En la cafetería

23 de enero de 2015 § 2 comentarios


Un machote se sienta con una chica guapa (posiblemente una modelo) de cuerpo de junco y cabello de anuncio. Él (como todo le da igual) se pide un par de cocacolas en el tiempo en que ella se toma un delicioso chocolate con espuma en vaso rimbombante.

10425479_10153067612493564_1336237138596959981_nEn otra mesa, un joven treintaañero (gay reprimido), con enorme resentimiento hacia cualquier ser más femenino que él, sostiene su pesada maldad sobre sus cejas con el mismo esfuerzo con el que su nariz aguanta unas espantosas gafas de desproporcionada pasta negra. Esa misma maldad es la que ajusta sus pantalones de pitillo carmesí a sus tobillos palillescos, mientras él humilla a una señora veinte años mayor, seguramente su empleada, que intenta frenar la violencia de sus palabras con una raqueta de sonrisas excesivamente dulces.

En la mesa de mi izquierda, una joven adolescente confunde ser fresa con parecer señora y espera (como de costumbre) a su desaliñado padre mientras se bebe un té de frutas. Él la debe ver una vez cada quince días en esta misma cafetería (cerca de la casa de ella, en un barrio bien). Se le nota que no gana tanto como la mamá de ella y su nuevo esposo, porque va vestido muy humilde. Llega tarde, se acerca a la barra para pedir el café (no disfruta con el hecho de que se lo sirvan en la mesa), se quita su camisa de cuadros calentita y deja al descubierto su mejor ropa vieja pero limpia. Ella lo saluda “Hola papá”, y acto seguido le muestra el libro que tiene entre las manos, el último que le falta por leer de la autora romántica que escribe obras como churros dorados. Quiere que se lo compre y cómo decirle que no, si casi no la ve.

Un chico de unos catorce años está sentado a mi derecha con su profesor de inglés. El señor es un gringo viejo y pelirrojo, cuya cara es toda ella una sola peca, que posiblemente llegó a México hace muchos años siguiendo uno de esos amores locos de los de entonces, y se quedó aquí, confiando en la fuerza de su juventud y en su buena suerte. Pero las cosas no le fueron tan bien como pensaba, la vejez llegó, se dejó bigote, se sintió solo y se le encorvó la espalda. Nunca se había imaginado tan flaco y cuando menos lo pensó empezaron a caérsele las gafas hasta la punta de la nariz, como a los viejos. Nunca había dado clases de inglés y el padre del chico no le paga muy bien. Pero él no sabe de gramática y no puede enseñarle teoría. La misión de la clase, por tanto, es hablar en inglés y hacer que el chico hable. Al gringo viejo le encanta escuchar a ese saltamontes con cabeza de niño y fémur de futbolista de veinticinco que olvida constantemente el sentido de su reunión y le cuenta con todo lujo de detalles cómo sortea las olas con su tabla de surf: todo en español.

Al fondo, un hombre debate apasionadamente (sobre algún tema intelectual) con una chica de pelo corto a la que quiere conquistar por mera vanidad. No logro averiguar si debajo de su abrigo marrón y costosamente bohemio lleva una camisa grande o su pijama, pero sus zapatos modernos delatan un espíritu a la moda que no consiente ninguna casualidad. Agita la pluma como si dirigiera una orquesta y mientras habla finge a la perfección olvidar la caída de su calculado flequillo.

Entre tanto, un joven muy extraño está sentado solo delante de mí. Engulle una enorme tarta de chocolate como si fuera su última comida en este mundo. Le da vergüenza llenarse tanto los carrillos y que se le note la ansiedad, pero no puede evitarlo, y por eso baja la cara mientras traga y levanta felinamente sus ojos para ver si alguien lo está mirando. Nueve de cada diez veces que levanta la vista hacia el mundo exterior lo hace hacia la modelo con cuerpo de junco y cabello de anuncio que está sentada a su izquierda y que, obviamente, se da cuenta, pero ya tiene práctica en ignorar este tipo de miradas. Mientras escribo esto, el chico extraño se ha acercado a la modelo con algún pretexto de adolescente con acné, pero no he alcanzado a escuchar más que su despedida….

Anuncios

Etiquetado:

§ 2 respuestas a En la cafetería

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

¿Qué es esto?

Actualmente estás leyendo En la cafetería en El arte es un juguete.

Meta

A %d blogueros les gusta esto: