La vieja soledad de Lavapiés

17 de noviembre de 2015 § Deja un comentario


No sé qué me pasó. Estaba comiendo en un restaurante barato del barrio donde vivo. Cocido. Vino malo con casera. Tortilla con pimientos.

12185441_10153676362293564_1222780571330186040_oContemplaba la luz de la tarde que atravesaba la calle que desembocaba justo en la mesa que elegí. Pensaba si merecía la pena o no sacar el móvil, hacer una foto, ponerle un filtro, etiquetar Madrid. “No. La luz no es tan amarillenta, ni las sombras pronunciadas, ni los balcones se perfilan. No hay objeto al que mirar”, pensé. Yo contemplaba la luz de todas formas y veía bajar el sol, llegar el frío, a solas con aquel paisaje nada espectacular y extraordinariamente íntimo. Mientras, los amenazantes pimientos verdes empapados en aceite indigesto me contemplan a mí. “¿Me atreveré a comerlos?”

Un hilo de voz frágil descendió por la cera donde alargábamos la tarde los pimientos y yo. Terraza en cuesta. ¿Será un mendigo, una mendiga, un loco, un desahuciado, un drogadicto? Retrasé todo lo que pude el momento de levantar la vista. Esperaba que, de un segundo a otro, aquel murmullo se impusiera con el poder de un soberano sobre mi frágil conciencia y guiara los dedos de mi mano sin permiso de mi mente hasta el fondo de mi bolso donde alcanzaría unas monedas. Así apresuraría el final de aquella escena: pagando por el silencio de la víctima.

Sin embargo no fue tal. Aquel susurro no iba dirigido a nadie, sino que estaba fraguado en soledad y destinado al vacío. Después de él, una mano de anciana se aferró a una de las sillas de mi mesa. Se adelantó un bastón del otro lado y un cuerpo curvo hacia adelante anclado en ambos, entre medias. Una chaqueta verde, una nariz al suelo y una cara de dolor sin más. “Aquel cuerpo tiene miedo de caer”. Avanzaba tan lento que, por cada metro, los fuertes negros de Lavapiés lanzaban diez largos pasos cuesta arriba. “Cuando ella muera, nosotros aún estaremos aquí, como si nada, y nunca la habremos conocido ni nombrado”.

“Me ahoga cada uno de sus pasos. Ya no quiero mis pimientos. ¿Qué hago?” Se paró y giró su cuerpo hacia la calle. “¿Quiere cruzar? ¿Por qué habla sola?” Mastiqué mis sentimientos. Acaricié mi nudo en la retina y me olvidé de su figura unos segundos mirando a la calle atardecida. Cuando volví a ella, la vi cruzar del brazo de una mujer. “Va bien vestida (me consuelo). No hace mucho de su última peluquería. Sus zapatos no están rotos. Lleva medias finas sin carreras. No tiene frío. ¿Y sus hijos? ¿Dónde están?” Los juzgo terriblemente, con la claridad de un dios, con saña e ironía. “Que no se caiga, pido al aire. Que no se caiga sola en su piso sin ascensor al que no llama nadie. ¿La asistencia social es como llamo yo al progreso? Sí, me digo, así lo llamas. Lo llamas “asistente”, lo llamas “enfermera”, lo llamas “pensión”, lo llamas “soledad”. ¿Es que nunca llegará a la esquina?”
Por fin la tapó una enorme camioneta. “¿Así estás mejor? ¿Sin verla?” Pensé en el absurdo de tener una ideología para mejorar el mundo cuando ni siquiera tengo una ideología para mejorar la vida de esta vieja.

Volví a mirar tranquila la luz de la tarde. Se me había quitado el hambre, pero no la sed. Terminé el vino malo con casera y me quitaron los pimientos. Pedí un café. Un café con leche ardiendo. Recorrí mis pensamientos para dotar de algún sentido a aquél murmullo que se me había quedado dentro. Me olvidé de ella. Se enfrió el café y lo bebí de un trago. Me dirigí a la biblioteca que estaba a la vuelta de la esquina y, justo al doblar la calle, una chica joven caminaba del brazo de la vieja. Ella le estaba explicando a gritos que está sorda, que le tiraron del bolso y se ha roto la cadera, que en casa todo se lo hace ella, y que le duele mucho. Trae una herida abierta en la nariz. Y está contenta.

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