Tenerse por tonto

16 de marzo de 2012 § Deja un comentario


    Hoy, como todos los lunes a las once y media de la mañana, acudí alegremente a mi clase de literatura rusa. Me cogí esta asignatura influida por la opinión de mi padre que decía que la literatura rusa junto con la española era nada menos que la mejor literatura del mundo. Además, el profesor que la impartía tenía buena fama entre los alumnos y en verdad no puedo decir sino que es bueno como educador, cosa que ya es muy extraña, y que, además, no es excesivamente tonto, cosa que es aún más inusual si cabe.

     El último día antes de vacaciones nos había repartido en fotocopias un poema de Marina Tsvietaieva, una autora del siglo veinte que, como otros muchos rusos de su tiempo, tuvo que soportar directa e indirectamente las matanzas y exilios que al dictador se le antojaron. Pero que tuviera una vida dura no quiere decir que su poema fuera bueno y a mí se me hace de lo más trabajoso soportar poesías tan largas y tan sumamente ininteligibles. Aún así, yo cumplí con mi deber, me lo leí e hice algunas anotaciones mediocres en el margen de la fotocopia: asunto amoroso, términos bélicos, naturaleza…

     Se suponía que hoy tendríamos que comentar el poema en clase, leerlo, decir nuestra opinión y ese tipo de cosas que hace que los filólogos merezcamos tal título. Al entrar en el aula veo que estamos los de siempre: la punki Rocío que nunca dice palabra, y yo creo que es porque tiene una voz de pito impresionante y sabe que no le pega ni con cola, la voz, con las pintas que lleva. Dónde se ha visto que una tía que va llena de pinchos y de rotos rotísimos, tenga una voz de lo más parecida a la que ponemos todos si imitamos a Caperucita Roja. En fin, de todas formas es responsable, siempre va a clase y toma apuntes constantemente, y cuando habla no parece tonta (todo el mundo el mundo es tonto hasta que no se demuestre lo contrario –medida de precaución contra el desengaño-). El otro alumno que suele venir para desgracia de mis nervios es un estirado de pinta a drede seudo-eslava (porque es más español que la Pilarica de Aragón), que está casado con una rusa que lo debe tener sin follar y más tieso que una vela. El profesor lo aguanta bien porque todo lo aguanta bien ese hombre, no tiene virilidad ninguna ni energía, no tiene, digamos, nada… extremo. Lo único extremo que le veo es la fuerza que me incita a levantarme de mi asiento, cogerlo de la solapa, zarandearlo en el aire y gritarle al oído: ¡ESPABILA!

     En fin, que estas teníamos cuando, nada más entrar, el profesor nos preguntó: ¿Qué os ha parecido el poema? ¿Os ha gustado? No, le  respondí yo enérgicamente. ¿No? repitió mirándome. Yo negué con la cabeza. Luego preguntó con un gesto a Rocío que nunca dice palabra si no es absolutamente necesario. Y ella, sincera, dijo que ni bien ni mal, dando a entender que no le había llegado. Pero, para entonces, el seudo-ruso ya había comenzado a murmurar de fondo antes de que Rocío terminara de decir su opinión, y sonaba su moscardeo: yo he leído otras fuentes y me he informado del contexto en el que lo escribió… porque el poema es un poco oscuro… ¿Oscuro? Di que no se entiende una mierda, que es lo que le pasa, pensaba yo llena de rabia. Total, que el profesor aceptó impasible tanto unas respuestas como otras y en la misma línea, dijo: bueno, es que hay que leerlo varias veces, porque el texto no es fácil de entender… Y digo yo, si una señora escribe y no se hace entender, ¿porque no se plantea que a lo mejor lo suyo no sea la escritura y se dedica a pintar jarrones o a tocar la flauta? Así ya de paso no nos da disgustos a los alumnos de ánimo alterable como el mío, y a los interesados por lamer las posaderas del profesor, menos trabajo de investigación adicional. Y me hubiera encantado decir estos pensamientos en alto pero por experiencia sé que no hubieran agradado a nadie de la sala, o quizás tan sólo a Rocío, pero no al profesor, que es a quién me interesa, si no agradar, por lo menos no molestar, como a los policías. De todas formas, no me callé del todo y dije con voz forzadamente suave y ojillos inocentes: y si no se entiende el poema ¿por qué es importante en la literatura? A lo que mi sabio e instruido profesor respondió con una de sus frases más lúcidas: ¡Ah! (como descubriéndome un mundo), no lo entendemos “nosotros”… Entonces me entraron otra vez las ganas de zarandearlo de la solapa, de cogerlo y levantarlo del suelo y sacudirlo bien en el aire para ver si por lo menos le entraba un poco de violencia o gritaba o hacía algo. Pensaba yo, vaya, no lo entendemos nosotros, a ver si para entenderlo hay que ser marciano, o leerlo en japonés o ser de clase alta, o dar tres vueltas de campana antes y después de cada estrofa, o a lo mejor hay que tener cola de burro y patas de gorrino, o ser Santo o ser Colón. No sé, en verdad, para que lo entendiese quién, me pregunto, lo escribió la supuesta poetisa. Y es que es mucho más aceptable, por supuesto, pensar cualquiera de esas inverosímiles ideas, antes que tener la osadía de saberse inteligente sin ser ni licenciado, ni crítico, ni pintamonos en algún periódico; y si uno no entiende una cosa, dentro de la academia, lo que le corresponde hacer es sentirse estúpido o decir que le faltan datos, antes que pensar que a lo mejor no la entiende porque quien la escribió no sabe expresarse precisamente porque no sabe escribir poemas sin su peculiar esperanto.

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