Crónica del pesero

27 de mayo de 2015 § Deja un comentario


Ayer salí de la universidad a las ocho y media de la noche, cuando me apagaron las luces del sótano de la biblioteca. Ésta debe ser la forma más sutil que han encontrado de invitarte a salir.

Alessio Machianovsky

Alessio Machianovsky

En realidad, es una forma muy mexicana de hacerlo porque a pesar de ser muy clara, es indirecta: ¿Quién apagó la luz? ¡A saber! Entonces, no te puedes enfadar porque ¿con quién te enfadas? Los cuatro estudiantes trasnochados que quedábamos por allí a esas horas, salíamos como exploradores de la cueva con las linternas de nuestros celulares encendidas. Agarré el camión que baja desde el Ajusco del que alguna vez me dijeron que era peligroso. Al parecer se habían escuchado rumores acerca de varios casos de asalto en los que dos tipos se subían en algún punto oscuro y solitario de la ruta y desvalijaban a los pasajeros a punta de pistola. Desde El Colmex a San Ángel, ¿cuál es el punto más oscuro y solitario? Había unas diez personas en el camión. Mientras esperaba que me dieran el cambio de mis veinte pesos, me di cuenta de que una adolescente sentada en los primeros asientos clavó sus ojos en mí: ¿por mi pinta de extrajera o por mi pinta de zombi? ¡A saber! Pero seguía con su durísima mirada de adulta todos mis movimientos, mientras acariciaba con su mano derecha el pelo (y la oreja) de otra chica. Ésta parecía un espárrago sin aliento que, a pesar de estar estaba sentada a su lado, se me hizo invisible y sin rostro hasta minutos después: quizá por su color verdoso, su pelo ahumado al viento, su jersey desaliñado, su chepa de octogenaria o sus ojos tristes. Me senté detrás de ellas y fijé mi vista cansada en la muñeca de la que sí tenía aliento vital. Me hipnotizaron los brillos de su enorme reloj de plástico (cuya correa imitaba la piel de un jaguar) y de los diamantes falsos con los que se enmarcaba la esfera. Si un asaltante saca un arma, seguro se fija en ese enorme reloj antes que en mi sucia mochila, que contenía mi compu y mi disco duro, y dentro de ellos, mi tesis, mis vídeos y, sobre todo, las diez páginas que hice durante el día. Me pregunto qué me duele más: el precio de una computadora o esas diez horas de edición de uno de los textos más largos y difíciles que tengo. Lo que sí es seguro es que el asaltante tampoco va a reparar en la señora que se sienta al otro lado del pasillo, que tiene unas zapatillas rotas, por las que seguro le entra frío, y un enorme abrigo de hombre (quizá de los años 80) con un 7 en la manga izquierda. Se estaba durmiendo pero no soltaba la humilde bolsa de la compra que traía entre sus piernas. Los sospechosos eran: un señor de gorra, otro señor de gorra y otro señor de gorra. ¿Tres asaltantes? ¡Pero me habían dicho que iban de dos en dos! ¿Y las pistolas? ¿Por qué no las traen en los bolsillos de las chamarras? ¡Siempre me ha parecido peligroso que las guarden en el pantalón! Pero, un momento. ¿Por qué no se han sentado juntos? Quizá si meto el disco duro en algún lugar de mi abrigo y les doy la compu con resignación, salve mi tesis. Pero si lo hago ahora y me ven, es posible que piensen que estoy guardando algo de más valor aún que la compu (ni cómo explicarles que así es) y me lo roben lo primero. Mejor me aferro a la mochila con las dos manos, me duermo encima de ella y cuando vengan a despertarme finjo demencia. Entonces el asaltante más violento me apunta a la cabeza y yo pienso: ¡mejor muerta que sin mi tesis! Pero ¡no! porque seguramente no me dispara a la cabeza, sino que el maldito me dispara a un brazo o a una pierna y yo intento seguir aferrada a mi mochila pero el dolor hace que la fuerza de mis brazos desaparezca y suelto la mochila. Entonces me quedaría sin tesis y sin brazo porque no tengo seguro médico en México. ¡Quién me iba a decir que un seguro médico me iba infundir valor para luchar por mi tesis en un momento tan crítico como éste! Había tomado mucho café y llevaba 12 horas en la biblioteca. Llegué a mi destino antes de que mi imaginación me revelara cómo terminó todo aquello.

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