El arte y la pasta de dientes: una relación de dependencia

25 de julio de 2012 § Deja un comentario


Piero Manzoni “Mierda de artista”

Anticrítica de arte

El arte es como las pastas dentífricas: vende más la que sobre un fondo plateado de estrellas dice ¡Nuevo!, que la que mejor limpia los dientes. En la escala de valores mercantiles, a aquélla siguen un montón de malas reproducciones y, en último lugar, con una apariencia sencilla, la única que fue hecha para cumplir su función, aunque, a veces, ésta ni siquiera se encuentre en los supermercados.

Para comprender las tendencias artísticas de la actualidad y las profundas razones que las mueven, sólo hay que darse una vuelta por el súper y cambiar los artículos que uno ve, con la imaginación, por piezas de arte contemporáneo: representarse que está en una exposición recién inaugurada con una copa en la mano suspendida, caminar despacio, fruncir un poco el ceño y poner la otra mano en la barbilla.

Si tú, lector, quisieras hacerte el pedante para camuflarte entre la pedantería de un escenario como éste, ¿dónde te pararías a decir algo así como “qué interesante” “nadie ha dicho esto antes” “es único” “irrepetible”? ¡Exacto! Justo enfrente de la pasta dentífrica de cuya boca perfectamente amputada salen miles de estrellas luminosas sobre un arcoíris reflectante.

Hoy en día, los criterios que definen qué es arte y qué no lo es, están basados en los mismos principios que los que definen si entra o no al mercado el más grosero de los artículos de consumo. Se trata de tres falacias muy simples: una, que la calidad tiene relación directa con el precio; dos, que todo cambio es una mejora; y tres, que la originalidad es un valor.

Falacia número uno. El precio marca la calidad. No es ningún secreto que los artistas siempre han estado a la sombra de los ricos, y esa dependencia ha implicado una relación de poder entre ambos en la que el artista siempre ha sido el subordinado: desde el talento de Goya desperdiciado en pintarles las caras a los feos de la familia del Emperador Charlie Five, hasta los actores anti-guerra de Irak como Bardem que no tardan en dejar sus ideales en España cuando suben al avión rumbo a Hollywood. Todos los artistas, antes o después, hemos sido putas con mayor o menor dignidad.

Pero el verdadero peligro para el arte no es que un ricachón pague a un genio para que pinte su mierda, sino que, a base de que muchos ricachones pidan a muchos genios que pinten muchas mierdas –y, si ya no quedan genios, contraten a farsantes-, la mierda empiece a ser considerada genial. Es entonces cuando a alguien se le ocurre que ésta debe exponerse en los museos y el pobre incauto que pensó que el arte consistía en expresar sus más hondos sentimientos no encuentra la forma de llenarse el estómago con su vocación y acaba dedicándose a limpiar los cristales del museo, por ejemplo.

Falacia número dos. Todo cambio es un progreso. Hoy en día, el arte no se valora por sí mismo sino por la novedad que representa con respecto a lo inmediatamente anterior (de lo lejano no hay que preocuparse porque el hombre hiper-postmoderno tiene amnesia histórica y todo aquello que tenga más de un par de meses es “viejo”). Da igual si esta novedad no supone un avance, sino un retroceso: nadie se da cuenta porque estamos instalados en el dogma de que innovar es evolucionar.

Antiguamente, si en vez de cantar bien, uno desafinaba, se consideraba que le faltaba trabajo por hacer; ahora, si uno en vez de dibujar bien, escupe sobre el lienzo, puede optar a un premio multimillonario. Ya no vale aquello de que “para destruir la forma, primero hay que dominarla”, porque la innovación se ha convertido en un valor muy poderoso capaz de compensar toda vacuidad. Ya no importa si uno no tiene nada que decir, tendrá quien lo aplauda mientras rebuzne de una forma antes nunca vista (si los burros supieran…).

