El arte y la imperfección

22 de junio de 2012 § Deja un comentario


Anticrítica de arte

Fernando Botero - La recámara

Fernando Botero – La recámara

En las obras de arte no existen los errores; en ellas, y sólo en ellas, todos los fallos son perfectos.

Cuando se es espectador de una obra de arte pueden aparecer ante nuestros ojos un millón de defectos. Uno puede ahondar en ellos, explicárselos en alto, pensar su razón de ser, justificarlos con el contexto o con la falta de contexto, y luego dar tres vueltas de campana, ponerse el paraguas en el brazo y peinarse los bigotes.

También, si uno está lo suficientemente frustrado, puede publicar sus “críticas” y así auto-investirse como el mismísimo Ojo-de-Dios.

Fernando Botero - Adán

Fernando Botero – Adán

Gracias a esta posibilidad que nos ofrece el gran teatro que es la vida, tenemos a los Críticos, unos personajes que suelen padecer de estreñimiento estético combinado con algún tipo de invalidez emocional y que hacen de su oficio, no su vocación, sino su curación: laxantes y muletas respectivamente.

Ellos son la policía de las élites estéticas -el Mercado en nuestro caso-: protegen a la norma de la revolución y, si triunfa la revolución, se cambian de bote y la convierten en norma. Dando la vida por sus amos al igual que toda policía, los Críticos defienden intereses ajenos sin saberlo, creyéndose que cumplen con una misión providencial.

Fernando Botero - La viuda

Fernando Botero – La viuda

Si uno, después de contemplar el David de Miguel Ángel y de llenarse con él -suponiendo que es capaz-, dice algo como “las manos son proporcionalmente más grandes que el cuerpo”, pretendiendo ser crítico, es que padece de cretinismo, digo de criticismo. En ese caso, por prescripción artística, lo mejor es que se abstenga de publicar nada hasta que se lo indique Dios.

Cuando se recibe una obra de arte hay que intentar tomar impulso, convertirla en nuestras alas, corresponder a esa belleza con algo que esté a una altura semejante, o intentarlo, o si uno se sabe incapaz de tal hazaña, es suficiente con que se deje abrir un poquito más el alma.

Fernando Botero - Sin título

Fernando Botero – Sin título

Pero que nunca se pongan a recitar sus exabruptos con corbata: que si el artista no acertó, que si se sobrepasó, que si aquí se le notó que no lo vio, que aquí quiso decir pero no pudo o que allá se le trabó el trabuco. No. Ya dejen de convertir los bosques en jardines. Los bosques son bosques, sólo porque no son jardines.

Si a la obra de arte se le “corrigieran” los supuestos “fallos” que la crítica señala, dejaría de ser obra de arte, ¿por qué? Porque sí. Es como un capricho. Sin embargo -y para que no confundan este ensayo con una receta de auto-ayuda-, no funciona al revés, es decir, uno no puede lograr una obra de arte a base de fallos.

Fernando Botero - El baño

Fernando Botero – El baño

Si yo te digo que no importa que el David de Miguel Ángel tenga las manos más grandes en proporción a su cuerpo sino que ésta imperfección es parte de su belleza, y tú me dices que vas a hacer una escultura falta de proporción para que sea bella, yo te diría, sencillamente, que te falta técnica.  Si a una obra mediocre llena de fallos le quitas los fallos, queda una obra mediocre sin fallos. Pero si a un obra de arte le quitas los fallos, se esfuma.

¿Por qué el arte es imperfecto? ¿Lo es? ¡Cómo puedo saberlo! Sólo puedo decir lo que no es:  todo arte cojea teóricamente en muchos puntos, quizás en todos, o sólo en algunos, porque el arte no debe buscar una perfección teórica, sino su propia forma de perfección. Si lo que se dice en una obra de arte se puede decir en un libro de teoría, es que no es una obra de arte sino un aborto. El arte está ahí para decir todo lo que un discurso no puede decir, y lo dice, sobre todo, con la forma.

En las obras de arte no existen los errores; en ellas, y sólo en ellas, todos los fallos son perfectos.

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