Jesús también va en moto

5 de marzo de 2015 § Deja un comentario


Invitado: Conrado J. Arranz

A Miguel

Dice uno de mis buenos amigos que en esta ciudad los peatones vivimos sometidos a la dictadura del automovilista.

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Matteo Mezzadri – Le città minime

Nos esforzamos, cada vez que nos vemos, en buscar nuevos ejemplos: los dobles o triples pisos, los pasos de peatones borrados ―como si fueran éstos los culpables―, las banquetas que se escalonan para permitir el paso de los vehículos a los garajes, la ausencia del muñequito verde o rojo en la mayoría de los semáforos.

Sin embargo, yo un día hallé la metáfora perfecta.

Todas las mañanas acostumbro a llevar a mi hija a la escuela. Ésta dista apenas unos veinte minutos caminando desde nuestra casa, tiempo que normalmente tenemos que reducir acelerando el paso porque se nos hace tarde. Parece mentira, pero dos campanarios de iglesias, una prácticamente pegada a los departamentos donde vivimos y otra cercana a la escuela, son nuestra referencia más plausible, excepto los lunes que Dios parece querer descansar después de un duro domingo y pone en riesgo nuestra propia dinámica del tiempo. Sin títuloCuando suenan por primera vez las campanadas de la iglesia más cercana a la casa significa que debemos salir inmediatamente si queremos tener un trayecto tranquilo. Sin embargo, si llegamos a escuchar las segundas campanadas de esa misma iglesia en nuestro trayecto ―aun después de haber visto a varias personas persignarse justo enfrente de la puerta―, significa que irremediablemente tendremos que correr si no queremos llegar tarde. Por el contrario, si escuchamos las segundas campanadas de la segunda iglesia significa que seremos de los primeros en llegar a la escuela, con riesgo incluso de que la religión no haya hecho el mismo trabajo con el director de la escuela pública, laica y gratuita, y encontremos cerrada la puerta.

Matteo Mezzadri - Le città minime

Matteo Mezzadri – Le città minime

Cuando los papás o, mejor dicho, las mamás me preguntan por qué, si tengo coche, no llevo así a la niña, les digo que el camino es un espacio de encuentro fundamental para nosotros, quizá el más importante, donde surgen muchas preguntas, que además se adaptan al ritmo que tenemos que imprimir a nuestras piernas para llegar a tiempo, el mismo ritmo que pusieron en marcha las campanas. Deletreamos palabras, desaparecemos cosas que no son importantes en nuestras vidas, jugamos a las carreras con otros niños, aparecen y desaparecen amigos, soñamos con el país en el que viviremos dentro de unos años, se nos olvidan aspectos de la semana anterior, hablamos de lo divino y de lo humano o de lo rural y lo urbano.

Uno de los días que más prisa llevábamos surgió la metáfora perfecta de la dictadura del automovilista. Cuando apenas habíamos alcanzado la segunda calle, las puertas del garaje de un edificio nuevo de departamentos ―que alguien había sembrado allí en sólo un par de meses― abrieron hacia fuera e impidieron completamente continuar el paso de por sí acelerado por haber escuchado las segundas campanadas de la primera iglesia. La puerta estaba formada por barrotes circulares de hierro en posición vertical. Le dije a mi hija que, mientras esperábamos de nuevo el paso, agarráramos fuerte los barrotes con las dos manos y pusiéramos cara de pena, como si fuéramos presos recién encerrados. El conductor que salió nos miró y giró el rostro con desazón para observar lo verdaderamente importante en ese momento: si venía algún otro coche por la calle para poder salir. El portero salió de inmediato a advertirnos que no podíamos agarrar la reja y deberíamos esperar a que se cerrara automáticamente. Presos como estábamos de las campanas y de las rejas, de lo divino y de lo humano, tomé la determinación de coger un taxi para llegar a tiempo a la escuela, y así fue.

