Yo no digo adiós

8 de octubre de 2012 § Deja un comentario


Atiendo a la vida como a una danza.

El aire me cubre el pecho de melancolía
cuando pienso en tu olor,
en que tú quizás sí eras mi hogar,
al que alguna vez podría volver de mis paseos
y encontrar la lumbre y el calor de quien espera.

Pero tú no eres mas que un millón de fantasmas.
Los ríos están acantilados y mi muerte es pronta.
Ahora recuerdo a tu lado mis únicos días de paz.

La guerra continua.
Aún reservo fuerzas y mi luz se extiende más altiva que nunca.
¡Yo no digo adiós!
¡No voy a despedirme porque me voy a las estrellas!

Pero, ¡cuánto amor tengo para daros todavía:
amigos del alma, cardos del suelo arrecido,
ganados grisáceos, cielos encendidos!…

Con vosotros compartí lo más bello de mis pensamientos.

Llevo puesto el traje de trabajo con que me encontrabais siempre,
huelo a los suelos de cereal,
veo los álamos que burlan los destellos del sol
con sus hojas de plata y verde.

Escucho las piedras removerse debajo de mis pasos
y saco todo mi corazón
para lanzarlo como un eco al final de las montañas.

¡Yo no digo adiós porque ya estoy sobre los campos!
Porque enciendo mis pupilas y me expando
en el misterio de la noche;
porque arropo los cerros congelados, las sierras, los jarales.

Ventisca torrencial,
viento que emigra,
dime, ¿quién soy?

¿Cuándo me diste nombre?
¿Por qué este corazón que me desborda,
que se me sale de la boca, de las lágrimas?

¿Qué hago yo tan solo entre los hombres
y tan arropado, sin embargo, entre los pájaros y el viento?
¿Por qué yo tan solo entre los hombres?

He caminado por las sierras echándome a la piel su perfume,
rociándome la cara con las aguas que se ofrecen de los ríos.

Me he querido restregar como las reses en el pasto,
enjuagarme los brazos en las charcas de plata,
endulzarme la boca con el polen de los brezos,

convertir mis ropas al plumaje de rapaces,
hacerme el pecho a la humedad de las cuevas,
dorarme el rostro con el reflejo del sol.

Tantas veces me senté en medio de los campos a conversar con la tierra
y tantas veces me enseñó que la voz y la palabra
van despacio detrás de las verdades.

Tantas veces yo solo con mi amor, mi pensamiento,
y me pregunto ¿quién soy yo?
¿por qué yo tan solo en medio de los hombres?

Pero yo no digo adiós porque me voy a las estrellas.
Porque ya estoy sobre los campos.

Fragmento de la novela “Danza para Al-Nassir” dedicada a Luis, mi padre. 

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