbozas en tu texto. Pero nada tiene que ver este racismo con el europeo o el norteamericano. Existe pero es una variante relativamente benigna en comparación, lo que no le quita lo jodido y despreciable. Vaya, aquí hay una conciencia de raza que se tiñe con color de piel y clase social, mas todo es superable y en muchísimos casos se supera. Lo triste es que frecuentemente, el individuo que supera su atraso, ve con desprecio a quienes deja atrás. Este es el desprecio, pues, despreciable del cual hablé. líneas arriba. Tu ensayo merece otro mucho más antropológicamente matizado.

    • Macu Gavilán dice:

      Muchas gracias por haberlo leído, Sandro, y por hacerme una reflexión tan constructiva primero y también tan esperanzadora con respecto al tema. Pensaré en ello y en los muchos matices de los que carece para aspirar a ser lo menos maniquea posible y lo más cercana a la complejidad mexicana.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo La nación de Sade en El arte es un juguete.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: