Poema sin título

3 de septiembre de 2016 § Deja un comentario


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Snowzilla – Tormenta de nieve – Chinatown

Una nevada. Contra una nevada guerrean los hombres:
no dejarán que ese blanco tesoro caído del cielo
les estropee los planes y tuerza sus predicciones.
Llevan ya tiempo siguiendo la flota de nubes cargadas
con su liviana amenaza en sus pantallitas brillantes,
vaticinando el día y la hora en que caiga la blanda
carga como una bomba sobre sus sagrados quehaceres.
Por sobre el globo revuela un enjambre de moscas curiosas,
como al redor de un mojón, registrando qué pasa en el suelo,
qué en el cielo, abierto abanico de ojos en vela.
    Nieva: las quitanieves ya asoman de sus madrigueras,
corren por los caminitos de pez esparciendo sus sales,
pan que alimenta la fe de que hoy hay mañana seguro,
migas que harán derretir la bendita blancura, blancura
que hubo podido acallar por un día la marabunta
de escarabajos rodantes, hacer descansar por un día
tanta pantalla locuaz, regalar un día vacío
de vaciedad escolar al futuro rey del Mañana,
para jugar con un juguete que él no ha pedido.
No: eso no puede ser, eso no es lo que exige el Progreso:
es menester que se cumpla el Gran Plan, el programa de siempre;
todo ha de ser como debe de ser. Y por eso trabajan
héroes que hacen que sea lo que era incierto que fuese,
para que vengan más héroes detrás degollando la duda,
hasta que de ella no quede ni rastro en la faz de la tierra.
    Nieva, y los hombres tiritan; mas ya no tiritan de frío.

Emigrantes sentimentales o la vocación de ser extraño

23 de agosto de 2016 § Deja un comentario


Los emigrantes sentimentales existen. Es cierto que su causa no resulta heroica como la de otros emigrantes.

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 – Macu Gavilán

Puede ser cool, pero no épica, o al menos no suele ir acompañada de grandes dramas dignos de contarse con fondo de violines y trompetas.

Nada tienen que ver con los emigrantes económicos, mártires de nuestro siglo, que atraviesan alambradas de espinos y desafían a los mares con lanchas de juguete. Ellos huyen de la sequía y la hambruna que amenazan con quedarse mucho tiempo royendo sus casas y agrietando sus talones desnudos en la arena, entrando en sus maizales en forma de plagas o huracanes, aplastando sus cultivos de caña, acabando con sus muros de adobe y con sus techos de palma.

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Viaje a México (con Google Maps)

12 de julio de 2016 § Deja un comentario


Dibujo de Macu Gavilán

Dibujo de Macu Gavilán

Hoy lunes día 11 de pleno mes de julio —como dicen esos escritos dirigidos a Facebook en defensa de los derechos del usuario—, en Madrid, y con 36 grados de calor y una brisa de fuego que no te acaricia, sino que te derrite, y te devuelve al polvo castellano del que fuiste formado (ahora lo sabes más que nunca), daría lo que fuera por estar en mi querido México esperando la lluvia de la tarde y el granizo gigante de mi ciudad en sequía, cuyas calles se transforman por las noches en ríos que desaparecen por las mañanas como si ese suelo jamás hubiese conocido el agua.
Confieso que me meto, a escondidas, en Google Maps y pongo “Ciudad de México” después de “Coyoacán”. Arrastro con mi poderoso ratón al hombrecito amarillo de Street View y lo deposito cuidadosamente sobre Miguel Ángel de Quevedo. Por pura melancolía, lo pongo a caminar rumbo a Pacífico (dejando el metro a sus espaldas) y lo hago pasar al lado de la Mega Comercial. Jamás volveré a comprar comida allí: me tocó un filete verde-morado que me cambiaron sin problema por otro igual de verde-morado, pero éste ya no lo descambié. Así que ni hablar de entrar ahí. Ignoro, como siempre, la tienda de manualidades a la que nunca entré (creo que porque no está a pie de calle) y me detengo en la tienda de fotos que tiene unos carteles demasiado profesionales como para estar siempre tan vacía. Nunca he entendido qué venden en esa tienda. No pienso aminorar el paso ante esa librería sospechosa de no sé en realidad que está como una sombra siniestra fingiendo ser una librería normal en la siguiente esquina. Así que mejor cruzo la calle en dirección a los Coyotes. Quiero llegar hasta mi antigua casa que está del otro lado, pero también oler la carne al pastor y la tortilla caliente. Antes, paso por el lugarcito donde venden carísimo el kilo de café molido chiapaneco; por el Seven donde compraba Tortillinas de 12 unidades y cajetillas de Camel de 14 (lo que constituía mi cena durante el otoño de 2012); por la farmacia donde además de genéricos baratos, venden peluches, Coca Cola y paletas de chocolate marca Holanda (‘Frigo’ en España); por la tienda de cremas para pieles caras donde alguna vez, confieso, compré; por Starbucks que me acogió varias tardes de lluvia y tesis en sus cómodos sillones por el módico precio de un solo café del día y uso ilimitado de internet. Y por fin llego a los Coyotes, donde siempre hay gente. En mi primer viaje a México (2008) dos amigas me llevaron allí y me retaron a mezclar en un solo taco las tres salsas que había: ¿Hay que ponerle de todas ellas? ¡Sí! ¡Ponle de todas! Algún día me lo pagarán: me pasé toda la noche sufriendo por la enchilada que me llevé por novata y por valiente (o eso me dije yo). Desde allí se ve a lo lejos El Jarocho que es ‘la puerta’ y la señal de mi antigua calle empedrada, que brillaba tan bonito con la lluvia. En ese jarocho con piso de concreto, vecino de la tortillería, que tiene una bollería un poco seca pero socorrida, con sus banquillos metálicos pintados de verde oscuro, me tomé muchos chocolates de tarde, después de una cineteca, y también cafés para llevar, quemados pero potentes a las siete de la mañana, cuando salía rumbo a la biblioteca. Me imagino que voy a visitar a una querida amiga y pongo rumbo a su casa. Cruzo Miguel Ángel de Quevedo hasta el otro lado de Coyoacán, y sigo derecho. Sé que para verla no hace falta tanta vaina de llamarla con una semana de antelación, preguntarle sus horarios, sus ocupaciones, sus ritmos de ocio, y ver si después de todo lo que en realidad no es importante puede disfrutar de la amistad (como tan doloridamente ‘ocurrimos’ en Madrid). En mi México querido siempre es una buena hora para verse, acompañarse, platicar. Temo que, después de estos meses que llevo en España, haya desaparecido el mítico maniquí que siempre veo cuando hago ese recorrido. Giro a la izquierda y me asomo a buscar la casa blanca impecable pero en ruinas de cuya alta ventana de un piso ficticio salen dos piernas rígidas y blancas de mujer. Y sí, allí están. México sigue siendo México, y Coyoacán, Coyoacán.

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