Corazón roto

4 de diciembre de 2016 § Deja un comentario


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Acuarela y tinta – Octubre 2014

Hasta siempre, amor

17 de julio de 2016 § Deja un comentario


Ciudad de México - Abril 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México – Abril 2016 – Macu Gavilán

Fabio era una flaca sombra con sombrero blanco que un día salió por la puerta de la casa y volvió para quedarse convertido en nombre en la boca de mi abuela. La dejó sola con seis boquitas pedigüeñas y tuvo que trabajar limpiando suelos, y soportar que alguna que otra patrona la acusara de ladrona, con lo buena cristiana que ella era. Fabio la dejó por «otra que le hacía mejores cosquillas que yo» habiendo sido él el hombre que le dio la Iglesia. Intentó volver dos veces, una con unas flores y otra con el labio partido y cara de pena. Pero dos veces se encontró la puerta del adiós: «y no me arrepiento, por más que se me alargue el desamor hasta la muerte».

«Fabio», pronunciado así, de un golpe, era el sonido que le llenaba el vaso de whisky y los ojos de agua cuando ella se encerraba en su cuarto a llorar: Hasta siempre amor, corazón como el mío, que compartió su hastío, no encontrarás. Ese tango era el único sonido que salía por debajo de la puerta porque la abuela no quería que los niños la viéramos llorar. Algunos de mis tíos eran de mi edad y siempre nos quedábamos como mochuelos perplejos esperando que el pomo cediera de nuevo a la normalidad.

Pero a decir verdad, yo de Fabio no me acuerdo. Al único que yo llamé ‘abuelo’ fue a Don Librado, El Viejito. Había sido novio de la hermana gemela de mi abuela y, a los dos meses de que ella lo dejara, se vino a vivir a casa y compartió el lecho de amor con su «Rosalbita de mi vida». Pero un domingo, una vieja que era la prensa rosa de Pereira le vino a decir a mi abuela que dicen que dizque ya van varios que dicen que ven “al Viejito” saliendo de la casa de una muchacha que vive en tal calle de tal pueblo al ladito de la iglesia. Y según le cierra la puerta a la prensa rosa de Pereira, viene Doña Rosalba corriendo a la cocina y se guarda un cuchillo entre las tetas: «Viejo cabrón, te vas a enterar».

Cuando llegó al pueblo, se esperó escondida detrás de un buseto mirando por el cristal de la ventanilla la puerta inmóvil de la casa donde le habían dicho que ella vivía, una puerta muda que la separaba de un dolor posible, todavía imaginado, que guardaba una tragedia que todavía podía no pasar. Pero la puerta se abrió y apareció El Viejito besuqueándose con aquella mujer. Mi abuela se derrumbó a llorar hacia delante olvidándose del cuchillo que traía entre las tetas y cuando notó su punzada se acordó de Fabio, otro cabrón igual, y el coraje le cortó la niñería. Empuñó el cuchillo y se fue hasta ellos, pero cuando los tuvo delante lo dejó caer y se soltó a llorar.

El Viejito le pidió perdón muchas veces, pero «si no perdoné al hombre que me dio la Iglesia, a ti menos te voy a perdonar». No lo echó de casa pero sí de su cama, y lo puso a dormir en un cuartito que quedaba libre al otro lado del patio. El Viejito le traía flores, le pedía perdón, le prometía lealtad. Yo lo veía angustiado y le acariciaba su bigote recortado cuando se sentaba a tomarse su café sobre el tronco cortado de la cocina.

A los veinte días de que pasara aquello se le pinchó una rueda del buseto que él manejaba y bajó con su gato a arreglarla en medio de un secarral. Allí mismo se le paró el corazón y se derrumbó en segundos su cuerpo endurecido. Mi abuela decía siempre que fue por su culpa que le pasó aquello al Viejito y que más hubiera merecido él su perdón que el malnacido de Fabio que, cuando se iba a tirar un pedo, se ponía en el trasero la mano de alguno de sus hijos. Y sin embargo hoy, que ella ya va perdiendo la razón, cada vez que ve llegar a algún varón de su familia, siempre dice la misma frase, «Fabio, mi amor».

La luna de Madrid

7 de marzo de 2016 § Deja un comentario


El emigrante

Miro la luna desde mi balcón en Madrid. Una calle en paz cualquiera, de adoquines grises y cuadrados, con un bar de viejo por esquina, y con panaderías. Aquí los coches fluyen en orden (¿como me gusta?). El cielo es de color azul intenso (casi no se nota el smog) y mi acento está por todas partes. «Joder, es la verdad, hostia, mi tierra, España, nuestra sangre para siempre».

Ciudad de México

Ciudad de México

Cuando estuve lejos, torpemente pensé que no te pertenecía, y pasé mucho tiempo con la raíz al aire, sonrojada y tímida, temblorosa y huérfana sin ti. Y ahora que te tengo, España, entre mis dedos, y ahora que abro de nuevo mis alas adolescentes, y juego con tus límites sin miedo, te saco la lengua y, si quiero, te maldigo con todo el derecho que me otorga este suelo que es mío, la tierra que conozco y me conoce, el sol que me sabe de memoria, la historia de mi infancia que sigue repitiéndose a unas cuantas horas en coche desde aquí… Y ahora que te tengo, España, miro la luna que antes miraba desde México, la misma luna, y yo mirándola tan lejos.

Le puse música a mis pasos por las banquetas reventadas de raíces. Presté mi voz a las alfombras de flores malva que tapizaban el asfalto gris de marzo. Le puse oído, cada tarde-noche, al silbido del tamal y del camote, a las obleas mezcladas con motores y maíz. Dejé trozos de mí repartidos en las casas de grandes amores. Me quedé dormida bajo el cielo del Ajusco y desperté temblando allí. Dejé sembrados ramilletes de mi pelo por las calles que quise hacer mías una y otra vez diciéndome «Así son las matrículas de los coches de mi país. Ése es el color de las fachadas de mis calles. Ésta es mi cafetería. Éstos son mis árboles. Éste es mi desayuno, mi acento, mi son, mi olor (¿mi raíz?). Mientras, una voz por dentro me decía con terrible sentido común «tú sabes que no es así». Y metí en mis maletas todo lo necesario: mi corazón y mis zapatos. Pero ni mis zapatos ni mi corazón han llegado enteros hasta aquí y, ahora que miro la luna de Madrid, ella, que aún no se ha asomado a México, me dice: «Dejaste sembrados tus miembros por allí».

 

¿Dónde estoy?

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