Sobre “Contra el alarde de ser mujer” de Orfa Alarcón

6 de marzo de 2015 § 5 comentarios


Escribo este ensayo, en primer lugar, para intentar separar las ideas que hay detrás del texto de Orfa Alarcón de sus opiniones personales sobre algunos temas, y, en segundo lugar, para contestar a las ideas que sean contestables.

Vinilo decorativo silueta mujer 30Cuando empezamos a leer, podemos pensar que la intención principal de su artículo es explicar las razones que la han llevado a rechazar la participación en cierto tipo de actividades culturales. «No volveré a presentarme en un evento de género», dice Orfa en sus primeras líneas. Y, hasta aquí, el ensayo suena prometedor y hasta revolucionario.

Después la autora añade que, desde hace mucho tiempo, le «venía irritando» [sic] el tema, aunque todavía no anuncia cuál. Al parecer, el episodio que vivió en un «evento de mujeres» acentuó su «incomodidad» y finalmente tomó la decisión (de no asistir a «eventos de género»), aunque todavía no sabemos por qué.

Para un público general, las cosas que a Orfa Alarcón le «vengan irritando» no tienen mayor interés, pero seguimos leyendo porque el artículo anda circulando mucho por las redes. Acto seguido, en lugar de aclararnos sus razones, Orfa aprovecha para ofrecernos una descripción muy sui géneris de las bondades que las mujeres bonitas obtienen en el mundo editorial. Con ello, la autora aprovecha para espetar el sentido común del lector con un párrafo cuyo propósito y cuyo tono no quedan muy claros.

«La mía [experiencia en el mundo editorial] no era la de la queja: el mundo editorial es muy bondadoso con las chicas, les permite ascender laboralmente aunque a veces ni están preparadas, ¿por qué? Porque son bonitas, son simpáticas, pueden ir por cualquier autor y hacerlo firmar un contrato abusivo, pueden convencer al equipo de ventas de que aumenten el tiraje del libro que está por sacar, puede lidiar con el equipo de producción y, si se les descompone la computadora, obtienen inmediata atención del departamento de sistemas con una bonita sonrisa».

Parece que este mensaje puede querer decir dos cosas: si interpretamos que la autora está haciendo un acrobático giro irónico con el lenguaje, deberíamos entender que se está quejando de que en el mundo editorial de México se le ofrezcan ventajas a las mujeres bonitas y no a su valor objetivo como trabajadoras; pero, al no ofrecernos ninguna marca evidente de su ironía, sus lectores nos vemos obligados a hacer una lectura literal.

En esta línea, entendemos que Orfa está cómoda con el hecho de que la valoración sexual de una mujer en el ámbito laboral intervenga (favorablemente, en este caso) en su desempeño. Si somos bien pensados, parece que la escritora no entiende que la igualdad de género no existe sin la valoración de las mujeres como mera fuerza laboral (y no como sujetos u objetos sexuales-afectivos) cuando se las evalúa en un ámbito que es meramente laboral. Si somos mal pensados, parece que la escritora considera una menudencia que el tema de la igualdad de género sea aún un reto en un país como México, donde existen cifras escalofriantes de la violencia sufrida por este grupo. Pero pareciera que sí es ésta la idea de Orfa Alarcacón quien, más adelante, afirma: «Sé que la lucha feminista ha permitido que el mundo sea lo que es ahora, pero creo que hay peticiones caducas y exigencias que salen sobrando». Quizá todas estas cifras sean insuficientes para la autora, quien afirma sin reparo: «ese cuento de mujer es sinónimo de explotada, no me lo creo». También parece desconocer (o despreciar) la brecha salarial entre hombres y mujeres de México al afirmar, sin pudor, lo siguiente: «No me conmuevo ante el llanto de “como soy mujer, me pagan menos”».

