Del dengue al son

30 de junio de 2016 § Deja un comentario


San Cristóbal de las Casas, abril de 2016 - Macu Gavilán

San Cristóbal de las Casas, abril de 2016 – Macu Gavilán

Como buena turista alternativa que era yo, cuando llegué a México por primera vez, me fui a Chiapas, donde un mosquito se vengó de mis (supuestos) antepasados conquistadores contagiándome el dengue. Yo pensaba que ya habíamos quedado en paz con la infección estomacal que sufrí fruto de unos tacos, y con el enchilamiento que se alargó más de una hora después de probar por primera vez la salsa verde, o con el mosquito oaxaqueño que introdujo en mi dedo del pié una larva que luego se convirtió en gusano y recorrió mi extremidad durante varios meses. Pero no, la deuda no quedó saldada hasta que el dengue me tumbó en cama más de una semana con una fiebre de cuarenta.

Supe que me había contagiado durante mi viaje a Palenque, donde un doctor me revisó las anginas con una linterna gigante de acampada y, ante la ausencia de toda infección y la alta temperatura, me dijo que me había picado un mosquito “primo de la malaria”, pero que, si no sangraba, no tenía que preocuparme: ¿sangraba? (…) Mis cuarenta grados no me permitieron asustarme, y me tomé a ciegas la penicilina antes de trasladar mi cuerpo sudoroso hasta el hotel. Allí pasé unos días debajo del aire acondicionado evitando salir a la calle, donde hacía más de 35 grados y una humedad considerable. Cuando pude transportar mi cuerpo alucinado a San Cristóbal de las Casas, lo hice en un autobús y, atravesando la selva, creí estar viajando por La Mancha. Como si fuera un Quijote, llevé al trópico el paisaje de mi tierra, tan llana y tapizada de cereal, tan amarilla y castaña, pintada de verde sucio de encinar, y de polvo de brezo.

En San Cristóbal no hice otra cosa que dormir en un hostal con gallinas y paredes de colores. De la hamaca a la ducha, de la ducha a la hamaca… y así, hasta que pude salir a ver la ciudad. Allí la luz es siempre estridente, es una luz de veinticuatro de enero, un sol picudo y unas sombras cerradas dentro de las cuales casi nada puede verse. La distancia entre los indígenas y los turistas es más insalvable que nunca, a pesar de (o por causa de) haberse disfrazado de amor platónico. Un güero veinteañero en medio del mercado de artesanías saca su cámara a escondidas y apunta, con ansiedad y con culpa a una mujer tzeltal, mientras ella, acostumbrada y harta, se cubre el rostro con un precioso rebozo de colores: esta es la imagen viva de la incomunicación entre personas.

En el mercado, algunos turistas fingen manejar bien “el asunto” regateando unos miserables pesos a quienes son mucho más pobres que ellos. Las calles se visten de ocio desde la mañana a la noche, y los forasteros deambulan corredor arriba y corredor abajo, sentándose aquí y allá en las terrazas con las piernas cruzadas extendidas, con sus pantalones cortos, con sus camisas ligeras. Durante la noche, por fin, la gente más dispar se reúne en la oscuridad de algunos bares.

Fue en el bar Revolución donde escuché por primera vez el son jarocho. Y esa música, ¿de dónde sale? ¿de qué parte de México? ¿de dónde, esas letras? ¿Cómo se llaman esas guitarras? ¿Quiénes sois vosotros? Y me enamoré (como tantos otros turistas alternativos) del son jarocho que, a día de hoy, me sigue pareciendo el género musical más bello de México. Pero además de un género, es un fenómeno social porque, fijaos: en el grupo de cuatro personas que ocupaban aquel escenario, tan sólo uno de ellos era mexicano. Los demás eran (si no recuerdo mal) de Italia, de Argentina y de Francia ¡De Francia! Pero si algo sabe hacer la música es diluir las diferencias y juntar alrededor de sí las personas más lejanas. Aquella noche decidí que yo tenía que volver a México, que esto no se podía quedar ahí, que yo quería vivir en un país en el que ese son fuera un son cotidiano, y no la música elctroacústica que me araña los oídos cuando salgo a hacer vida social por mi querida Madrid. Me gustaba la madera, el falsete, el leve desafine de los cantores, las letras sencillas y profundas, es decir, tradicionales, de temas cotidianos como el amor y la comida, además de la fiesta o la venganza. Y decidí hacer mi tesis sobre el son jarocho para, así, tenerlo bien cerca durante muchos años. Pero… ¿qué hace un músico estudiando bibliográficamente el son en vez de aprender a tocarlo? No. Mejor me hago con una de esas jaranas y me junto como sólo el son sabe juntar a la gente, en los parques, donde unos días mejor y otros peor, hay una línea constante y caótica a la que llamamos “taller” que me dejará aprender algunos acordes. Y que se me instale el son en el corazón para que luego me salga en forma de canciones, o de poemas, de de dibujos o, mejor, que lo recuerde cuando vaya caminando por cualquier parte del mundo, y se convierta en mi nítida banda sonora. Quién sabe si después de tantas lecturas como una tesis doctoral requiere, podría yo si quiera empuñar un jarana sin temblar, o permitirme un falsete, o improvisar unos versos y jugar.

Y en fin… todo esto os escribo para presentaros una canción que se llama El Coco, de Mono Blanco, que podéis escuchar aquí.

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