La ley maga

11 de febrero de 2015 § Deja un comentario


“Macusita, La Alameda, España” eran las únicas palabras mecanografiadas en el reverso del sobre. Sin duda, yo era la única destinataria posible de esa carta. El remitente, sin embargo, no escribió su nombre, y únicamente tatuó el anverso con un escueto “Medio Oriente”. Yo conocía aquel lugar tan bien como cualquier niño conoce el bosque de Caperucita, pero no me esperaba tener noticias de esa parte del mundo hasta el próximo enero.

10850163_10153095277113564_1937873332060971029_nEl sobre estaba decorado con rayitas azules y rojas, signo inconfundible de la mensajería urgente que vuela en aviones especiales por asuntos de Estado. Seguramente, Melchor lo había escrito a toda prisa el día anterior con la máquina de escribir que debía llevar guardada en las alforjas de su camello.

El Rey de pelo como el mío me pedía una disculpa por no haberme podido traer el vestido verde de princesa que yo le había pedido el pasado enero (vestido que era, en realidad, el traje folclórico de las falleras valencianas). Pero lo más importante era, según me decía, que se había enterado de que un niño de mi clase me había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Esto le había preocupado tanto que había tenido insomnio durante tres noches y, por eso, no había podido esperar al próximo año para desmentírmelo.

Me habría gustado seguir creyendo en los Reyes Magos. Su existencia hacía del mundo un tablero de leyes absurdas pero nítidas: los regalos llegaban si te portabas bien y, si te portabas mal, sólo llegaba carbón dulce. Ante esta claridad ética, ¿quién habría podido tener dudas sobre las consecuencias del bien y del mal?

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