Matteo Mezzadri - Le città minime

Matteo Mezzadri – Le città minime

Cuando esto ocurre, que la verdad son las menos veces, aunque mi hija quisiera que fueran las más, puedo sacar al camino de vuelta mucho más jugo. Mi capacidad de percepción se ensancha, e igual que el motor ha acelerado el tiempo para llegar a la escuela, es momento de compensar y ralentizarlo por medio del caminar reflexivo. Poco después de pasar por delante de la segunda iglesia hay una tienda Yamaha; dos empleados estacionan sus motocicletas fuera de la misma, sobre las aceras, a pesar de que el taller nunca parece estar lleno. Una de ellas, tiene una pegatina llamativa de color naranja con purpurina. Se trata de un pez con el nombre “Jesús” dentro pero, a diferencia de los que caracterizan a la mayoría de las que llevan los cristianos de manera visible en cualquier lado, este pez tiene dos ruedas como si se tratara de una moto en sí misma. Jesús también va en moto. La imagen me hace pensar si la palabra de Dios llegaría antes si fuera en moto. El coche no es garantía alguna en esta ciudad porque, aunque es parte importante de la dictadura, la realidad es que el tráfico a veces impide su avance rápido. La palabra de Dios llegaría sin duda con algún rezago.

Ensimismado como voy, tengo un incidente a la altura de la primera iglesia, a punto de llegar a mi casa. Hay un bullicio de gente en la puerta principal de la misma, y un Audi negro gira repentinamente para entrar a su garaje. Al parecer, es del cura en turno al que le toca oficiar. El tráfico seguramente le ha impedido llegar a tiempo y no tiene reparo en atravesar su coche delante de mí, cortando mi paso. No me enfado, es el portador de la palabra de Dios, y llega tarde ―pienso―, pero sí me llama la atención su Audi, “un carro del año”. Recuerdo la anécdota que me contó mi suegra en una ocasión cuando, en uno de los cursos de formación para grupos catecumenales, el párroco de su iglesia, el centro religioso de una humilde colonia de un suburbio de esta ciudad, intentaba explicar el voto de pobreza. Al parecer, él se ponía como ejemplo de vida austera, salvo en lo que concernía a su flamante camioneta Ford, que cumplía en realidad un servicio a toda la comunidad, porque le facilitaba llegar a tiempo y en buenas condiciones al oficio. “¡Au! Di”, pensé que afirmaría cualquiera después de aportar sus pesos en el cepillo, a su debido tiempo en la ceremonia religiosa.

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Matteo Mezzadri – Le città minime

Todo esto, pedacito de un discurrir cotidiano, quizá lo escribo por lo que me acaba de ocurrir. Regreso a casa precisamente en coche. Sí, en coche. Veo por fin un espacio para estacionar enfrente de una parroquia presbiteriana, que está apenas a sólo dos o tres edificios de la católica. Mientras estaciono observo ―gracias a que las puertas están abiertas de par en par― que el cura, sacerdote, oficiante, director espiritual o su equivalente, interrumpe la ceremonia para recorrer el pasillo de la iglesia y dirigirse a nosotros. “¿No interrumpen el paso?”, pregunta. “¿Cuál paso?”, le digo mirando a uno y otro lado y percatándome de que la iglesia está llena de fieles y de que quizás mi coche interrumpe o pone más trabas a una posible salida de emergencia. “Pues el de mi vehículo”, me responde señalando ―con las dos palmas de las manos abiertas― la entrada. “No, no, no, su vehículo puede salir perfectamente”. Da media vuelta y vuelve al altar para seguir oficiando, ayudado por un powerpoint en una gran pantalla.

Luego miro si mi coche ha quedado bien estacionado. Tal vez pasará una semana sin que lo vuelva a mover, o unos cinco días, o tan sólo uno, porque nadie estamos a salvo de caer en la trampa de los que gobiernan esta dictadura.

Y quien esté libre de pecado que arroje el primer vehículo.

México d.f., 1° de marzo de 2015

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