La insoportable levedad del metro

18 de marzo de 2015 § Deja un comentario


Invitado: Rafael Serrano

Milan Kundera nos habla en “La insoportable levedad del ser”

(que, dicho sea de paso, es probablemente el mejor libro escrito en todo el siglo XX) de la invasión a Praga (la magnífica Praga con aquel castillo imponente que se erige en lo más alto, que pareciera vigilar el imponente puente de Carlos y romper con el tiempo que retorna eternamente en el reloj astronómico) y lo hace con un gran sentido del humor, siguiendo su premisa de convertir lo pesado en leve.

Alexandr Afonin - Flower

Alexandr Afonin (Chiz) – Flower

No obstante, de aquella levedad narrativa, hay un aspecto que no destaca sino por su peso: la imagen de una sociedad que se convierte, en un parpadeo, en un gran campo de concentración. En referencia a esto él mismo nos hace ver que el campo de concentración es algo en lo que “el hombre nace y de lo que sólo logra huir poniendo todas sus fuerzas”.

A mi entender tiene razón, y he aquí el porqué.

Viviendo desde hace poco tiempo en la Ciudad de México, subiendo ya sea al metro, sea al trolebús, y un gran etcétera, tratando de cruzar avenidas atestadas de coches frente a una multitud loca y caótica de la que no puede uno sino preguntarse de donde salió, a veces no puedo sino pensar en que todo aquello es una macro representación, un híper-referente, del campo de concentración. Asumo que tal vez es ir muy lejos pensar de esta manera pero, en incontables ocasiones, en las calles se puede percibir esa lucha de cuerpos sudorosos, almas muertas y egos irritados de los tranvías de la Praga insoportablemente leve de aquel, hoy ya lejano, 1968. Es así como la región más transparente del aire deja de serlo para convertirse en una extensión masiva y truculenta del palacio negro de Lecumberri.

Sin títuloLa prisión se comió a la ciudad y la ciudad se comió al mundo. A eso habría que agregar que hace años dejamos de ser en el mundo una sociedad rural. O sea que en lugar de hablar de una “cultura-mundo” como la que nos describe el sociólogo francés Gilles Lipovetsky, bien podríamos hablar de una “prisión-mundo”. Es más, si llevamos este análisis al extremo de la “paranoia”, ¿por qué no pensar en que alguno de los celadores de nuestra “prisión-mundo” está leyendo esto en el momento de llegar al mundo cibernético? ¿No es, acaso, este símbolo del liberalismo llamado “Internet” el instrumento más fascista jamás inventado? En el campo de concentración, o en la prisión, existe siempre lo que Michel Foucault nos describe como “panóptico”. ¿Por qué no decirlo? Ese gran hermano de nuestros días bien pueden ser nuestras redes sociales, nuestros propios teléfonos celulares que en su levedad literal, revelan su peso al momento de revelar a todas horas nuestra ubicación y a ratos nuestras ambiciones conscientes e inconscientes.

Además de todo lo anterior, es importante remarcar que esta querida/odiada “prisión-mundo” requiere sin duda de cierta violencia, un toque de brutalidad, cuestiones todas lamentables y pesadas en sí mismas. A veces nos despliegan los símbolos de la violencia como algo lejano y otras tantas se despliega ante nosotros, contra nosotros incluso, según sea el nivel de terror que se nos quiere infundir. Nuestros medios actuales resultan más que eficientes en dicha labor.

Alexandr Afonin (Chiz)- Red button: hang will not happen!...

Alexandr Afonin (Chiz)- Red button: hang will not happen!…

Pero he aquí que todo esto muestra, increíblemente, su propia levedad. ¿Cómo nos inquietaría el peso de nuestra propia existencia si no fuera al reaccionar frente a toda esta clase de situaciones propias de la “prisión-mundo”? ¿No es, para citar un ejemplo, la gente miserable que nos vende baratijas, esa gente a la que se nos expone en los vagones del metro del DF, una resignificación de la palabra “circo”?

¿Y no es este circo, muchas veces, motivo para reinterpretar el circo de nuestras propias vidas?

Nadie que se haya subido al transporte público de una ciudad grande (ya no digamos inconmensurable como la gran Tenochtitlán) sabe que éste es un espacio en el que o se demuestra o se agota la paciencia de la que se es capaz. Es ahí donde podemos observar aquellos caracteres que probablemente poseen la fuerza para salir de un campo de concentración. Pero éste es un aspecto más bien secundario al observar a la masa, al arcoíris de máscaras que nos presenta el metro, y es el rincón donde se desdobla la insoportable levedad del metro.

Es extraño cómo lo kitsch y la mierda de los que nos habla Kundera, es decir, eso con lo que maquillamos la existencia de la muerte junto a la presencia de la muerte misma, se conjuntan en un espacio-tiempo más bien estrecho, como un vagón del metro del mismo modo en que vemos muchachos tirarse sobre vidrios o ciegos con estridentes bocinas cantando canciones olvidadas con los chirridos más desafinados posibles. Por otra parte podemos ver seres excepcionales que viven en la magia de su propio cosmos (musical, literario, a veces ambos).

Alexandr Afonin (Chiz) - Everyone loves a wolf

Alexandr Afonin (Chiz) – Everyone loves a wolf

Pero para mi gusto no hay nada como los seres cuya existencia representa exquisitez, pasión, belleza: labios y ojos que derriten a quien los ve de frente con un toque de indiferencia. Esos seres que nos recuerdan que, por extraño que parezca, sin lo mundano, sin la mierda, no hay placer; que el sexo, como dice Woody Allen, sólo es sucio cuando se hace bien.

He aquí que nos convertimos también en nuestros propios celadores al observarnos mutuamente en el transporte o al mirar una larga letanía de estados de Facebook. Y es curioso cómo todo esto me vino a la mente no hace mucho cuando, saliendo del metro, me entregaron un volante con los requisitos para ser celador. Una parte de mí se sintió observada hacia el interior. No obstante, supongo que fueron, en realidad, mi piel morena y mi aspecto indígena los requisitos extras no mencionados en el volante, es decir, lo no dicho en el discurso según Foucault, lo que en realidad motivó al hombre de los volantes a creer que el puesto podría interesarme. Vivimos en un país racista, que a nadie le quede duda.

Pero al final no son todos sino máscaras, las mismas que usan los volatineros en los circos. Somos todos parte de un mismo circo, de una carpa de circo cuyo centro de acción es el panóptico que todos llevamos dentro. Precisamente creo yo que el reto de cada viaje en esos trenes dirigiéndose todos a Auschwitz, Tasqueña, Mixcoac o Praga, el desafío de dichos recorridos en letanías de Facebook y Twitter, es decir, lo que hay que superar en todos ellos consiste tal vez, a mi parecer, en confrontarse no a las otras máscaras que se nos representan diariamente, sino a la máscara propia, sea para reinventarla, sea para romper con ella; pero sobre todo, sea lo que sea, que lo que decidamos hacer con ella sea motivo de acción.

A veces uno hace más cuando mira dentro de sí que cuando trata de ejercer su influencia en el exterior. Hay que tratar liberarse del fascista interior, como sugería Foucault, y hay que hacerlo con el fin de revelar al campo de concentración en su insignificancia y, por qué no decirlo, en su propia levedad. Para dicha tarea se requiere sin duda que reunamos “todas nuestras fuerzas”, como dice Kundera, que no nos extermine el campo de concentración, ni eso ni el ineluctable peso del vivir.

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