Pero retomemos el tema principal: ella estaba intentando explicar por qué razón Orfa Alarcón ya no va a acudir a los «eventos de género», cosa que a todos nos quita el sueño. Y, queridos lectores, no se asusten: la razón es que en uno de esos «eventos de género» a los que acudió, una mujer se «sacó un seno» para amamantar a su bebé. Nunca había leído razones de tanto peso para que una mujer se desencantara de una vez por todas de la causa feminista. Su desazón debió ser terrible, no solamente por la horrorosa visión que ella misma tuvo que soportar de ese seno (orondo, atrevido, encendido, falto de pudor), sino porque la dichosa teta desvió la atención de sus oyentes, extrayéndolos de su ser-intelectual, para adentrarlos en las ensoñaciones más pornográficas y perversas que puedan imaginarse. Es lógico que esto hiciera sentir muy mal a Orfa Alarcón: «jamás podríamos competir por la atención con una teta» y más aún cuando «no estamos tratando temas divertidos», confiesa en un ataque de honestidad acerca del tema de su plática, «un tema tan aburrido como la supervivencia de las editoriales independientes». Lo que quizá no sabe Orfa Alarcón es que cualquier tema es divertido si se habla de él con inteligencia. Pero, su ofensa es humana y comprensible: ¿se imaginan que una madre amamantando convierta a un auditorio cultivado en una horda de salvajes en celo mientras ustedes dan sus valiosísimas opiniones sobre esto y aquello?

Lo que sí me parece preocupante, cuanto menos, es que Orfa considere que una mujer amamantando sea «una exhibición de senos» y que, por tanto, a la madre en cuestión tenga la «perversión consistente en el impulso a mostrar los órganos genitales», que es como define el DRAE el término ‘exhibicionismo’.

Esperábamos ansiosos saber por qué Orfa Alarcón ya no va a acudir a «eventos de género» pero, de momento, tan sólo tenemos una suerte de comentarios acerca de lo que ella considera o no de buen gusto en esta o en aquella circunstancia. Ante estas opiniones estéticas, no tenemos mucho que decir porque no estuvimos allí, y nunca sabremos si aquel pecho era extremadamente bello o si su plática era extremadamente aburrida.

En el siguiente párrafo, la autora mantiene el suspense sobre por qué ya no asistirá a «eventos de género», y continua con el tema de la sacada de seno y la «falta de respeto» que le pareció. Acusa a la autora de este crimen de querer «reclamar la atención» con ello, y afirma que «ridiculiza su labor» con comentarios «cursis» sobre su bebé con los que pierde su «perspectiva profesional» y «recurre al chiste». Valiente será quien, después de leer esto, se atreva a amamantar a su hijo delante de Orfa Alarcón.

Posteriormente, Orfa nos dice su opinión acerca de la literatura hecha por mujeres: «Yo no divido a la literatura por géneros», nos dice sobrada de modernidad incluyente. Pero, si tuviera en cuenta la historia de la literatura (que seguramente conoce a la perfección), reconocería que los estudios críticos consisten, esencialmente, en poner y quitar etiquetas, en derrocar y levantar fronteras (por temas, por estilos, por épocas y, por qué no, también por género). Para argumentar en contra de la pertinencia o no de tales divisiones analíticas hace falta algo más que la enumeración de los nueve autores con los que Orfa Alarcón ha llorado. Sin embargo, ella abunda en la idea: «No necesito, vaya, que un libro haya sido escrito por una mujer para que me toque el alma». Quizá la autora cree que los demás mortales, presas de las superficiales etiquetas del mundo de las apariencias, somos tocados del alma según el siglo («yo sólo lloro con obras del XIX»), o por tipografía («yo sólo lloro con Times New Roman»), o por numeración («yo sólo lloro con las páginas pares»).

