Emigrantes sentimentales o la vocación de ser extraño

23 de agosto de 2016 § Deja un comentario


Los emigrantes sentimentales existen. Es cierto que su causa no resulta heroica como la de otros emigrantes.

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 – Macu Gavilán

Puede ser cool, pero no épica, o al menos no suele ir acompañada de grandes dramas dignos de contarse con fondo de violines y trompetas.

Nada tienen que ver con los emigrantes económicos, mártires de nuestro siglo, que atraviesan alambradas de espinos y desafían a los mares con lanchas de juguete. Ellos huyen de la sequía y la hambruna que amenazan con quedarse mucho tiempo royendo sus casas y agrietando sus talones desnudos en la arena, entrando en sus maizales en forma de plagas o huracanes, aplastando sus cultivos de caña, acabando con sus muros de adobe y con sus techos de palma.

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Viaje a México (con Google Maps)

12 de julio de 2016 § Deja un comentario


Dibujo de Macu Gavilán

Dibujo de Macu Gavilán

Hoy lunes día 11 de pleno mes de julio —como dicen esos escritos dirigidos a Facebook en defensa de los derechos del usuario—, en Madrid, y con 36 grados de calor y una brisa de fuego que no te acaricia, sino que te derrite, y te devuelve al polvo castellano del que fuiste formado (ahora lo sabes más que nunca), daría lo que fuera por estar en mi querido México esperando la lluvia de la tarde y el granizo gigante de mi ciudad en sequía, cuyas calles se transforman por las noches en ríos que desaparecen por las mañanas como si ese suelo jamás hubiese conocido el agua.
Confieso que me meto, a escondidas, en Google Maps y pongo “Ciudad de México” después de “Coyoacán”. Arrastro con mi poderoso ratón al hombrecito amarillo de Street View y lo deposito cuidadosamente sobre Miguel Ángel de Quevedo. Por pura melancolía, lo pongo a caminar rumbo a Pacífico (dejando el metro a sus espaldas) y lo hago pasar al lado de la Mega Comercial. Jamás volveré a comprar comida allí: me tocó un filete verde-morado que me cambiaron sin problema por otro igual de verde-morado, pero éste ya no lo descambié. Así que ni hablar de entrar ahí. Ignoro, como siempre, la tienda de manualidades a la que nunca entré (creo que porque no está a pie de calle) y me detengo en la tienda de fotos que tiene unos carteles demasiado profesionales como para estar siempre tan vacía. Nunca he entendido qué venden en esa tienda. No pienso aminorar el paso ante esa librería sospechosa de no sé en realidad que está como una sombra siniestra fingiendo ser una librería normal en la siguiente esquina. Así que mejor cruzo la calle en dirección a los Coyotes. Quiero llegar hasta mi antigua casa que está del otro lado, pero también oler la carne al pastor y la tortilla caliente. Antes, paso por el lugarcito donde venden carísimo el kilo de café molido chiapaneco; por el Seven donde compraba Tortillinas de 12 unidades y cajetillas de Camel de 14 (lo que constituía mi cena durante el otoño de 2012); por la farmacia donde además de genéricos baratos, venden peluches, Coca Cola y paletas de chocolate marca Holanda (‘Frigo’ en España); por la tienda de cremas para pieles caras donde alguna vez, confieso, compré; por Starbucks que me acogió varias tardes de lluvia y tesis en sus cómodos sillones por el módico precio de un solo café del día y uso ilimitado de internet. Y por fin llego a los Coyotes, donde siempre hay gente. En mi primer viaje a México (2008) dos amigas me llevaron allí y me retaron a mezclar en un solo taco las tres salsas que había: ¿Hay que ponerle de todas ellas? ¡Sí! ¡Ponle de todas! Algún día me lo pagarán: me pasé toda la noche sufriendo por la enchilada que me llevé por novata y por valiente (o eso me dije yo). Desde allí se ve a lo lejos El Jarocho que es ‘la puerta’ y la señal de mi antigua calle empedrada, que brillaba tan bonito con la lluvia. En ese jarocho con piso de concreto, vecino de la tortillería, que tiene una bollería un poco seca pero socorrida, con sus banquillos metálicos pintados de verde oscuro, me tomé muchos chocolates de tarde, después de una cineteca, y también cafés para llevar, quemados pero potentes a las siete de la mañana, cuando salía rumbo a la biblioteca. Me imagino que voy a visitar a una querida amiga y pongo rumbo a su casa. Cruzo Miguel Ángel de Quevedo hasta el otro lado de Coyoacán, y sigo derecho. Sé que para verla no hace falta tanta vaina de llamarla con una semana de antelación, preguntarle sus horarios, sus ocupaciones, sus ritmos de ocio, y ver si después de todo lo que en realidad no es importante puede disfrutar de la amistad (como tan doloridamente ‘ocurrimos’ en Madrid). En mi México querido siempre es una buena hora para verse, acompañarse, platicar. Temo que, después de estos meses que llevo en España, haya desaparecido el mítico maniquí que siempre veo cuando hago ese recorrido. Giro a la izquierda y me asomo a buscar la casa blanca impecable pero en ruinas de cuya alta ventana de un piso ficticio salen dos piernas rígidas y blancas de mujer. Y sí, allí están. México sigue siendo México, y Coyoacán, Coyoacán.

