Arenillas en los ojos

18 de junio de 2015 § Deja un comentario


Invitada: Mónica Lázaro

En determinadas ocasiones me asalta una impresión extraña, como de escenario trastocado.

e5cb67edf5c88c7b11c6f0b60177cb5aEs algo intuitivo y muy difícil de explicar. Estás inmerso en ciertas rutinas y de repente es como si una pieza se escapase del puzzle de la realidad y el hueco vacío comienza a bailar ante tus ojos desconcertados.

Ayer, 14 de abril, mi madre volvió del trabajo y me pidió que la acompañase a comprar al supermercado: así caminaba un poco y me daba el aire, porque eso de estar todo el día encerrada en casa estudiando no puede ser demasiado sano. Ya serían cerca de las ocho de la tarde cuando llegamos al súper con el carro de la compra, y nada más atravesar la puerta tuve esa extraña impresión de la que hablaba antes. Había algo extraño, algo que no encajaba.

Dejamos el carro atado con una de esas cadenitas que los dejan anclados a un poste y fue entonces cuando me di cuenta de la inmensa cantidad de gente que estaba esperando en las cajas para pagar. Todas esas personas también nos miraban a nosotras como si hubiéramos salido de un universo paralelo y lejano. «Pero…, ¿qué ocurre?», me iba preguntando yo. Hasta que me di cuenta de que la mayoría de la gente que esperaba para pagar eran hombres, algo extraño porque en eso de los súper suele haber más paridad.

3a8ff779dce7c6e361575bb5516ce0f8Casi todos debían de llevar poca compra, a juzgar por la velocidad con la que iban despachándolos: cuando nosotras hubimos recorrido todos los pasillos eligiendo aquello que necesitábamos y llegamos a las cajas, no había ni la mitad de la marabunta humana que esperaba al principio. Curiosamente, la zona de refrescos, cervezas y patatas fritas estaba arrasada.

Al salir a la calle, la sensación de que había una nota discordante a mi alrededor seguía conmigo. Parecía que la acera se había vaciado de peatones y apenas pasaban coches, a pesar de que hacía buen tiempo y no debía de ser muy tarde, las nueve menos cuarto tal vez. Las pocas personas que nos cruzábamos iban deprisa, como llegando tarde a algún lugar.

Mientras atravesábamos un parque que parecía sacado de una película de ciencia-ficción donde la humanidad hubiera desparecido y mi madre y yo fuésemos las únicas supervivientes, por fin me acordé: había partido. Jugaba el Atlético de Madrid contra el Real Madrid. Lo que llaman ‘un derby‘. Me fijé entonces en que ya solo quedaban mujeres por la calle, caminando con calma. Pasamos por un bar que tenía una gran cristalera haciendo esquina entre dos calles y miré dentro: se veía una pequeña multitud arremolinada en torno a un televisor de plasma que contemplaba como hipnotizados.

Luego, al subir a casa, pensé que si algún equipo marcaba un gol o si había alguna jugada peligrosa, los gritos de celebración o temor llegarían hasta mi ventana. Y fuera quien fuese el vencedor, la noche prometía ser ruidosa.

Sin embargo, a las doce de la noche había tanta calma, tanto silencio, que tuve que mirar el resultado: empate a cero. «Curiosa manera de distraer a las multitudes», pensé. Por si acaso alguien recordaba qué otra cosa se podía celebrar un 14 de abril en Madrid, si no era un partido de fútbol.

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