Pero, una vez abordada la crítica a la historia de la literatura y sus métodos de categorización y análisis, Orfa, sin mayor reparo, se lanza a hacer una crítica sobre el modo de lucha social de las feministas: «No creo tampoco en la necesidad de agruparnos como mujeres» porque «al agruparnos como mujeres seguimos lanzando un mensaje: somos débiles». ¡Vaya! Acaba de derrocar de una pincelada toda la complejidad teórica ya escrita sobre la lucha social. Desgraciadamente, Orfa no nos ofrece ningún ejemplo de logros históricos de grupos sociales marginados conseguidos a fuerza de estar cada uno en su casa.

Lo único rescatable de su texto es la idea de que el trato compensatorio de favor que se ofrece a algunas mujeres en algunos contextos (igual que a cualquier grupo marginado en sociedades que ya cuentan con dispositivos institucionales de integración pero que no han logrado resultados suficientes) puede llegar a cuestionar el valor objetivo de su trabajo neto. Pero, para expresar esta opinión y argumentarla, no hacía falta nada de lo anterior. Lo que Orfa Alarcón posiblemente no entienda es que, en toda sociedad que camina hacia la integración de sus diferentes miembros es casi una necesidad (de hecho, no de derecho) la sobre-valoración de lo marginado antes de su plena integración. Y una cosa es que a ella no le guste dicha sobrevaloración que, como mujer, se le haya podido brindar en algunos contextos y otra, muy distinta, es que se tome el derecho de despreciar las luchas que, con mucho esfuerzo, llevan a cabo muchas personas de la sociedad civil para que otras personas del país tengan, como ha tenido Orfa Alarcón, la oportunidad de no ser meramente madres y esposas y, de haberlo sido, la posibilidad de no avergonzarse por amamantar en público a sus hijos, de no sentir miedo por ello. Toda esa gente ha trabajado desde hace mucho para que mujeres como ella puedan estar en una mesa de conferencias donde, por cierto, instruyen a otros sobre aquello de lo que han estudiado porque, por cierto, han podido estudiar, y no han cercenado su infancia con una violación acallada por la familia, ni con un hijo del que no se pueden ocupar, porque les han dado la oportunidad de llevar dinero a casa y pedir su mitad a la hora del reparto, de aparecer en el espacio público, como ella, y de escribir en un periódico aunque sea un ensayo tan pobremente argumentado. Aunque, quizá, uno de los privilegios recibidos por el mero hecho de ser mujer de los que la autora ha disfrutado haya sido, precisamente, que un ensayo como éste se haya publicado en prensa.

Y, para terminar, Orfa Alarcón nos hace un resumen de su experiencia de vida que puede llegar a incomodar al lector por la falta de pudor al vanagloriarse de sí misma: «Ya pasé por el mundo laboral», «Ya pasé por el mundo literario», «Ya pasé por (y estoy en) el amor», «he aprendido a trabajar bien y yo soy quien le pone precio a mis servicios», «yo ofrezco mi trabajo y éste prácticamente se vende solo» son algunas de las afirmaciones con las que Orfa se engalana.

Pero confieso que hay algo que me gustó mucho de este artículo. Después de escribir una cosa semejante, Orfa tiene el valor (y la enorme autoestima) de desafiar al destino pidiéndole que a ella se la juzgue por su trabajo y «por sus logros». Y no puedo más que aplaudir y animar también, junto a ella, al destino a que así sea.

Ver en Revista Replicante

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§ 5 respuestas a Sobre “Contra el alarde de ser mujer” de Orfa Alarcón

  • Brau Lion dice:

    Un artículo que pretende ser crítico, pero que refleja una laxa comprensión del texto criticado de Orfa Alarcón. La autora da un enorme rodeo divagatorio para terminar alardeando desde un feminismo de un muy bajo nivel auto crítico. Y la honesta auto crítica de Orfa, según mi discutible opinión, merece una lectura más atenta y comprensiva, particularmente desde una perspectiva femenina (que no “feminista”).

  • Sobre “Contra el Alarde de Ser Mujer” y “Sobre:”Contra el alarde de ser mujer””.

