Preguntas inútiles

18 de febrero de 2015 § Deja un comentario


Invitada: Ishtar Cardona

Los controles de calidad de mi fabricación fallaron de a tiro gacho, siempre lo he sabido. Pese a ello, hay épocas en que lo vivo más intensamente y tengo que sacar la Sala de Espera Master Gold Card.

image5421699cdc8051.05521389Cuando era niña, había tres cosas que me ponían a aullar: las misas larguísimas -aunque fueran post Vaticano II- a las que me arrastraban para eventos familiares o en las que a güevo participaba por estar en colegios religiosos; las tardes de asamblea sindical semi-deslactosada-comunista (el SUTIN en el que militaba mi madre) en las que se tardaban horas nomás en definir quién hablaba primero; y las citas médicas a las que siempre llegabamos con putualidad japonesa y en las que el médico -retrasado en promedio por tres pacientes- nos recibía hora y media después.

Sin títuloSí. Tuve una infancia diversa y multicultural profundamente marcada por la espera.

Podría ponerme a bordar cómo es que todo eso se conjuntó para transformarme en un pequeño monstruito aparentemente calmo en el exterior, pero con arraigados instintos asesinos en el interior. Pero solamente anotaré que, para fortuna de la humanidad, empezando por la gente más próxima a mí, encontré una salida para desaburrirme y navegar la espera sin brincar sobre el escritorio de la recepcionista, degollarla con la regla plástica que publicita un nombre raro de medicamento que siempre hay en todo consultorio que se respete, abrir la puerta del privado del médico a patadas y desnucarlo con un tiro certero de revista vieja y pesada sobre medicina respiratoria. Y esa salida consistió en ponerme a pensar.

Me sentaba, respiraba hondo y me ponía a fabricar preguntas. ¿Por qué un dentista japonés colecciona canastas de jai-alai si ni lo juega ni tiene a nadie cerca que lo juegue? A mí las canastas de jai-alai me parecían muy japonesas y al principio pensé que eran cosas de la familia, después mi hipótesis se derrumbó. ¿Por qué en los consultorios -por lo menos en los que a mí me tocaban- siempre hay revistas viejas que nadie -ni el médico- leería por gusto y que nomás hacen bulto? Buceaba yo buscando y a veces me encontraba “perlas” como un Contenido, un Siempre, un Selecciones, muy de tarde en tarde un Mad (que no me gustaba)… Un día me encontré un Penthouse y mi madre tuvo que hacer malabares para quitármela de las manos sin hacer escándalo, sin que pareciera que estaba censurándome, sin perder el aire cool intelectual libre-pensador que la invadía en esas circunstancias. ¿Por qué la luz en los consultorios siempre es tan fea? ¿Por qué las recepcionistas están tan aburridas como yo? ¿No les angustia pensar que ellas tienen que pasar por ese aburrimiento a diario? ¿Por qué a las otras mamás les vale gorro que sus hijos corran como apaches por la sala de espera y griten y pateen mientras ellas permanecen catatónicas? ¿Por qué permanecen catatónicas? ¿La catatonia es un estado deseable frente al aburrimiento y/o la espera? ¿Su catatonia es el equivalente a mi estado de vigilia y pregunta?

Por supuesto, la sala de espera no es el mejor lugar para formular cuestionamientos simpáticos (a menos que la ironía y el sarcasmo causen simpatía), ni alegres ni esperanzadores. Lo más cercano a la esperanza que se ha asomado a mis dudas en esos momentos es: ¿El siguiente puto nombre que salga de la boca de la recepcionista será el mío? Creo que por eso mi retórica crítica se volvió negra desde mi más tierna infancia. La sociología era lo mío.

Ahora que de vez en vez me toca talonear en los sillones de las salas de espera (más cómodos que hace treinta años, debo decir), sigo en automático subiendo el switch de las preguntas que no puedo compartir con nadie en voz alta, no en esas circunstancias, a riesgo de perturbar a la recepcionista (que ahora es más joven y parece más atareada), a las mamás catatónicas (que posan su catatonia ahora sobre el celular), a los niños que ya no gritan, corren y patean, sino que aprendieron a estar catatónicos como sus madres, con el celular o con la televisión que apareció un día en los consultorios, al doctor que sigue retrasándose tres pacientes.

Y ahora me pregunto: ¿Por qué el doctor repite y repite “La Felicidad” de Napoléon? ¿Neta estoy tan vieja que me acuerdo de esa rola? ¿Por qué las batas son tan feas y tan imprácticas? ¿Por qué los doctores y las enfermeras no se ponen de acuerdo sobre amarrarlas por delante o por detrás? ¿Habrá una pasarela de diseño de moda de hospital gowns? ¿Por qué cuando ponen el gel del ultrasonido primero te dicen que está “tiebiecito” y luego luego te dicen “cuidado con el frío”? ¿Las mastografías tienen que ser tan dolorosas y poco sexys como el SM que precona 50 Sombras de Grey?

Tanta pinche pregunta inútil.

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