Del dengue al son

30 de junio de 2016 § Deja un comentario


San Cristóbal de las Casas, abril de 2016 - Macu Gavilán

San Cristóbal de las Casas, abril de 2016 – Macu Gavilán

Como buena turista alternativa que era yo, cuando llegué a México por primera vez, me fui a Chiapas, donde un mosquito se vengó de mis (supuestos) antepasados conquistadores contagiándome el dengue. Yo pensaba que ya habíamos quedado en paz con la infección estomacal que sufrí fruto de unos tacos, y con el enchilamiento que se alargó más de una hora después de probar por primera vez la salsa verde, o con el mosquito oaxaqueño que introdujo en mi dedo del pié una larva que luego se convirtió en gusano y recorrió mi extremidad durante varios meses. Pero no, la deuda no quedó saldada hasta que el dengue me tumbó en cama más de una semana con una fiebre de cuarenta.

Supe que me había contagiado durante mi viaje a Palenque, donde un doctor me revisó las anginas con una linterna gigante de acampada y, ante la ausencia de toda infección y la alta temperatura, me dijo que me había picado un mosquito “primo de la malaria”, pero que, si no sangraba, no tenía que preocuparme: ¿sangraba? (…) Mis cuarenta grados no me permitieron asustarme, y me tomé a ciegas la penicilina antes de trasladar mi cuerpo sudoroso hasta el hotel. Allí pasé unos días debajo del aire acondicionado evitando salir a la calle, donde hacía más de 35 grados y una humedad considerable. Cuando pude transportar mi cuerpo alucinado a San Cristóbal de las Casas, lo hice en un autobús y, atravesando la selva, creí estar viajando por La Mancha. Como si fuera un Quijote, llevé al trópico el paisaje de mi tierra, tan llana y tapizada de cereal, tan amarilla y castaña, pintada de verde sucio de encinar, y de polvo de brezo.

En San Cristóbal no hice otra cosa que dormir en un hostal con gallinas y paredes de colores. De la hamaca a la ducha, de la ducha a la hamaca… y así, hasta que pude salir a ver la ciudad. Allí la luz es siempre estridente, es una luz de veinticuatro de enero, un sol picudo y unas sombras cerradas dentro de las cuales casi nada puede verse. La distancia entre los indígenas y los turistas es más insalvable que nunca, a pesar de (o por causa de) haberse disfrazado de amor platónico. Un güero veinteañero en medio del mercado de artesanías saca su cámara a escondidas y apunta, con ansiedad y con culpa a una mujer tzeltal, mientras ella, acostumbrada y harta, se cubre el rostro con un precioso rebozo de colores: esta es la imagen viva de la incomunicación entre personas.

En el mercado, algunos turistas fingen manejar bien “el asunto” regateando unos miserables pesos a quienes son mucho más pobres que ellos. Las calles se visten de ocio desde la mañana a la noche, y los forasteros deambulan corredor arriba y corredor abajo, sentándose aquí y allá en las terrazas con las piernas cruzadas extendidas, con sus pantalones cortos, con sus camisas ligeras. Durante la noche, por fin, la gente más dispar se reúne en la oscuridad de algunos bares.

Fue en el bar Revolución donde escuché por primera vez el son jarocho. Y esa música, ¿de dónde sale? ¿de qué parte de México? ¿de dónde, esas letras? ¿Cómo se llaman esas guitarras? ¿Quiénes sois vosotros? Y me enamoré (como tantos otros turistas alternativos) del son jarocho que, a día de hoy, me sigue pareciendo el género musical más bello de México. Pero además de un género, es un fenómeno social porque, fijaos: en el grupo de cuatro personas que ocupaban aquel escenario, tan sólo uno de ellos era mexicano. Los demás eran (si no recuerdo mal) de Italia, de Argentina y de Francia ¡De Francia! Pero si algo sabe hacer la música es diluir las diferencias y juntar alrededor de sí las personas más lejanas. Aquella noche decidí que yo tenía que volver a México, que esto no se podía quedar ahí, que yo quería vivir en un país en el que ese son fuera un son cotidiano, y no la música elctroacústica que me araña los oídos cuando salgo a hacer vida social por mi querida Madrid. Me gustaba la madera, el falsete, el leve desafine de los cantores, las letras sencillas y profundas, es decir, tradicionales, de temas cotidianos como el amor y la comida, además de la fiesta o la venganza. Y decidí hacer mi tesis sobre el son jarocho para, así, tenerlo bien cerca durante muchos años. Pero… ¿qué hace un músico estudiando bibliográficamente el son en vez de aprender a tocarlo? No. Mejor me hago con una de esas jaranas y me junto como sólo el son sabe juntar a la gente, en los parques, donde unos días mejor y otros peor, hay una línea constante y caótica a la que llamamos “taller” que me dejará aprender algunos acordes. Y que se me instale el son en el corazón para que luego me salga en forma de canciones, o de poemas, de de dibujos o, mejor, que lo recuerde cuando vaya caminando por cualquier parte del mundo, y se convierta en mi nítida banda sonora. Quién sabe si después de tantas lecturas como una tesis doctoral requiere, podría yo si quiera empuñar un jarana sin temblar, o permitirme un falsete, o improvisar unos versos y jugar.

Y en fin… todo esto os escribo para presentaros una canción que se llama El Coco, de Mono Blanco, que podéis escuchar aquí.

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