    En el día Internacional de la Mujer (Trabajadora creo, yo jamás he sido partícipe e este tipo de eventos y desconozco a detalle sus fechas conmemorativas), han surgido dos posturas ideológicas de alta distribución por Internet.

    La primera es la defendida por la Escritora Orfa Alarcón, donde ella expone el alarde del movimiento feminista.

    La segunda es la expuesta por la Crítica de Arte Macu Gavilán, quien desgraciadamente no abre a debate su punto de vista.

    Ambas ideologías exponen puntos interesantes a tratar y válidos a mi consideración.

    Al igual que la escritora Orfa Alarcón considero que el ser mujer no me otorga un puesto de consideración especial tal que tenga que hacerse un día especial para celebrar mi género, pero al igual que la crítica Macu Gavilán considero que existen los crímenes y discriminación por género hacia las mujeres.

    ¿Entonces en que fallan estas dos ideologías que nos hacen leer una y empatizar y leer una segunda y volver a empatizar?

    En que ambas exploran un lado del mismo problema, ambas se encuentra debatiendo a la sombra del mismo problema, ambas ven el mismo problema desde un pequeño punto de vista: El feminista.

    Una peca de decir que no cree en la existencia del problema por el exceso de confianza en la capacidad que ha tenido como mujer.
    La otra peca de atacar y aferrarse a un problema que sobrepasa y vá mucho más allá de la colectividad femenina.

    Y ambas pecan al incurrir en exactamente el mismo crimen que ellas sin saber atacan: La falta de tolerancia.

    Los crímenes de odio no se concentran, ni se limitan por mucho al género femenino. Los crímenes de odio se realizan por la falta de promoción a aquel valor olvidado llamado: Tolerancia.

    Los crímenes por odio los hay diversos y muchos, los hay por género, por edad, por estatus social, por estatus civil, por ideología religiosa, por enfermedad, por incapacidad, por preferencia sexual, etcétera.
    Y la violencia por género no se limita a las mujeres, nosotros diario sometemos a discriminación de género a hombres desde que escuchamos decir a alguna:

    – Todos los hombres mienten

    Yo como vendedora he escuchado decir a clientes: Eres mujer, eso me da más confianza. Lo cual significa que tendemos a confiar menos en los hombres y eso es un tipo de discriminación por género muy distribuido entre la población común y nada cuestionado.

    Conozco mujeres que obligan a sus hijos a tener una boda religiosa.
    Conozco mujeres que prohíben a sus hijos entablar amistades con personas homosexuales.
    Conozco mujeres que evitan el contacto con personas que sufren enfermedades o discapacidades aunque estas no sean contagiosas.
    Conozco mujeres que atacan y demeritan a otras mujeres por no coincidir y apoyar a su causa.

    Todos somos partícipes del mismo mal al que pretendemos atacar, las feministas desde que dicen que quien no está a su favor es alguien que no comprende ni puede entender la gravedad del problema… cuando en la gran mayoría de los casos ellas mismas no ven ni comprenden la verdadera extensión del problema.

    Uno no llega a la resolución de una ecuación resolviendo solo uno de los problemas que le integran.

    El gran problema inmerso del feminismo es que se concentra en el ataque a la mujer y obvia el resto de los problemas de intolerancia, la mujer se encuentra tan profundamente ofendida y herida por tales crímenes que obvia sus alrededores.

    Nuestro problema no es un problema de ser mujeres, es un problema de ser diferentes, si no se nos discriminara por ser mujeres se nos discriminaría por ser demasiado jóvenes o demasiado viejas, demasiado de izquierda o demasiado de derecha, de piel demasiado blanca o demasiado oscura, demasiado listas o demasiado tontas, demasiado heterosexuales o demasiado homosexuales, demasiado libertinas o demasiado mojigatas, etcétera.

    El problema del feminismo es que se concentra en solo uno pequeña parte del problema que engloba uno solo: Nuestra falta de tolerancia.
    ¿Por que no mejor abogar por un día de la Tolerancia?, una tolerancia que nos protega a todos de cualquier crimen de odio por cualquier circunstancia que nos haga diferentes a lo demás.

