Canto en la naturaleza

6 de febrero de 2017 § Deja un comentario


15085694_10154548498758564_5366889692329026517_nLas sombras de las ramas acarician
mis brazos, que dan suelo a su danza;
el viento viene a verme y se revuelve
entre mi piel y mi casa.

Los pájaros desconocen mi nombre
pero no el amor que aguarda en mi garganta;
el musgo del repecho de la roca
corresponde a mi alma.

El duelo de mis dedos temerosos
olvida su zozobra cuando besa el agua;
los charquitos, las hormigas y las piedras
me consuelan, me callan.

Soy oidor de todos sus pensamientos
de la poesía de sus quejas cotidianas;
voy y vuelvo de la montaña al pueblo,
ligera, con las campanas.

Entorno los ojos para distinguir del cielo
cómo, allá arriba, me saluda una planta;
yo la amo y me convierto en su siervo
sin preguntarle nada.

El camino de tierra es un milagro,
me tiendo sobre él como en un lecho;
y escucho su voz ronca preguntando
por mis sueños.

Me desperezo como un animal, sin prisa
estiro mi vista hasta la última loma;
pongo mi oído sobre la tierra encendida
y escucho el idioma

de los mamíferos tendidos a la sombra
que con tanta dulzura se acicalan;
me guardo en sus pellicas y su lengua
me amamanta.

No tengo miedo ya, no espero nada.
Mi cuerpo, joven aún, es libre
de sí mismo y de aquello que ama.

No padezco hambre ni frío,
y me entrego al sueño confiadamente
esperando seguir aquí mañana.

Gavilán y yo

9 de diciembre de 2014 § Deja un comentario


gavilánCuando galopábamos Gavilán y yo en invierno, a él se le caían los mocos por el frío y a mí también. Ambos éramos cachorros, yo de seis y él de cinco. Habíamos descubierto juntos el gusto que da ir contra el viento bajo el sol de enero, y correr y correr en todas direcciones hasta llenar de calor cada uno su cuerpo, y saciar con el espacio nuestras ganas de jugar. A los dos se nos enredaba el pelo. Él nunca tuvo trenzas ni yo coletas que duraran más de cuatro metros. Quizá por eso nos entendíamos tan bien, aunque otras veces no nos hacíamos caso y él era mucho más serio. Me abrazaba a su pecho porque aún no alcanzaba a darle un beso en la frente y él hacía como si se comiera con los labios mi pelo amarillento: -Es porque parece paja -le decía yo a mi padre-. ¿Dónde irá cuando se muera? -Le preguntaba. Y él me contaba que hay un cielo de caballos que es una llanura infinita donde galopan en libertad para siempre y comen toda la hierba que quieren. Gavilán galopaba como si no pisara la tierra y su trote era infantil y distraído. Yo lo imitaba a veces dando vueltas en el patio, pero no me salía bien su relincho. Le pregunté a mi padre quién se moriría primero, si Gavilán o yo: -Gavilán se morirá primero. Entonces le pregunté si no podría haber niños también en el cielo de caballos, para que cuando yo me muriera pudiéramos ser otra vez compañeros de juego.

Danza para Al-Násir

1 de enero de 2013 § Deja un comentario


1. La despedida

-Papi, ¿qué significa Al-Násir?
-El guerrero. El que combate.

Al-Násir era el nombre del único caballo que logró tirar a Luis de la montura. Lo amaba más que a ninguno, quizás porque fue el único al que no pudo domar. Era un caballo negro de crin abundante y salvaje. Tenía algo de toro de lidia cuando agachaba la316656_10150295502158564_331271548_n cabeza y levantaba el polvo con su respiración furiosa. Era su primer purasangre de raza árabe, con ojos color de vino y galope suspendido.

Todo en Al-Násir era una danza. Parecía un gitano a punto de salir a bailar. Se levantaba en la tierra desafiando el viento que revolvía su frente, y la batía contenido, oscuro como la noche. Se adivinaba en él cierta tristeza como sólo un animal puede tenerla: la tristeza de los campos.

Al-Násir era una noche sin luna, una mezcla de pasodoble y canto sefardí. Era una soledad inmensa, como la de un pájaro herido que canta por última vez en medio de la sierra. Por eso, Mari Cruz le hizo esta canción: Danza para Al-Násir.

Max Klinger - Huída

Max Klinger – Huída

Pero la belleza que le bullía dentro era tan cruda que lo arrastraba confundiéndolo como un huracán. Su rebeldía se convirtió en un verdugo y, cuando se vio encerrado, Al-Násir se destrozó las patas delanteras por un tic que adoptó dentro de la cuadra. Había algo en ese caballo que le recordaba a sí mismo, pero Luis tuvo que venderlo y nunca fue capaz de decirle adiós.

Ésa era la forma que tenía de no darse por vencido. Creía que al no decir adiós, quedaba siempre una puerta tensada hacia el pasado por la que volver. Por eso, tampoco él quería despedirse de la vida y durante sus tres años de cáncer, nunca me dijo que estaba enfermo.

-Papá estoy en Málaga, ¿quieres que vaya a verte?
-¡Sí! ¡Ven! ¡Ven a verme! Macu, estoy muy malito, pero no te asustes porque yo no me asusto.
(Y no noté tus lágrimas)

Josep Cusachs i Cusachs - Caballo

Josep Cusachs i Cusachs – Caballo

Pero sólo en las novelas coinciden los finales con las despedidas. En la realidad, la muerte siempre deja “a medias” a la vida, segándola mientras uno piensa en otras cosas.

Al día siguiente, una mañana llena de sol del diecisiete de febrero del año dos mil cinco, Luis murió, o mejor dicho, se fue a las estrellas. Y como la ausencia ilumina lo perdido, ahora emprendo el camino de conocer lo que se fue, para darle un sentido a su historia interrumpida. Por eso hoy, día veinte de febrero del año dos mil ocho, tres años después de su muerte, me siento en mi escritorio para contaros la historia de su vida.

Primer capítulo de la novela Danza para Al-Násir.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con Animales en El arte es un juguete.

A %d blogueros les gusta esto: