El disfraz

12 de junio de 2015 § Deja un comentario


Helia es una persona muy tímida.111107 01

Cuando se enfrenta a situaciones en las que se ve obligada a interactuar con extraños, tiene dos posibles reacciones: una introversión enfermiza o una desorbitada extroversión. Tanto una como otra provocan en el que la ve una mezcla de ternura y precaución, como cuando se observa a un erizo chiquitín y asustado que te puede joder el día si le tocas las púas. Pero la mayoría de las veces, Helia se decanta por la introversión, que puede pasar por ser un comportamiento mucho más ‘normal’ que su otro polo.

Una de las situaciones extremas con las que la vida pone a prueba a Helia con cruel frecuencia es cuando tiene que hablar por teléfono. La única persona con la que puede hacerlo sin angustia es su madre. Al resto del mundo, sencillamente, no nos contesta:

-¿Estabas en tu casa?
-¡Claro!
-¡Te llamé al fijo!
-Jajajajaja
-…

Helia lo pasa muy mal, por ejemplo, cada vez que tiene una duda burocrática a la que no le contestan por correo. Ve a cámara lenta cómo se va acercando el momento en el que tiene que levantar el teléfono y atravesar ese mar de incertidumbre que la lleva irremediablemente a toparse con la voz de un fulano cualquiera con el que tiene que interactuar durante sabe Dios cuánto tiempo.

Desde los primeros tonos de la llamada se le va atorando algo en la garganta, se le olvida cómo hace uno para comunicarse, desconoce los códigos sociales de su propia cultura, se va a la mierda su agilidad lingüística, el léxico, la voz, la entonación, ¡todo! Y tiene una creciente sensación de que el paso del pensamiento al lenguaje es un superpoder.

“¿Cómo lo hago? ¿Me identifico antes de lanzar mi propósito en plan: Hola, me llamo Helia y estoy esperando que me manden una carta? O digo: Hola, quería recordarles que me tienen que mandar una carta. O digo: Hola, quiero hablar con Anacleto”.

Todo mejoró cuando se dio cuenta de que tenía en meterse en el papel de una oficinista a la que le encanta llamar por teléfono y lo hace constantemente cuantas veces puede. Pero para meterse en el papel de oficinista tiene que preparar el escenario porque, como es lógico, si llama por teléfono en pijama, va a decir las cosas que dice una mujer en pijama, y las va a decir de la manera en que las dice una mujer en pijama.

Desde que lo descubrió, Helia ha ido perfeccionando la forma en que prepara sus llamadas telefónicas a extraños. Al principio sólo se ponía una chaqueta (saco) y se sentaba en su escritorio con una pluma y un cuaderno a mano. Pero luego, para parecer seria y competente, una mujer moderna de su tiempo hecha a la vida contemporánea, añade a su americana un moño con horquillas y unos taconcitos. Se sienta en su escritorio y extiende sobre él papeles de todo tipo de pendientes por resolver. Cuando levanta el teléfono con una mano, se pone las gafas con la otra y cruza las piernas con agilidad acercando su silla giratoria al escritorio. Mientras suenan los primeros tonos, levanta la punta del único pie que apoya en el suelo y carga sobre el tacón todo su peso, como si estirara los gemelos cansados de toda la mañana. Entonces piensa: “Espero que contesten pronto porque todavía tengo que llamar a otro diez empresarios”.

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