Tanto odio tan sólo por amor

21 de marzo de 2012 § 2 comentarios


Fernando Vallejo: escritor colombiano.

          Hablar de Fernando Vallejo significa hablar de la desesperanza, pero una desesperanza que tiene la peculiaridad de no callarse. La desesperanza cristiana, por excelencia, es aquella que se lamenta en su trastienda y lloriquea, la que tiene el gesto de un jugador cansado que deja caer los brazos, una desesperanza que se tumba a “soportar” la vida. Pero la desesperanza de Fernando Vallejo es distinta: la suya grita pese a la incomprensión en mitad de los desiertos, por su verdad, rompiéndose la voz por el bien de su causa, sin aflojarla cuando comprueba que nadie responde a su grito. Es una desesperanza guerrera: sé que nadie escucha lo que digo pero no por eso aflojo mi pulso, no por eso lucho con desidia, éste es mi corazón, debo ejercerlo: así alza su palabra.

          En torno a él se agolpan los eternos insultos de la Iglesia moralina, dichos con toda su alma corta y todo el desprecio que a los hombres nos ha enseñado a tener. Aunque bien es verdad que si no hubiera sido por ella los habríamos encontrado igualmente. ¿Qué se puede decir de la gloriosa institución? Empezar a enumerar sus hipocresías sería convertirlas en un descubrimiento y prefiero presuponer en el lector cierta categoría, ya que tengo la ventaja de poder inventármelo. Bien, pues dado que usted está de acuerdo con tales evidencias, daré un paso más. Circulando por este tiempo postmoderno podemos encontrar numerosos opositores a Vallejo, a sus ideas, a su tan nombrada “radicalidad” y “amoralidad”. Molesta que diga los nombres y apellidos de la infamia de Colombia repasando uno por uno sus presidentes. Ofende que se atreva a amar públicamente a los perros más que a la honorable raza humana. Se encrespan los lomos de los críticos cuando tira por tierra a Dostoievski, los alzacuellos de los curas cuando llama maricas a los papas, los comunistas, los reaccionarios, los ricos, los humanitarios, las mujeres, los literatos…  Y es que hoy en día la pasión no se entiende ni en el fondo se tolera. Las personas pasionales, si no molestan, ni hablan con demasiada fuerza son observadas con una sonrisa incrédula que convierte la radicalidad de su corazón en un espectáculo humorístico. Pero ¡ay!, si la pasión se atreve a hablar en alto, con claridad, con nombres y apellidos, si la desmesura se premia en el Rómulo Gallegos y se vende en Alfaguara, entonces sí, nada de risas: radical, inmoral, panfletario, proselitista, fascista, reaccionario, narciso, provocador, cínico, insincero y malhablado.

          El individuo de nuestro tiempo, como nos han enseñado, debe ser relajado y fácil, debe saber cuestionar sus opiniones, ser elástico y cambiar de vela según la oferta que se ofrezca, ya se trate de la marca de leche o la opinión sobre una guerra. En su vida todo depende, no se aferra nunca a causas demasiado claras, ni ve bien que los demás se aferren: lo civilizado consiste en ser capaz de dudar de todo lo que sea de primeras inamovible, de valorar continuamente qué es lo más económico, lo que más se adecúa a nuestras necesidades. Estamos en el tiempo de la tolerancia donde lo que cuenta es participar un poco y no hacer mucho ruido: somos ciudadanos de una sociedad pacífica que se horroriza con los crímenes de los lugares lejanos, aunque su horror dure exactamente unos segundos, hasta que salen las próximas noticias y llenan de nuevo su retina con alguna otra imagen impactante. Así, los medios configuran nuestra sensibilidad haciéndola epidérmica a base de impactos fuertes que nunca llegan a interiorizarse. Nos lamentamos de la tragedia lejana pero rechazamos la pasión de quién se entrega con desesperación a alguna causa que se salga de la idiosincrasia en la que nos movemos los individuos del ‘mundo desarrollado’, donde la única razón por la que está legitimado afanarse hasta la obsesión es la hipocondría o el cuidado narcisista que piensa y se repliega sin cesar sobre sí mismo.

