El dolor de los locos: un ensayo sobre México

10 de junio de 2012 § Deja un comentario


La locura – Odilon Redon

Dicen que sólo los niños y los locos ven con nuevos ojos las cosas de siempre, que sienten la punzada del dolor o la belleza como si fuera la primera vez que se presenta.

Sólo los locos se asombran de la luz de las farolas, de los cadáveres, del amor infinito de los perros, del milagro de vivir. Sólo a ellos se les vienen las lágrimas a la boca y el sudor a las palabras cada vez que ven violadas a las niñas, temerosas a las madres. Ellos sufren los amores baldíos de las canciones viejas. Ellos son los que miran, con sorpresa, el miedo de los secuestrados antes y después de su tortura, su falta de aire, su abismo. Ellos mueren asfixiados a su lado, tiemblan con las hijas que no llegan, se quedan huérfanos de padres y de hijos, y olvidan con demencia la cuenta de las noches en vela.

Las manos me tiemblan y se me atragantan las razones como corchos de botella, ¿estoy loco? ¿soy demente? Busco en derredor de este país tan lleno de espejismos, tan lleno de música y tan lleno de violencia, y veo que unos pocos destapan la voz de sus heridas: las madres, que ya no temen nada porque les arrancaron los vientres, las dejaron sin sed, las volvieron criaturas; y los locos, que sufren en los cuerpos ajenos una y otra vez cada día, sin descanso, como si fueran ellos mismos una tierra empapada de cadáveres, de visiones, una tierra que pudiera haber sido suelo para el maíz o la poesía, pero que, al contrario, fue elegida para sostener la muerte.

¿Y los otros? ¿Dónde están? ¿Por qué se ocultan millones de cuerpos detrás de su cordura? ¿Por qué tan ciegos? ¿Por qué los unos y los otros tan vecinos y tan lejos, a uno y otro lado del abismo –de la línea-? ¿Por qué no quieren ver que el abismo depende de una bala perdida, de un error, de unos billetes, de un poquito de poder?

«Les tocó la desgracia.
Sí, algo harían los muertos cuando vivos.
Usted mejor no camine de noche,
mejor no mire,
ni escuche,
ni hable. No se meta.
Escúrrase como ladrón
aunque entre a la puerta de su casa».

Si por cada sesenta mil cuerpos destrozados, hubiera sesenta mil cuerpos que salieran a la luz, aún vivos, a decir que han sido testigos y, por ello, víctimas, y que ya no los secuestra su maldita cordura, yo diría que está tierra tiene voz, y que ya se despereza para engendrar el maíz y la poesía.

«Aquí estoy, me conduelo por tu muerte, hermano mío, me he enterado de tu sufrimiento sesenta mil veces, y he venido aquí, con mi cuerpo, para decirte que yo soy tú, y soy tu padre, y que tus futuros hijos son ahora mis hijos.

Aquí estoy para decirte que sé quién es tu asesino, que yo soy tu asesino. Perdóname. Que yo di calladamente permiso para quitarte la vida que no querías entregar. Que yo soy el único testigo de tu tortura y que ya te olvidé, que no supe de nombres ni de gritos, que no escuché tu llanto ni el llanto de tu padre. Que violé a tu hermana trescientas sesenta veces, que desaparecí a seiscientas de tus hijas. Que yo soy el soberano pueblo callado y me presento aquí, con mi cuerpo y la locura de haberte conocido y de nombrarte, como una firma ardiente, para pedirte perdón por haberme tragado tu muerte».

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