Emigrantes sentimentales o la vocación de ser extraño

23 de agosto de 2016 § Deja un comentario


Los emigrantes sentimentales existen. Es cierto que su causa no resulta heroica como la de otros emigrantes.

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 – Macu Gavilán

Puede ser cool, pero no épica, o al menos no suele ir acompañada de grandes dramas dignos de contarse con fondo de violines y trompetas.

Nada tienen que ver con los emigrantes económicos, mártires de nuestro siglo, que atraviesan alambradas de espinos y desafían a los mares con lanchas de juguete. Ellos huyen de la sequía y la hambruna que amenazan con quedarse mucho tiempo royendo sus casas y agrietando sus talones desnudos en la arena, entrando en sus maizales en forma de plagas o huracanes, aplastando sus cultivos de caña, acabando con sus muros de adobe y con sus techos de palma.

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La luna de Madrid

7 de marzo de 2016 § Deja un comentario


El emigrante

Miro la luna desde mi balcón en Madrid. Una calle en paz cualquiera, de adoquines grises y cuadrados, con un bar de viejo por esquina, y con panaderías. Aquí los coches fluyen en orden (¿como me gusta?). El cielo es de color azul intenso (casi no se nota el smog) y mi acento está por todas partes. «Joder, es la verdad, hostia, mi tierra, España, nuestra sangre para siempre».

Ciudad de México

Ciudad de México

Cuando estuve lejos, torpemente pensé que no te pertenecía, y pasé mucho tiempo con la raíz al aire, sonrojada y tímida, temblorosa y huérfana sin ti. Y ahora que te tengo, España, entre mis dedos, y ahora que abro de nuevo mis alas adolescentes, y juego con tus límites sin miedo, te saco la lengua y, si quiero, te maldigo con todo el derecho que me otorga este suelo que es mío, la tierra que conozco y me conoce, el sol que me sabe de memoria, la historia de mi infancia que sigue repitiéndose a unas cuantas horas en coche desde aquí… Y ahora que te tengo, España, miro la luna que antes miraba desde México, la misma luna, y yo mirándola tan lejos.

Le puse música a mis pasos por las banquetas reventadas de raíces. Presté mi voz a las alfombras de flores malva que tapizaban el asfalto gris de marzo. Le puse oído, cada tarde-noche, al silbido del tamal y del camote, a las obleas mezcladas con motores y maíz. Dejé trozos de mí repartidos en las casas de grandes amores. Me quedé dormida bajo el cielo del Ajusco y desperté temblando allí. Dejé sembrados ramilletes de mi pelo por las calles que quise hacer mías una y otra vez diciéndome «Así son las matrículas de los coches de mi país. Ése es el color de las fachadas de mis calles. Ésta es mi cafetería. Éstos son mis árboles. Éste es mi desayuno, mi acento, mi son, mi olor (¿mi raíz?). Mientras, una voz por dentro me decía con terrible sentido común «tú sabes que no es así». Y metí en mis maletas todo lo necesario: mi corazón y mis zapatos. Pero ni mis zapatos ni mi corazón han llegado enteros hasta aquí y, ahora que miro la luna de Madrid, ella, que aún no se ha asomado a México, me dice: «Dejaste sembrados tus miembros por allí».

 

La vieja soledad de Lavapiés

17 de noviembre de 2015 § Deja un comentario


No sé qué me pasó. Estaba comiendo en un restaurante barato del barrio donde vivo. Cocido. Vino malo con casera. Tortilla con pimientos.

12185441_10153676362293564_1222780571330186040_oContemplaba la luz de la tarde que atravesaba la calle que desembocaba justo en la mesa que elegí. Pensaba si merecía la pena o no sacar el móvil, hacer una foto, ponerle un filtro, etiquetar Madrid. “No. La luz no es tan amarillenta, ni las sombras pronunciadas, ni los balcones se perfilan. No hay objeto al que mirar”, pensé. Yo contemplaba la luz de todas formas y veía bajar el sol, llegar el frío, a solas con aquel paisaje nada espectacular y extraordinariamente íntimo. Mientras, los amenazantes pimientos verdes empapados en aceite indigesto me contemplan a mí. “¿Me atreveré a comerlos?”

Un hilo de voz frágil descendió por la cera donde alargábamos la tarde los pimientos y yo. Terraza en cuesta. ¿Será un mendigo, una mendiga, un loco, un desahuciado, un drogadicto? Retrasé todo lo que pude el momento de levantar la vista. Esperaba que, de un segundo a otro, aquel murmullo se impusiera con el poder de un soberano sobre mi frágil conciencia y guiara los dedos de mi mano sin permiso de mi mente hasta el fondo de mi bolso donde alcanzaría unas monedas. Así apresuraría el final de aquella escena: pagando por el silencio de la víctima.

Sin embargo no fue tal. Aquel susurro no iba dirigido a nadie, sino que estaba fraguado en soledad y destinado al vacío. Después de él, una mano de anciana se aferró a una de las sillas de mi mesa. Se adelantó un bastón del otro lado y un cuerpo curvo hacia adelante anclado en ambos, entre medias. Una chaqueta verde, una nariz al suelo y una cara de dolor sin más. “Aquel cuerpo tiene miedo de caer”. Avanzaba tan lento que, por cada metro, los fuertes negros de Lavapiés lanzaban diez largos pasos cuesta arriba. “Cuando ella muera, nosotros aún estaremos aquí, como si nada, y nunca la habremos conocido ni nombrado”.

“Me ahoga cada uno de sus pasos. Ya no quiero mis pimientos. ¿Qué hago?” Se paró y giró su cuerpo hacia la calle. “¿Quiere cruzar? ¿Por qué habla sola?” Mastiqué mis sentimientos. Acaricié mi nudo en la retina y me olvidé de su figura unos segundos mirando a la calle atardecida. Cuando volví a ella, la vi cruzar del brazo de una mujer. “Va bien vestida (me consuelo). No hace mucho de su última peluquería. Sus zapatos no están rotos. Lleva medias finas sin carreras. No tiene frío. ¿Y sus hijos? ¿Dónde están?” Los juzgo terriblemente, con la claridad de un dios, con saña e ironía. “Que no se caiga, pido al aire. Que no se caiga sola en su piso sin ascensor al que no llama nadie. ¿La asistencia social es como llamo yo al progreso? Sí, me digo, así lo llamas. Lo llamas “asistente”, lo llamas “enfermera”, lo llamas “pensión”, lo llamas “soledad”. ¿Es que nunca llegará a la esquina?”
Por fin la tapó una enorme camioneta. “¿Así estás mejor? ¿Sin verla?” Pensé en el absurdo de tener una ideología para mejorar el mundo cuando ni siquiera tengo una ideología para mejorar la vida de esta vieja.

Volví a mirar tranquila la luz de la tarde. Se me había quitado el hambre, pero no la sed. Terminé el vino malo con casera y me quitaron los pimientos. Pedí un café. Un café con leche ardiendo. Recorrí mis pensamientos para dotar de algún sentido a aquél murmullo que se me había quedado dentro. Me olvidé de ella. Se enfrió el café y lo bebí de un trago. Me dirigí a la biblioteca que estaba a la vuelta de la esquina y, justo al doblar la calle, una chica joven caminaba del brazo de la vieja. Ella le estaba explicando a gritos que está sorda, que le tiraron del bolso y se ha roto la cadera, que en casa todo se lo hace ella, y que le duele mucho. Trae una herida abierta en la nariz. Y está contenta.

¿Dónde estoy?

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