No me quiero acordar

15 de noviembre de 2017 § 2 comentarios


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Cuernavaca, 2017 – Foto de Macu Gavilán

No me quiero acordar de México porque tengo mis rutinas ciclistas, mi tarjeta de BiciMad con cuyas bicis motorizadas me muevo sin imprevistos por la ciudad. No me quiero acordar de México porque voy a la biblioteca del Reina Sofía en un horario regular, y allí miro las convocatorias del siguiente paso que voy a dar; porque planeo los días, y los planes suelen cumplirse porque no hay forma de improvisar: casi no hay imprevistos, casi no hay sorpresas. Y la vida, ¿dónde está? Por eso no me quiero acordar. No me quiero acordar de lo grande que es el mundo en México, de que allí el mundo es un universo, de que pasan cosas por todas partes, a todas horas. Ni quiero pensar en los tacos parados de Baja California, ni en las banquetas de Coyoacán reventadas por la fuerza de los árboles. No me quiero acordar de cómo llamaba a la puerta de la casa de mis amigos sin avisar y siempre tenían una tarde para regalarme. No me quiero acordar de cómo yo también regalaba mis tardes. No me quiero acordar de lo feliz que fui yendo a Garibaldi en un vocho-taxi verde y blanco pirata sin asiento de copiloto: ocho en un coche parchado de mil coches. No me quiero acordar de cuando compré un Chevy de quinta mano chocado sólo Dios sabe cuántas veces, ni de cómo dije “ni modo” y me fui con él a la selva. Y de cómo todo salió bien, como suele pasar. No me quiero acordar de la felicidad de sentir que mi historia empezaba de cero, desde donde yo quisiera, sin pasado. No me quiero acordar de los amigos-muégano acompañándome al dentista, de mi primer amor gatuno, Roberta, del coche azul que me llevaba a la Cineteca dos veces por semana. Y ya no hablo de chilaquiles, ni del chile de árbol, ni de mis sincronizadas de media mañana, ni del chocolate del Jarocho. No me quiero acordar de los cigarros sueltos, ni de los taxistas a los que YO ALBUREO (que conste). No me quiero acordar del brillo de las piedras de las calles de Coyoacán, de lo bien que reflejan la luz de la farolas cuando están mojadas por las lluvias de julio. Sí, lluvias, en julio: no me quiero acordar. No me quiero acordar de Cicalco, Torres Adalid, Omega, y hasta ocho calles en las que viví hasta llegar a la Casa Morada, donde me despedí de México. No puedo creer que ese mundo tan mío siga viviendo y cambiando tan lejos de mí. Hasta los atascos los recuerdo divertidos, imagínense si echo de menos a ese DeFectuoso perfecto. No me quiero acordar porque, si me acuerdo, regreso.

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Crónica de un vendedor de agua

7 de marzo de 2017 § Deja un comentario


El precio de la vida comunitaria

Muchos emigrantes sentimentales huimos de nuestros países porque cada vez se parecen más a esos cementerios militares estadounidenses: alineados, racionalizados, funcionales, anónimos, estructurados, supervisados, seguros y ahorradores. En ellos, como en la vida, el hecho de que cada elemento tenga un sentido (económico) ha provocado que su conjunto carezca de sentido (existencial), y no sabemos encontrar la salida a esta cárcel paradójica.

Quizá por eso, muchos emigrantes sentimentales nos enamoramos perdidamente de los países latinoamericanos, donde lo imprevisible es el pan de cada día, y la monotonía, un lejano cuento de hadas.

