Crónica de un vendedor de agua

7 de marzo de 2017 § Deja un comentario


El precio de la vida comunitaria

Muchos emigrantes sentimentales huimos de nuestros países porque cada vez se parecen más a esos cementerios militares estadounidenses: alineados, racionalizados, funcionales, anónimos, estructurados, supervisados, seguros y ahorradores. En ellos, como en la vida, el hecho de que cada elemento tenga un sentido (económico) ha provocado que su conjunto carezca de sentido (existencial), y no sabemos encontrar la salida a esta cárcel paradójica.

Quizá por eso, muchos emigrantes sentimentales nos enamoramos perdidamente de los países latinoamericanos, donde lo imprevisible es el pan de cada día, y la monotonía, un lejano cuento de hadas.

A veces desarrollamos una afección exageradamente benévola por cualquier cosa extraña que encontremos y nos convertimos en auténticos pánfilos, en el sentido más literal de la palabra: «amantes de todo». Seguir leyendo… 

Viaje a México (con Google Maps)

12 de julio de 2016 § Deja un comentario


Dibujo de Macu Gavilán

Dibujo de Macu Gavilán

Hoy lunes día 11 de pleno mes de julio —como dicen esos escritos dirigidos a Facebook en defensa de los derechos del usuario—, en Madrid, y con 36 grados de calor y una brisa de fuego que no te acaricia, sino que te derrite, y te devuelve al polvo castellano del que fuiste formado (ahora lo sabes más que nunca), daría lo que fuera por estar en mi querido México esperando la lluvia de la tarde y el granizo gigante de mi ciudad en sequía, cuyas calles se transforman por las noches en ríos que desaparecen por las mañanas como si ese suelo jamás hubiese conocido el agua.
Confieso que me meto, a escondidas, en Google Maps y pongo “Ciudad de México” después de “Coyoacán”. Arrastro con mi poderoso ratón al hombrecito amarillo de Street View y lo deposito cuidadosamente sobre Miguel Ángel de Quevedo. Por pura melancolía, lo pongo a caminar rumbo a Pacífico (dejando el metro a sus espaldas) y lo hago pasar al lado de la Mega Comercial. Jamás volveré a comprar comida allí: me tocó un filete verde-morado que me cambiaron sin problema por otro igual de verde-morado, pero éste ya no lo descambié. Así que ni hablar de entrar ahí. Ignoro, como siempre, la tienda de manualidades a la que nunca entré (creo que porque no está a pie de calle) y me detengo en la tienda de fotos que tiene unos carteles demasiado profesionales como para estar siempre tan vacía. Nunca he entendido qué venden en esa tienda. No pienso aminorar el paso ante esa librería sospechosa de no sé en realidad que está como una sombra siniestra fingiendo ser una librería normal en la siguiente esquina. Así que mejor cruzo la calle en dirección a los Coyotes. Quiero llegar hasta mi antigua casa que está del otro lado, pero también oler la carne al pastor y la tortilla caliente. Antes, paso por el lugarcito donde venden carísimo el kilo de café molido chiapaneco; por el Seven donde compraba Tortillinas de 12 unidades y cajetillas de Camel de 14 (lo que constituía mi cena durante el otoño de 2012); por la farmacia donde además de genéricos baratos, venden peluches, Coca Cola y paletas de chocolate marca Holanda (‘Frigo’ en España); por la tienda de cremas para pieles caras donde alguna vez, confieso, compré; por Starbucks que me acogió varias tardes de lluvia y tesis en sus cómodos sillones por el módico precio de un solo café del día y uso ilimitado de internet. Y por fin llego a los Coyotes, donde siempre hay gente. En mi primer viaje a México (2008) dos amigas me llevaron allí y me retaron a mezclar en un solo taco las tres salsas que había: ¿Hay que ponerle de todas ellas? ¡Sí! ¡Ponle de todas! Algún día me lo pagarán: me pasé toda la noche sufriendo por la enchilada que me llevé por novata y por valiente (o eso me dije yo). Desde allí se ve a lo lejos El Jarocho que es ‘la puerta’ y la señal de mi antigua calle empedrada, que brillaba tan bonito con la lluvia. En ese jarocho con piso de concreto, vecino de la tortillería, que tiene una bollería un poco seca pero socorrida, con sus banquillos metálicos pintados de verde oscuro, me tomé muchos chocolates de tarde, después de una cineteca, y también cafés para llevar, quemados pero potentes a las siete de la mañana, cuando salía rumbo a la biblioteca. Me imagino que voy a visitar a una querida amiga y pongo rumbo a su casa. Cruzo Miguel Ángel de Quevedo hasta el otro lado de Coyoacán, y sigo derecho. Sé que para verla no hace falta tanta vaina de llamarla con una semana de antelación, preguntarle sus horarios, sus ocupaciones, sus ritmos de ocio, y ver si después de todo lo que en realidad no es importante puede disfrutar de la amistad (como tan doloridamente ‘ocurrimos’ en Madrid). En mi México querido siempre es una buena hora para verse, acompañarse, platicar. Temo que, después de estos meses que llevo en España, haya desaparecido el mítico maniquí que siempre veo cuando hago ese recorrido. Giro a la izquierda y me asomo a buscar la casa blanca impecable pero en ruinas de cuya alta ventana de un piso ficticio salen dos piernas rígidas y blancas de mujer. Y sí, allí están. México sigue siendo México, y Coyoacán, Coyoacán.