Falacia número tres. El individuo es Dios. ¿A qué se debe esta enfermiza obsesión por innovar? La obsolescencia programada arrastra consigo también al arte por cuestiones económicas pero, ¿por qué cuaja tan bien en el espíritu postmoderno? Uno podría pensar que se trata de la euforia que supone haberse librado del yugo de la asfixiante tradición; que estamos celebrando todavía nuestra independencia, como los niños cuando los padres los dejan solos por primera vez en casa y se dan cuenta de que ya pueden cenar chocolate y saltar sobre la cama. Pero ya han pasado un par de siglos desde que la tradición se fue de casa. Ya pasaron las vanguardias, se insultó a la Victoria de Samotracia, se expuso un retrete como pieza de museo y se llamó música al punk. Quizás sea buen momento para empezar a pensar qué es lo mejor que se puede hacer con nuestra “recién” conquistada libertad.

Pero, ¿cómo se hace posible la imposición en masa de estas tres falacias en el mundo del arte –lleno de gente “culta”-? ¿Cómo llega a suceder que las ferias más importantes estén llenas de basura hipermoderna y algunos grandes artistas todavía permanezcan en la sombra? La respuesta acerca peligrosamente el mundo del arte al mundo de la política: el poder del dinero hace efectiva la imposición –como las empresas-, y los críticos de arte la legitiman argumentativamente ante el público –como los políticos-.

Ya estamos resignados a que las grandes editoriales, discográficas y sus equivalentes en el resto de las artes, se guíen por estas tres grandes falacias del mercado. A fin de cuentas –pensamos todos-, son empresas y ello les da todo el derecho a ser acríticas con sus productos y perseguir, al margen de toda ética, su único e imperioso objetivo: vender lo más caro posible cuanto antes.

Pero los críticos de arte, siendo los abogados del sistema, pretenden hacernos creer –me niego a pensar que se toman en serio a sí mismos- que sus criterios son fruto de su gran conocimiento, que éste es objetivo y que sus juicios son definitivos y universales. Esta toga que gastan es el mayor de los peligros, pues siguiendo a pies juntillas los dictados del sistema dominante, como los artistas, nunca reconocen que son putas y, por el contrario, van de sacerdotes: hablan del bien eterno y del mal eterno y del eterno por qué y dan su última palabra y cierran el librote.

Pero a mí me gusta desenmascarar a los más-carados y, para ello, señalo que los criterios que utilizan para sentenciar qué es arte y qué no, no son sino los argumentos ornamentados del mercado más burdo: poseer piezas caras, rompedoras y únicas es necesario para ser ricos, rompedores y únicos –valores intocables para nuestro tiempo-. Pero además de burdos, son relativos a un contexto, es decir, fruto de un amargo momento histórico como el nuestro, en el que el mercado se nos ha metido hasta en la cama, y en ningún caso absolutos.

Para refutar las tres grandes falacias, sólo hace falta mirar al mundo con sencillez y memoria. Para empezar, la búsqueda de la originalidad es muy nueva, pues, hasta el Romanticismo, aún se consideraba que la imitación era la mejor forma de alcanzar la perfección estética. Hoy en día, el arte que surge y pervive en la tradición oral comunitaria (el romancero castellano o las décimas jarochas), es prueba suficiente de que la belleza no precisa del individualismo. Por otra parte, el dinero no puede marcar la calidad: sobran ejemplos de sociedades con alto “nivel de vida” que caen enteras en terribles depresiones y patologías mentales porque han perdido el gusto y la capacidad de hacer comunidad. Por último, argumentar por qué no todo cambio implica una mejora parece en sí mismo una impostura, pero podríamos preguntarles a los abanderados del “Progreso”, los izquierdosos de los años sesenta que han visto caer delante de sí las sociedades democráticas en las que creyeron, bajo nuevas formas de tiranía. No sólo importa el cambio, sino la dirección del mismo.

            El arte depende de algo que está más allá de estos criterios. Todavía no sé qué es, y espero no saberlo nunca porque quizás, entonces, dejaría de cantar. O no. En cualquier caso, no es por nuevo, ni por viejo, ni por caro o regalado o por libre o sumiso al canon del momento, por lo que una obra es genial o no. Esta certeza es el lugar que incomoda tanto a críticos como a farsantes: pero es el jardín donde descansamos y jugamos con el arte todos los demás.

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