Patologías bibliográficas

25 de julio de 2013 § Deja un comentario


Si un dedo apunta al cielo, el crítico de arte mira el dedo

Anticrítica de arte

Ya no recibirás de segunda o de tercera mano las cosas,
ni mirarás por los ojos de los muertos,
ni te alimentarás de los espectros de los libros,
tampoco mirarás por mis ojos, ni aceptarás lo que te digo,
oirás lo que te llega de todos lados y lo tamizarás.
W. Whitman

Tomada de la película "Amelie" de Jean-Pierre Jeunet

Tomada de la película “Amelie” de Jean-Pierre Jeunet

Referencitis artística es el nombre que los expertos han dado a esta extraña enfermedad hallada en el 90% de los críticos de arte. La infección, aseguran, apenas está estudiada porque, como son los mismos académicos los que la provocan, no siempre son capaces de reconocerla.

Su nombre quiere decir, literalmente, «inflamación de las referencias», aunque en las redes sociales ya se está hablando de «inflación de las referencias» como una definición más adecuada a este problema.

Tomada de la película "Amelie" de Jean-Pierre Jeunet

Tomada de la película “Amelie” de Jean-Pierre Jeunet

Según las últimas investigaciones, la epidemia de referencitis artística es de alcance internacional y se ha incrementado en los últimos veinte años. Se contagia en eventos académicos y mediante el contacto con algunos libros aunque todavía no se sabe muy bien de cuáles. Las autoridades recomiendan medidas preventivas como limitar la lectura de obras sobre arte a uno o dos libros por año o a ninguno si no se acude a eventos artísticos con asiduidad. « Leer el resto de esta entrada »

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El arte y la pasta de dientes: una relación de dependencia

25 de julio de 2012 § Deja un comentario


Piero Manzoni “Mierda de artista”

Anticrítica de arte

El arte es como las pastas dentífricas: vende más la que sobre un fondo plateado de estrellas dice ¡Nuevo!, que la que mejor limpia los dientes. En la escala de valores mercantiles, a aquélla siguen un montón de malas reproducciones y, en último lugar, con una apariencia sencilla, la única que fue hecha para cumplir su función, aunque, a veces, ésta ni siquiera se encuentre en los supermercados.

Para comprender las tendencias artísticas de la actualidad y las profundas razones que las mueven, sólo hay que darse una vuelta por el súper y cambiar los artículos que uno ve, con la imaginación, por piezas de arte contemporáneo: representarse que está en una exposición recién inaugurada con una copa en la mano suspendida, caminar despacio, fruncir un poco el ceño y poner la otra mano en la barbilla.

Si tú, lector, quisieras hacerte el pedante para camuflarte entre la pedantería de un escenario como éste, ¿dónde te pararías a decir algo así como “qué interesante” “nadie ha dicho esto antes” “es único” “irrepetible”? ¡Exacto! Justo enfrente de la pasta dentífrica de cuya boca perfectamente amputada salen miles de estrellas luminosas sobre un arcoíris reflectante.

Hoy en día, los criterios que definen qué es arte y qué no lo es, están basados en los mismos principios que los que definen si entra o no al mercado el más grosero de los artículos de consumo. Se trata de tres falacias muy simples: una, que la calidad tiene relación directa con el precio; dos, que todo cambio es una mejora; y tres, que la originalidad es un valor.

Falacia número uno. El precio marca la calidad. No es ningún secreto que los artistas siempre han estado a la sombra de los ricos, y esa dependencia ha implicado una relación de poder entre ambos en la que el artista siempre ha sido el subordinado: desde el talento de Goya desperdiciado en pintarles las caras a los feos de la familia del Emperador Charlie Five, hasta los actores anti-guerra de Irak como Bardem que no tardan en dejar sus ideales en España cuando suben al avión rumbo a Hollywood. Todos los artistas, antes o después, hemos sido putas con mayor o menor dignidad.

Pero el verdadero peligro para el arte no es que un ricachón pague a un genio para que pinte su mierda, sino que, a base de que muchos ricachones pidan a muchos genios que pinten muchas mierdas –y, si ya no quedan genios, contraten a farsantes-, la mierda empiece a ser considerada genial. Es entonces cuando a alguien se le ocurre que ésta debe exponerse en los museos y el pobre incauto que pensó que el arte consistía en expresar sus más hondos sentimientos no encuentra la forma de llenarse el estómago con su vocación y acaba dedicándose a limpiar los cristales del museo, por ejemplo.

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El contagioso

25 de marzo de 2012 § 3 comentarios


Marc Chagall "La danza"

Hay personas contagiosas, contagiantes
si están alegres, si están tristes,
todo se vuelve alegre, triste.

Su interior se siembra a cada palmo
sin poder retenerse, se desenvuelve solo
como bola de nieve por ladera.

Y hay quién se contagia fácilmente
cosa que nota casi siempre el contagioso.

Pero los hay también que no se dejan contagiar
y permanecen obtusos, inviolantes
ante cualquier derrame, tierras duras.
Llevan entre sus cejas escuadrones
para matar con matemática la duda.

Yo no digo que no me seduzca su pedrez
(porque amo hasta las patas del mosquito)
pero podrían hacer un leve esfuerzo
por beber de lo que ofrenda el cielo
abrir la boca y buscar el agua
apuntando con el cuello hacia las nubes.

Sólo digo eso,
que es mejor ser contagioso o contagiado
que andar empedrado, obtuso o inviolante.

¿Dónde estoy?

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