A veces desarrollamos una afección exageradamente benévola por cualquier cosa extraña que encontremos y nos convertimos en auténticos pánfilos, en el sentido más literal de la palabra: «amantes de todo». Seguir leyendo… 

Viaje a México (con Google Maps)

12 de julio de 2016 § Deja un comentario


Dibujo de Macu Gavilán

Dibujo de Macu Gavilán

Hoy lunes día 11 de pleno mes de julio —como dicen esos escritos dirigidos a Facebook en defensa de los derechos del usuario—, en Madrid, y con 36 grados de calor y una brisa de fuego que no te acaricia, sino que te derrite, y te devuelve al polvo castellano del que fuiste formado (ahora lo sabes más que nunca), daría lo que fuera por estar en mi querido México esperando la lluvia de la tarde y el granizo gigante de mi ciudad en sequía, cuyas calles se transforman por las noches en ríos que desaparecen por las mañanas como si ese suelo jamás hubiese conocido el agua.
Confieso que me meto, a escondidas, en Google Maps y pongo “Ciudad de México” después de “Coyoacán”. Arrastro con mi poderoso ratón al hombrecito amarillo de Street View y lo deposito cuidadosamente sobre Miguel Ángel de Quevedo. Por pura melancolía, lo pongo a caminar rumbo a Pacífico (dejando el metro a sus espaldas) y lo hago pasar al lado de la Mega Comercial. Jamás volveré a comprar comida allí: me tocó un filete verde-morado que me cambiaron sin problema por otro igual de verde-morado, pero éste ya no lo descambié. Así que ni hablar de entrar ahí. Ignoro, como siempre, la tienda de manualidades a la que nunca entré (creo que porque no está a pie de calle) y me detengo en la tienda de fotos que tiene unos carteles demasiado profesionales como para estar siempre tan vacía. Nunca he entendido qué venden en esa tienda. No pienso aminorar el paso ante esa librería sospechosa de no sé en realidad que está como una sombra siniestra fingiendo ser una librería normal en la siguiente esquina. Así que mejor cruzo la calle en dirección a los Coyotes. Quiero llegar hasta mi antigua casa que está del otro lado, pero también oler la carne al pastor y la tortilla caliente. Antes, paso por el lugarcito donde venden carísimo el kilo de café molido chiapaneco; por el Seven donde compraba Tortillinas de 12 unidades y cajetillas de Camel de 14 (lo que constituía mi cena durante el otoño de 2012); por la farmacia donde además de genéricos baratos, venden peluches, Coca Cola y paletas de chocolate marca Holanda (‘Frigo’ en España); por la tienda de cremas para pieles caras donde alguna vez, confieso, compré; por Starbucks que me acogió varias tardes de lluvia y tesis en sus cómodos sillones por el módico precio de un solo café del día y uso ilimitado de internet. Y por fin llego a los Coyotes, donde siempre hay gente. En mi primer viaje a México (2008) dos amigas me llevaron allí y me retaron a mezclar en un solo taco las tres salsas que había: ¿Hay que ponerle de todas ellas? ¡Sí! ¡Ponle de todas! Algún día me lo pagarán: me pasé toda la noche sufriendo por la enchilada que me llevé por novata y por valiente (o eso me dije yo). Desde allí se ve a lo lejos El Jarocho que es ‘la puerta’ y la señal de mi antigua calle empedrada, que brillaba tan bonito con la lluvia. En ese jarocho con piso de concreto, vecino de la tortillería, que tiene una bollería un poco seca pero socorrida, con sus banquillos metálicos pintados de verde oscuro, me tomé muchos chocolates de tarde, después de una cineteca, y también cafés para llevar, quemados pero potentes a las siete de la mañana, cuando salía rumbo a la biblioteca. Me imagino que voy a visitar a una querida amiga y pongo rumbo a su casa. Cruzo Miguel Ángel de Quevedo hasta el otro lado de Coyoacán, y sigo derecho. Sé que para verla no hace falta tanta vaina de llamarla con una semana de antelación, preguntarle sus horarios, sus ocupaciones, sus ritmos de ocio, y ver si después de todo lo que en realidad no es importante puede disfrutar de la amistad (como tan doloridamente ‘ocurrimos’ en Madrid). En mi México querido siempre es una buena hora para verse, acompañarse, platicar. Temo que, después de estos meses que llevo en España, haya desaparecido el mítico maniquí que siempre veo cuando hago ese recorrido. Giro a la izquierda y me asomo a buscar la casa blanca impecable pero en ruinas de cuya alta ventana de un piso ficticio salen dos piernas rígidas y blancas de mujer. Y sí, allí están. México sigue siendo México, y Coyoacán, Coyoacán.

¿Dónde estoy?

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