Una sonrisa

6 de octubre de 2015 § 2 comentarios


Fui a desayunar a un bar de viejo en la plaza de Lavapiés.

converted_llegada_solitaria_de_inmigrante_full_jpg_515x515_detail_q85Estoy haciendo una investigación detallada acerca de los mejores desayunos de pan con tomate de Madrid, empezando por mi barrio. En España, a diferencia de México, todo bar es un lugar de desayuno. Me gustan, especialmente, los que ponen simplemente “Bar” en la entrada, a sabiendas de que no hace falta mayor explicación. Cuando entré, el olor a pan y churros aceitosos era inconfundible, y el suelo estaba tapizado de palillos de dientes y servilletas de las que no limpian ni secan. No encontré taburetes para sentarme en la barra, pero el bar era grande y estaba lleno de mesas vacías. Me gustó una en especial muy poco práctica y muy poco comercial: un madero grande y oscuro con dos bancas donde cabrían, por lo menos, diez personas. Recordé que en esa misma banca me había despedido de España hacía ya tres años y medio en compañía de un par de amigas y unas cervezas nocturnas un día antes de partir rumbo a la ciudad de México. En cuanto me dieron mi tostada (de pan rústico, por cierto), me dirigí allí y acompañé mi desayuno con un sudoku de mi móvil, a falta del clásico periódico que los bares españoles suelen (¿o solían?) tener sobre sus barras.

De repente, noté que alguien llegaba y rompía el individualismo-tecnológico de mi desayuno con un sereno y humano “buenos días”, para sentarse frente a mí con la misma tranquilidad con la que uno se sienta en la mesa de su casa. Me quedé estupefacta (y dejé de pensar en los números de mi juego) al comprobar que, efectivamente, aquel hombre había elegido una mesa ¿incómodamente ocupada por una desconocida? en lugar de una ¿cómodamente adaptada a la soledad de cada cual? Contesté otro “buenos días” sin levantar la vista de mi móvil y permanecí expectante.

He estado pensando (y hablando con otros nuevoindianos) acerca de la distancia que en España ponemos con los desconocidos. Pareciera que aquí lo cívico es lo impersonal: no me mires, no me roces, no me sonrías y, si puedes, háblame lo mínimo posible. Pareciera que esta terrible norma sólo es legítimamente quebrantable en el contexto de lo comercial. Y que sólo allí, lo cool es que me mires, me roces, me sonrías y me hables haciendo como si nos conociéramos de toda la vida. Pero, en aquel momento, pensé que quizá me estaba equivocando, que estaba siendo muy dura con mi propio país, que aquí de vez en cuando también se hablan y se miran los desconocidos, que la suerte me estaba dando una lección en aquel preciso momento y que España aún no era la expresión de tan terrible soledad. Pero, cuando esta pequeña esperanza se abría, llegó a sentarse junto a nosotros un tercero, que al parecer acompañaba al segundo y, sin levantar los ojos de mi soduku, escuché su acento venezolano. Claro, me dije, no podía ser de otra manera: ¿qué español se sentaría en una mesa ocupada -sin querer ligar, ni robar, ni estar loco- teniendo treinta mesas vacías a su alrededor?

Su acento estaba ya muy suavizado (¿o endurecido?) y su léxico era completamente madrileño. Sin embargo, aquel gesto tranquilo y común era en él todavía algo tranquilo y común. Quizá por medir cuánto se había españolizado ya, o europeizado, o individualizado, decidí pronunciar un común y tranquilo “buen provecho” al levantarme de la mesa y las “gracias” de ambos fueron instantáneas y de ningún modo extrañadas o excesivamente agradecidas. Crucé la vista con el primero de ellos, al que hasta entonces no había mirado a la cara, y ambos nos sonreímos sin ningún por qué, como se sonríen los mexicanos desconocidos cuando cruzan la vista. Este gesto (difícil de encontrar entre mis paisanos cuando no están entretejidos en algún tipo de interés) es la expresión que sale del rostro de los que, al mirarse, aún diferencian una farola de un humano, y materializan este re-conocimiento mutuo con esta expresión del alma.

Esa sonrisa “me hizo el día”, como dicen en mi otra patria, y esto seguro podrían entenderlo los otros emigrantes de la nueva indianidad.

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§ 2 respuestas a Una sonrisa

  • ¡Me encanta! Buena investigación, lo del pan con tomate. Pocos desayunos mejor que ese…
    Y en cuanto al individualismo del que hablas… pues sí, es la triste realidad. A mí no me saludan ni mis vecinos (bueno, algunos sí, pero cada vez menos).
    Estaría bien recuperar esas viejas -y sanas- costumbres que parece que los inmigrantes del otro lado del charco aún se niegan a perder. ¿Qué tal si, como Mafalda, vamos por ahí desentonando con nuestras sonrisas?

    • Macu Gavilán dice:

      ¡No estaría nada mal desentonar como Mafalda! Hay mucho que aprender de estos emigrantes y hay que darse prisa, antes de que ellos desaprendan sus buenas costumbres y se adapten demasiado a las del “cada palo que aguante su vela” de este lado… Un abrazo, Alejandro.

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