La muerte nos convierte en cosas

6 de agosto de 2016 § Deja un comentario


En La muerte del padre, Karl Ove Knausgård nos pasea con una radical intimidad por entre su presente y sus recuerdos.

Macu Gavilán - 10 de Julio de 2016, Madrid

Macu Gavilán – 10 de Julio de 2016, Madrid

Esta novela es un paseo por los alrededores de la muerte. En términos generales, os recomiendo que la leáis, aunque he de confesar que ha habido momentos muy aburridos en los que los ojos me pesaban al pasar, como si tuvieran grilletes, por encima de las líneas que hablan de la adolescencia.

Es un maestro del ambiente en los momentos descriptivos. Yo siento que he estado allí con él, en su oficina, mirando por la ventana, fumando su cigarro a salvo del frío de la calle, del ajetreo de los viandantes, con el sonido de la cucharilla acompañándonos a él, a su ordenador y a mí, su lectora e íntimo testigo.

El autor logra que te sientas confidente de su interior secreto. Te da la sensación de que eres un espía privilegiado de su mundo, de que a nadie más le contaría lo que a ti te está contando. Transforma lo cotidiano en algo poético sin caer ni regodearse en exceso en la vulgaridad de los detalles más banales, pero sin evitar tampoco hablar de ellos. Asistes a una parte de su complejidad cambiante y líquida, contradictoria, objetiva. Te lleva y te trae a su presente y a sus recuerdos con la enorme facilidad del que discurre sobre su propia mente.

La traducción me gusta, es natural y delicada, en pocos momentos se siente el lenguaje violentado por el pudor de no transgredir el sentido original del autor, cosa muy frecuente. Te pones en las manos de un castellano sereno y confiado.

Pero el tema fundamental del libro es la forma en que la muerte hace de nuestro cuerpo, de una forma más evidente e ineludible que nunca, que éste es en una cosa entre las cosas, en una forma más entre las formas.

En el instante en que la vida abandona el cuerpo, el cuerpo pertenece a lo muerto. Las lámparas, las maletas, las alfombras, las manillas de las puertas, las ventanas. Los campos labrados, los pantanos, los arroyos, las nubes, el cielo. Nada de todo esto nos es desconocido. Estamos constantemente rodeados de objetos y fenómenos del mundo muerto. Y, sin embargo, hay pocas cosas que desagraden más que ver a un ser humano capturado en ese mundo muerto, al menos a juzgar por los esfuerzos que hacemos por mantener los cuerpos muertos fuera de nuestra vista (p. 10)

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