La luna de Madrid

7 de marzo de 2016 § Deja un comentario


El emigrante

Miro la luna desde mi balcón en Madrid. Una calle en paz cualquiera, de adoquines grises y cuadrados, con un bar de viejo por esquina, y con panaderías. Aquí los coches fluyen en orden (¿como me gusta?). El cielo es de color azul intenso (casi no se nota el smog) y mi acento está por todas partes. «Joder, es la verdad, hostia, mi tierra, España, nuestra sangre para siempre».

Ciudad de México

Ciudad de México

Cuando estuve lejos, torpemente pensé que no te pertenecía, y pasé mucho tiempo con la raíz al aire, sonrojada y tímida, temblorosa y huérfana sin ti. Y ahora que te tengo, España, entre mis dedos, y ahora que abro de nuevo mis alas adolescentes, y juego con tus límites sin miedo, te saco la lengua y, si quiero, te maldigo con todo el derecho que me otorga este suelo que es mío, la tierra que conozco y me conoce, el sol que me sabe de memoria, la historia de mi infancia que sigue repitiéndose a unas cuantas horas en coche desde aquí… Y ahora que te tengo, España, miro la luna que antes miraba desde México, la misma luna, y yo mirándola tan lejos.

Le puse música a mis pasos por las banquetas reventadas de raíces. Presté mi voz a las alfombras de flores malva que tapizaban el asfalto gris de marzo. Le puse oído, cada tarde-noche, al silbido del tamal y del camote, a las obleas mezcladas con motores y maíz. Dejé trozos de mí repartidos en las casas de grandes amores. Me quedé dormida bajo el cielo del Ajusco y desperté temblando allí. Dejé sembrados ramilletes de mi pelo por las calles que quise hacer mías una y otra vez diciéndome «Así son las matrículas de los coches de mi país. Ése es el color de las fachadas de mis calles. Ésta es mi cafetería. Éstos son mis árboles. Éste es mi desayuno, mi acento, mi son, mi olor (¿mi raíz?). Mientras, una voz por dentro me decía con terrible sentido común «tú sabes que no es así». Y metí en mis maletas todo lo necesario: mi corazón y mis zapatos. Pero ni mis zapatos ni mi corazón han llegado enteros hasta aquí y, ahora que miro la luna de Madrid, ella, que aún no se ha asomado a México, me dice: «Dejaste sembrados tus miembros por allí».

 

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La comunidad ultramoderna

10 de diciembre de 2013 § Deja un comentario


Publicado en Replicante Revista Cultural

Para responder a la pregunta “¿quiénes somos?” ha hecho falta responder primero a la pregunta “¿quién es el Otro?”, y la respuesta no sólo ha supuesto el comienzo de nuestra propia definición, sino también de nuestra hermandad como grupo.

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Oswaldo Guayasamín – El grito

En los tiempos del primer hombre sedentario, la comunidad —un grupo formado por más de una familia— fue provechosa en todos los sentidos. Las comunidades premodernas estaban unidas por un conjunto complejo de elementos compartidos —la lengua, las creencias, las tradiciones—, y siempre circunscritas a un territorio que fungía como “frontera”.

Con la circunvalación del globo, la noción de circunscripción a un territorio adquirió un significado planetario y poco a poco las comunidades se fueron incorporando a un nuevo orden político, económico y social globalizado.

Por otra parte, la racionalización de las estructuras sociales se produce al unísono de su economización y todo aquello que puede cuestionarse puede también medirse y, por tanto, comprarse. Las nuevas fronteras territoriales de los Estados ya no se fundamentan tanto en una cultura compartida como en un interés económico-político común, siempre enfrentado a otros en la lucha por dominar terceros pueblos a lo largo y ancho del planeta.

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La orfandad de México

31 de agosto de 2013 § Deja un comentario


La identidad mestiza

Publicado en Revista Replicante

“El problema de identidad en Hispanoamérica”, así se llamaba —lo recuerdo bien— una de las secciones del temario de la asignatura “Literatura hispanoamericana” que estudiábamos en la carrera de Filología hispánica en Madrid.

Denis Dubois - Corde au cou

Denis Dubois – Corde au cou

Los estudiantes de literatura de esos años memorizamos que en estas tierras lejanas, desde comienzos del siglo XIX, se hicieron grandes luchas por recuperar la independencia política pero también la independencia moral: su identidad, es decir, una respuesta clara a la pregunta “quiénes somos”.

Pero el mestizo, un colectivo relativamente reciente, a medio camino entre el indígena y el español, tenía no que “recuperar” su identidad, sino “crearla”.

En este proceso de “creación” se hicieron grandísimos esfuerzos culturales: himnos nacionales, ceremonias, banderas, cantos, ritos, leyendas acerca de las luchas y de los más valientes defensores de la libertad y mitos que legitimaran la existencia de los nuevos Estados.

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