24 de enero

5 de febrero de 2016 § 2 comentarios


10463910_10153744454258564_4818052540927509739_n-2Hoy es el cumple de Helia y hace ya 20 años que ella y yo nos conocimos. La primera vez que reparé en su existencia fue cuando la escuché reír en la clase de inglés de nuestro primer día de instituto, cuando ambas teníamos 12 años. La profe le preguntaba “Which is your favourite singer” y ella soltaba una escandalosa carcajada, después de contestar “My favourite singer is Michael Jackson”. Yo me reí de su risa que ocupaba toda la clase y, además, no provenía de ninguna cosa graciosa, que yo supiera. ¿Por qué se ríe escandalosamente con una risa que parece falsa de algo de lo que nadie más se ríe esta niña de la segunda fila que siempre hace los deberes? ¡Porque quiere! ¡Se ríe porque le da la gana! Porque su risa es su libertad. La profe me preguntó a mí que si la frase “I like Spice Girls” es correcta y yo le dije que no, porque a nadie le puede gustar esa bazofia. Y cuando me empecé a preocupar por mi rebelión adolescente, llegó a salvarme la risa de Helia desde fila de las niñas obedientes. Y su risa me decía: ¡ha sido genial! ¡no te preocupes! Y desde entonces me lo ha vuelto a decir así un millón de veces. Su risa me ha dicho que todo lo malo, pasa; me ha dicho que existen todos los pretextos que queramos para la felicidad; que para la desgracia, está la risa, y también para la soledad. Nunca se ha cansado de hacerme este gran regalo que es reír hasta agotarme “Helia, para, por favor, no puedo más”. Venga a reír en las salas del mal cine español que nos tragábamos a los catorce (“Nos van a echar”). Venga a reír en los eternos veranos paseando por las calles de Ciudad Real. Venga a reír en el botellón en el que no participábamos. Venga a reír con el estrés de la selectividad. Venga a reír en nuestro primer viaje a Madrid. Venga a reír en nuestro primer año de universidad. Venga a reír en nuestro piso de Cuatro Caminos. Venga a reírnos de nuestro aburrimiento, de nuestra indignación, de nuestra soledad. ¡Qué gran regalo, Helia, gracias! Feliz cumpleaños y que cumplas (pero despacio) muchos muchos más.

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La inmortalidad

25 de febrero de 2015 § 1 comentario


Durante muchos años creí que mi padre era inmortal: nunca se había hecho una herida, podía matar una serpiente con un palo, conducía durante horas con una sola mano y se curaba de cualquier enfermedad con una aspirina.

Wilma Hurskainen - Whiskers

Wilma Hurskainen – Whiskers

Su inmortalidad sólo se veía amenazada por el paso del tiempo. Por eso, su cumpleaños era un día muy difícil para mí: nunca entendí por qué debíamos celebrar que fuera un año más viejo. Para colmo, los que lo felicitaban le decían con aires de buenos samaritanos que cumpliera “muchos más”. ¿No podían desearle que se quedara para siempre con 43?

Yo sabía que ser mayor implicaba ser pesimista sobre las cosas del mundo, pero me irritaba ver el empeño que tenían los adultos en ser pesimistas también con los deseos.

Para retrasar la llegada de su vejez, yo me acercaba sigilosamente a su cabeza cuando dormía la siesta y le arrancaba alguna de sus canas. Sólo podía quitarle una cada vez porque, obviamente, el dolor lo despertaba. Y tenía que dejar pasar unos días entre cana y cana porque si no, me regañaba. Pero en pocos meses podría dejarle la cabeza completamente joven de nuevo y así, quizás, evitaría que alcanzara la edad de un abuelo.

Pero una noche helada de marzo comprendí que aquel hombre no era inmortal cuando lo vi llorar por la muerte de su yegua. Al comprobar que el cólico no tenía remedio, Luis, convertido en una sombra sin gesto, rellenó la jeringuilla con una dosis mortal. La acarició, le susurró algo que no pude escuchar y esperó a que se derrumbara como un piano sobre el impasible suelo. Se arrodilló junto a ella, aún caliente, y pasó la mano por su sudoroso pecho llorando como un niño. En ese momento, una bocanada de viento detuvo mi cuerpo y entendí que, si él también lloraba, sería inevitablemente víctima del tiempo.

La ley maga

11 de febrero de 2015 § Deja un comentario


“Macusita, La Alameda, España” eran las únicas palabras mecanografiadas en el reverso del sobre. Sin duda, yo era la única destinataria posible de esa carta. El remitente, sin embargo, no escribió su nombre, y únicamente tatuó el anverso con un escueto “Medio Oriente”. Yo conocía aquel lugar tan bien como cualquier niño conoce el bosque de Caperucita, pero no me esperaba tener noticias de esa parte del mundo hasta el próximo enero.

10850163_10153095277113564_1937873332060971029_nEl sobre estaba decorado con rayitas azules y rojas, signo inconfundible de la mensajería urgente que vuela en aviones especiales por asuntos de Estado. Seguramente, Melchor lo había escrito a toda prisa el día anterior con la máquina de escribir que debía llevar guardada en las alforjas de su camello.

El Rey de pelo como el mío me pedía una disculpa por no haberme podido traer el vestido verde de princesa que yo le había pedido el pasado enero (vestido que era, en realidad, el traje folclórico de las falleras valencianas). Pero lo más importante era, según me decía, que se había enterado de que un niño de mi clase me había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Esto le había preocupado tanto que había tenido insomnio durante tres noches y, por eso, no había podido esperar al próximo año para desmentírmelo.

Me habría gustado seguir creyendo en los Reyes Magos. Su existencia hacía del mundo un tablero de leyes absurdas pero nítidas: los regalos llegaban si te portabas bien y, si te portabas mal, sólo llegaba carbón dulce. Ante esta claridad ética, ¿quién habría podido tener dudas sobre las consecuencias del bien y del mal?

¿Dónde estoy?

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