La lujuria y el arte

20 de octubre de 2012 § Deja un comentario


Anticrítica de arte

La palabra «lujuria», en latín «luxŭrĭa», es un derivado de «lujo» que, a su vez, procede de la palabra latina luxus, -ū, y quiere decir «vida voluptuosa, exuberancia, exceso».

El arte es un lujo, eso lo sabemos todos: los que no podemos vivir de él porque no nos llena el estómago y los que no lo pueden disfrutar porque tienen que llenar primero su estómago. El arte es la actividad que se ubica en los excesos. Pero esto no es ninguna novedad, todo el mundo sabe que los teatros y la ópera crecieron a la par que la nueva clase social de la Edad Moderna, la burguesía, que creó eso que hoy llamamos “ocio” y ubicó dentro de él a las artes escénicas.

Pero el arte nace también como un exceso. El arte puede crecer allí donde hay hambre y sequía, crece milagrosamente, a veces incluso más voluptuoso por la escasez que lo circunda. Sólo el arte puede crecer en medio de la nada.

Oswaldo Guayasamín – La espera número 7

Les contaré la historia que me hizo comprender esto que les cuento. Conocí a una pintora que era un genio, de esos que existen lo digan o no los libros, se publiquen o no sus obras, ahí están, ellos lo saben y algunos –pocos- de los que los rodean también. Esta pintora estaba loca, y su historia coincidió en muchas cosas con la imagen romántica del artista cuya locura es fruto de su extrema sensibilidad, cuya creatividad paga con la demencia y cuyas alucinaciones son visiones certeras del mañana.

Yo no sé si es esto cierto o no, aunque prefiero pensar lo que todo el mundo, que hay un poco de talento y un poco de trabajo combinados en los manjares de la creación. Me gusta opinar así, con este lugar común, con la sabiduría de muchos de mis prójimos.

Pero en cualquier caso, si la conexión entre locura y arte no fuera sino un mito, este mito la llevó directa a la tragedia. Ella mimaba y alimentaba esa locura como mimaba y alimentaba su arte, con la idea de que su sufrimiento era el precio de crear como un dios. Eso hizo que si en algún momento estuvo a tiempo de atisbar el abismo al que se asomaba, y tuvo responsabilidad sobre su suerte, se lanzó porque creyó ser ése el precio de ser dueña de lo bello. Pero llegó un momento en que la locura pudo más, no sólo que su arte sino que su propio cuerpo y pasó de ser un “lujo” a convertirse en un desierto.

Unos pocos días antes de despedirse definitivamente de mí, me confesó: si es que éste es el precio de la creación, yo hubiera preferido tener cáncer. Creía que una mariposa podía arrastrar una piedra atada a su cuerpo y que todas las leyes del mundo podían revertirse si la magia existía. Pero la realidad era que su locura la llevó a ser el más frágil de los humanos sobre los que se elevaba. Demente, en la residencia donde murió rodeada de dementes, pedir un poco más de pan en el desayuno era la prueba más difícil de su vida, estaba sola, apartada por un abismo de “los demás” a los que siempre despreció, la “gente” entre la que nunca quiso ni pudo camuflarse.

¿Es mejor no ser un dios y vivir libre? ¿Es la locura el precio del arte y la estupidez el precio de la libertad? ¿Qué es la libertad si se es estúpido? ¿Qué es el arte si se es esclavo? No sé, pero creo que una mariposa puede arrastrar una piedra atada a su cuerpo dentro de la imaginación y que éso es suficiente. Creo que la mejor creación que conocemos es nuestro propio cuerpo, su capacidad de integrar dentro de él las imágenes que están fuera, los sonidos y el aire, su capacidad de medir el ritmo, de alcanzar montañas o de alcanzar sólo unos metros, su fuerza para recordar, su valor para mirar a otros e integrarlos en su mundo, su incansable tenacidad para levantarse sobre el suelo cada día. Ésta es la mayor creación que existe y la disfrutan igual el genio que el vulgar, y la añoran igual cuando la pierden.

Pero he de contar también la parte de esta historia que me llevó a hablaros de la pintora. Ella pintó sus obras más bellas demente, rodeada de dementes en aquella residencia, y éso es sólo porque el arte y sólo el arte puede crecer en medio de la nada.

El dolor de los locos: un ensayo sobre México

10 de junio de 2012 § Deja un comentario


La locura – Odilon Redon

Dicen que sólo los niños y los locos ven con nuevos ojos las cosas de siempre, que sienten la punzada del dolor o la belleza como si fuera la primera vez que se presenta.

Sólo los locos se asombran de la luz de las farolas, de los cadáveres, del amor infinito de los perros, del milagro de vivir. Sólo a ellos se les vienen las lágrimas a la boca y el sudor a las palabras cada vez que ven violadas a las niñas, temerosas a las madres. Ellos sufren los amores baldíos de las canciones viejas. Ellos son los que miran, con sorpresa, el miedo de los secuestrados antes y después de su tortura, su falta de aire, su abismo. Ellos mueren asfixiados a su lado, tiemblan con las hijas que no llegan, se quedan huérfanos de padres y de hijos, y olvidan con demencia la cuenta de las noches en vela.

Las manos me tiemblan y se me atragantan las razones como corchos de botella, ¿estoy loco? ¿soy demente? Busco en derredor de este país tan lleno de espejismos, tan lleno de música y tan lleno de violencia, y veo que unos pocos destapan la voz de sus heridas: las madres, que ya no temen nada porque les arrancaron los vientres, las dejaron sin sed, las volvieron criaturas; y los locos, que sufren en los cuerpos ajenos una y otra vez cada día, sin descanso, como si fueran ellos mismos una tierra empapada de cadáveres, de visiones, una tierra que pudiera haber sido suelo para el maíz o la poesía, pero que, al contrario, fue elegida para sostener la muerte.

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Corazón sin alma

3 de abril de 2012 § Deja un comentario


François Maréchal “Locura interior”

Mi corazón
se me ha salido del cuerpo.

He ido a buscarlo, sin alma, alrededor de la tierra
y estaba junto a los tanques
en manos de los soldados.

Estaba mi corazón, sin alma,
tragándose la arena
tendido al sol del Sáhara
junto al hambre, llena
de muchachos.

Mi coraje sediento reía
violando a la hija de una madre que lloraba.
Pude reconocerlo hiriendo a un perro muerto,
lo vi desolado, arrancado, sin boca
estaba torturando a los niños ya viejos,
sin dientes, riendo
de ira, enseñando
a matar sin ojos ni arma.

Ahora que ya no está en mi pecho
abro la boca para cantar y no puedo
abro las manos para dar y no tengo
ojos para tener mirada, y se me parten
las lágrimas en dos y no recuerdo
lo que solía yo cantarle al hombre.

¡Mi corazón! que fue dorado en otro tiempo,
que supo llorar con la poesía y con la tarde
ahora no puede llorar ni sabe
imaginar el amor.

Y no sé con qué corazón caminar ahora por la tierra.
Cuando fui a buscarlo encontré al hombre y a la muerte
cosidos de la mano.
Mi corazón era el hombre, mi corazón la muerte,
y yo los estuve cosiendo
callando.

¿Dónde estoy?

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