Nosotros sabemos el hambre

18 de marzo de 2012 § Deja un comentario


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Soy turista, nunca he pasado frío sin remedio,
no sé lo que es la represión, ni la amenaza.
No me gusta la violencia.

Nací desnuda.
Desnuda nació también la vieja india que se arrastra.
Yo tengo la ropa limpia, ayer tarde la lavé.
Pero la vieja no, ella no la lavó. No lavó su ropa.

Desnudas nacimos,
ella aquí, yo allí,
pero desnudas.

La vieja arrastra su grupa pesada por dolor y por miseria. Se arrastra cansada.
Sus mejillas son olorosas y cargan días de sueño.

Acumula desechos. Esas cosas que hacen los mendigos del mundo, tanto éstos, como aquéllos, por eso puedo olvidarla:
Así ocurre. Así pasa.

Voy en busca de un restaurante, ¿pizza como ayer?
Los turistas sonríen a mi lado y pasan con sus cámaras al cuello.

Ayer la vieja indígena dormía con su mano abierta enfrente de la pizzería. Hoy arrastra sus bultos por la calle peatonal de los restaurantes, donde también deambulan los perros y otros indios.

A mí me gustan mucho los perros, tengo tres perros y tres gatos en mi casa. Pero estos perros están flacos. Pobrecitos.
¿Pizza o tacos?

Los rubios y los altos pasean entre los indios chaparros que a veces son molestos porque sólo quieren vender. Los niños ponen caras de pena. Quizás se tiznen adrede los carrillos.

Los niños también nacieron desnudos como los rubios. Como la vieja que se arrastra y como yo. Desnudos nacimos.

Es un buen lugar para estar unos días. Hay buen clima y muchos restaurantes vegetarianos. Puedes subir a caballo al cerro con un tour.

Ahí está de nuevo. Tampoco hoy lavó su ropa.
Me mira con sus pequeñas estrellas como desde muy lejos, y todos los turistas rubios desaparecen, abren un lejano espacio vacío que congela mi paso y el tiempo.

La vieja indígena está en el suelo, patas rajadas tiene porque desde que nació va descalza. La vieja indígena nunca usó zapato. Va descalza. Patarrajada la llaman para ofenderla los mestizos.

¿Qué hace la vieja? La vieja da pan y tortillas a los perros hambrientos. Ellos tienen hambre también. Saca de su bolsa tortillas y los perros acuden de toda la calle. Flacos y sarnosos llegan para agarrar un pedazo de pan de la vieja que se arrastra. La siguen allá donde va.

Y yo nací desnuda como ella.
Atónita, sin poder olvidar, me quedo mirando dentro de esas dos estrellas:
-Nosotros sabemos el hambre-, me explica.

San Cristóbal de las Casas, Chiapas.

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