La luna de Madrid

7 de marzo de 2016 § Deja un comentario


El emigrante

Miro la luna desde mi balcón en Madrid. Una calle en paz cualquiera, de adoquines grises y cuadrados, con un bar de viejo por esquina, y con panaderías. Aquí los coches fluyen en orden (¿como me gusta?). El cielo es de color azul intenso (casi no se nota el smog) y mi acento está por todas partes. «Joder, es la verdad, hostia, mi tierra, España, nuestra sangre para siempre».

Ciudad de México

Ciudad de México

Cuando estuve lejos, torpemente pensé que no te pertenecía, y pasé mucho tiempo con la raíz al aire, sonrojada y tímida, temblorosa y huérfana sin ti. Y ahora que te tengo, España, entre mis dedos, y ahora que abro de nuevo mis alas adolescentes, y juego con tus límites sin miedo, te saco la lengua y, si quiero, te maldigo con todo el derecho que me otorga este suelo que es mío, la tierra que conozco y me conoce, el sol que me sabe de memoria, la historia de mi infancia que sigue repitiéndose a unas cuantas horas en coche desde aquí… Y ahora que te tengo, España, miro la luna que antes miraba desde México, la misma luna, y yo mirándola tan lejos.

Le puse música a mis pasos por las banquetas reventadas de raíces. Presté mi voz a las alfombras de flores malva que tapizaban el asfalto gris de marzo. Le puse oído, cada tarde-noche, al silbido del tamal y del camote, a las obleas mezcladas con motores y maíz. Dejé trozos de mí repartidos en las casas de grandes amores. Me quedé dormida bajo el cielo del Ajusco y desperté temblando allí. Dejé sembrados ramilletes de mi pelo por las calles que quise hacer mías una y otra vez diciéndome «Así son las matrículas de los coches de mi país. Ése es el color de las fachadas de mis calles. Ésta es mi cafetería. Éstos son mis árboles. Éste es mi desayuno, mi acento, mi son, mi olor (¿mi raíz?). Mientras, una voz por dentro me decía con terrible sentido común «tú sabes que no es así». Y metí en mis maletas todo lo necesario: mi corazón y mis zapatos. Pero ni mis zapatos ni mi corazón han llegado enteros hasta aquí y, ahora que miro la luna de Madrid, ella, que aún no se ha asomado a México, me dice: «Dejaste sembrados tus miembros por allí».

 

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