          No es mi intención valorar la moralidad de estas nuevas tendencias humanas, pero ¿saben qué? nunca llamaría inmoral a un hombre que se desprende de todos sus derechos de autor para dárselos a los perros de Bogotá. Y como si oyera vuestros pensamientos: “¿Y por qué no lo dona a los pobres? ¡Con la de hambrientos que hay en Colombia!”. Mi respuesta es ¿lo donas tú a algún sitio? Yo tampoco. Y por eso no pienso en alto interrumpiendo al escritor. ¿Por qué no se lo da a los pobres? Pues porque no se le da la gana, porque esa raza traidora es de todo menos merecedora de compasión. Porque no se lo merecen, y es cierto, pues no me podéis negar que no hay nadie más culpable de su mal que el propio hombre. Y la pena que le puedan dar a nuestro autor los mas pobres de su país se le pasa enseguida que piense que esos mismos pobres, si pudieran y llegaran al poder, serían igual de ladrones que los que hay ahora pudriéndose de lujos. Aunque, ¿saben qué? creo que no, creo que a Fernando Vallejo no se le pasa la pena pensando en eso, a mí posiblemente sí, pero no a él.

          ¿Por qué a los animales? Como dijo Gandhi (citándolo como si no fuera obvio) la grandeza de una nación y su progreso moral se puede medir por el modo en el que trata a sus animales. O si las citas se cuentan al peso, cómo no aludir a Whitman, o a Nietzsche, o a mi padre, que siempre dijo que una persona que trata bien a los animales no puede ser mala. Pero da igual porque no se trata de argumentos. Para entender esto solo hay que abrir el alma, y eso es algo que no se adquiere con la erudición. Y he aquí la desesperanza: Vallejo trata temas que no se pueden enseñar. Por eso sus lectores no suelen tener términos medios, entre ellos casi nunca hay concordia, ni debates, ni reformulaciones; entre ellos hay amantes o detractores pero escasas veces una comunicación: los que lo aman ya estaban de acuerdo con él antes de leerlo, los que lo odian igual, y  éste es el Desierto. ¿Qué sostenibilidad se le puede conceder a un hombre que dice que un japonés de patas cortas no se puede comparar con una ballena que es grande y hermosa? Desde luego la sociedad no está preparada para su palabra como no está preparada para la de Nietzsche, aunque a éste ya no le insultan porque está muerto, sus libros se publican entre los clásicos y es citado por otros muertos, lo cual no implica en absoluto que se le haya comprendido.

          No se entiende, Vallejo, que el odio provenga del amor: nos han enseñado los curas que el amor produce “buenas obras”, de la misma forma que nos han enseñado que llorar es signo de sufrimiento. Pero yo digo, también gritando en el Desierto, que el llanto no es ni mucho menos la forma más profunda de dolor, que no hay nada tan mezquino como la limosna y que hay quienes aman tanto que llegan a odiar a quienes aman cuando no se cuidan a sí mismos, se destruyen y emponzoñan a otros, como nosotros, los hombres. A todos aquellos que quieren rebajar a Vallejo acudiendo a palabruzcas manchadas ya mil veces por los curas, como “inmoralidad”, yo les digo que detrás del odio de Vallejo hacia su patria, hay un escritor que ha renunciado a venir a España hasta que no se dejen de exigir los visados a los colombianos, y que lo ha cumplido, a diferencia del muy moral García Márquez (buen prosista y postmoderno en su mesura). Pero no es que Vallejo no odie a su patria, sino que también la ama, ama la patria que odia. ¡Allí le insultan porque ha renunciado a su nacionalidad colombiana! ¿no entienden que es el que más la ama, pero el amante más dolido? ¿qué corazón sabe sentir ese dolor? Demasiado pocos. Sin embargo, a algunos nos da fuerza aquella voz desesperada en medio del Desierto. Gracias, Vallejo.

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§ 2 respuestas a Tanto odio tan sólo por amor

  • silvia galvan garcia dice:

    Fernando Vallejo es un hombre muy complejo, y esta complejidad se refleja en sus palabras y en su escritura. Radical, sí, pero por eso, o a pesar de eso, válido y necesario. Sin obviar que esa complejidad suya conlleva una serie de contradicciones que le hacen, si cabe, más humano. Aunque no esté de acuerdo con él en todo, si pienso que se necesitan personas con esa capacidad de pasión, de denuncia y de pasión.

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