    ¿Por que no promocionar la Tolerancia en todos los aspectos del ser humano en vez de uno solo?

    ¿Por qué no en vez de unir fuerza solo con mujeres, unimos fuerza con niños, ancianos, hombres, con la libertad de expresión, con la libertad de ideología, con la libertad de ejercer nuestro de derecho de ser tratados con dignidad independientemente de cualquier cualidad que nos pudiese diferenciar de los demás?

    ¿Por qué no dejar de vernos solo como mujeres y empezar a vernos como seres humanos?

  • Ana Laura Bojòrquez dice:

    En ambos textos. El de Orfa y el de Macu Gavilàn, tocan un tema que creo que està en la emociòn que llevò a Orfa a deslindarse de cualquier evento de gènero (femenino por supuesto): El que la pobreteen por ser mujer. Por ello, ella, (Orfa), sin hacer uso de su curriculum, nos deja claro que ella ha ganado algo por sus mèritos; y debièsemos ponerla de ejemplo, ya que entiendo que la lucha feminista espera que eso sea lo que suceda en la sociedad. Pero no ocurre como debiera. De ello nos recuerda la misma Macu.

    Tambièn es loable que mujeres con meritos propios, como Orfa, que no se han ganado lo que tienen con prevendas sexuales, como ella misma denuncia, pongan sus tìtulos y su voz para los vergonzosos casos de vìctimas del machismo màs recalcitrante que por supuesto impera en nuestro paìs. El de las ìndìgenas acusadas por ejemplo donde se juntan dos tipos de discriminaciòn.

    Las tetas de la mujer cumplen con dos ralidades y con muchos imaginarios: uno picaresco, sensual, sexual; y por ende “pecaminoso” “ìntimo”, “vergonzante”, etc. Reminiscencia del medievo donde todo el cuerpo (la carne) era por donde el diablo entraba. El otro, pues lo màs sublime: nutrir a un bebè que por obviedad es un ser que depende de ello para vivir y crecer. Representa el amor incondicional de madre hijo, el amor filial. Veamos que el ìcono (ya olvidado) del IMSS era el de una madre amamantando, y nadie quiso censurarlo. En cambio la Diana Cazadora, la conocida escultura de nuestra ciudad; sufriò la verguenza ajena de una primera dama quien le mando poner ropa interior. Muchas de esas verguenzas propias y ajenas, nos viene de la cultura, de la crianza, quièn sabe si se encuentren hasta en los genes.

    ¿Què le vamos a hacer? son los mismo dos senos.

    Lo que el mundo feminista nos exige es reaprenderlos, no dice, y comprueba que se puede. Parece que no al ritmo que ellas exigen. Antes de que la carniceria continùe entre quienes no quieren entrarle a esto del gènero, y las que ya lo estàn, (intolerancia) pensemos còmo hacer para que los hombres no levanten una ceja acusatoria cuando su mujer (su hija, su nieta, su hermana) vaya a amamantar en pùblico.

    Como aquì se valen las opiniones, creo que a los niños que se les hecha una cobija encima para que el seno de su mamà no sea visto se quedan dormidos por falta de oxìgeno. Creànme, ¡he hecho la prueba!. Bajo una colcha y no puedo. Siento que me ahogo, siento ansiedad, claustrofobia. ¿Por què a un bebè se le debiera esconder-asfixiar, para que no vean el seno de su mamà? ¿por què la mamà debe irse al baño para amantarlo?

    Por otro lado no creo que lo que Orfa haya escrito sea un ensayo.
    Aclaro que esto tampoco es un ensayo. nunca lo harìa con tanto calor y con tanta prisa. Gracias.

  • Bien Macú, no hay justificación o argumentación como lo afirmas, Orfa ha querido ser progre denostando eventos de género pero en realidad es otra chica más que vive holgadamente en la cultura machista.

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