La aterradora cuenta atrás

2 de agosto de 2016 § Deja un comentario


Invitada: Helia Rentero

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Quizás nunca tan confusa,
nunca un verano con tanto sudor.

Llevabas razón, Amigo-Oxígeno: la vida es esto.
Ya no hay camino, esta es nuestra Ítaca.

Tanta música atronadora,
tanta risa a costa de lo ajeno.
Veíamos la meta tan cercana
que no pensamos en las piedras del sendero.

Ahora te sientas,
entre sollozos, piensas.
Toca asumir.

Y no me abarcan los brazos para acogerte
y decirte: no te preocupes, eres fuerte,
aún queda mucho mundo por conocer.

Esquinas que guardan secretos al aire
descubiertos a plena luz del sol.

La ventana desde el sótano,
zapatos que van y vienen,
desconocidos que ignoran la realidad,
la absoluta certeza: aquí y ahora.

Pero el reloj comienza a marcar
su aterradora cuenta atrás.

Nos destrozaron, nos hicieron añicos,
pero nunca faltaron carcajadas y maletas a rebosar.

El metro acelerado en otoño, vacío en verano.
Instinto felino tras la presa a atrapar.

Y no puedo estar más triste ni más contenta.
Desenredo mi pelo en intentos absurdos
de hacer de éste un nuevo día.

Despierto, y en posición horizontal
avanzo en este pasillo empapado de charcos
en los que me empeño por no ahogarme.

Mis piernas frágiles no me sostienen,
mis pies chillan descompuestos.
Ya basta de ignorar también su desgracia.

Tanto tiempo tan lejos de casa…

Cecilia me atrae con su mirada
hasta aquella sala de cine decrépita
donde decidimos en qué marco
encajar nuestra existencia.

Enmudezco ante su grandeza,
mi pecho estalla en latidos.

Menos mal que después de todo
hay quien pone letra a las canciones,
hay quien espera en la estación,
y siempre razones para seguir andando.

El amor es prepararse.
La amistad, el sexo, países extranjeros:
prepararse.

Otro paso hacia adelante,
otro niño que despierta,
despedidas siempre inoportunas.

Desconcierto.
La familia, que protege,
tu inseparable estuche de pastillas.

Estoy dando a luz sin dolor,
tras un embarazo lleno de baches.

 

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Te levantas temprano

26 de julio de 2016 § 2 comentarios


Madrid, 18 de julio de 2016 - Macu Gavilán

Madrid, 18 de julio de 2016 – Macu Gavilán

Te levantas temprano porque hoy se acabaron tus vacaciones según tu jefa: tú. Ya está bien de dedicarse a la literatura mañana y tarde. Agosto ya está aquí y tienes que volver a la investigación, preparar un congreso, formatear tu tesis. Por eso te levantas temprano el lunes, cuando todavía hace fresco, porque le tienes miedo a julio y sus 38 grados. A partir de 35 grados, cada uno que sube no cuenta lo mismo que antes, sino el triple: de 25 a 26 grados de temperatura apenas hay diferencia, pero de 37 a 38 hay un abismo. Aún así, si sales a las nueve y el sol todavía no ha alcanzado el asfalto, estás a salvo. Y te vas al El secuestrador de besos” a tomarte el café y el pan con tomate y recibes una llamada que amenaza con joderte toda la mañana. Y te dices que no, que no te la ha jodido porque, en realidad, no ha pasado nada. Pero el caso es que una especie de araña se te ha instalado en las tripas y la belleza del día ha pasado a un segundo plano, ha cedido su protagonismo a una simple araña fea y peluda, y se ha revelado falsa y débil como un escenario de teatro cutre y pretencioso. Ni el pan con tomate, ni el café con hielo, ni el airecito que entra por el ventanal son ya lo que eran. Tu media hora de lectura literaria no consigue hacerte olvidar quién eres y dónde estás porque entras y sales a la casa del protagonista, lo ves lavar los baldosines sucios de mierda de la casa de su abuela y enseguida te ves a ti, con las hojas de tu libro llenas de migas duras del pan tostado, pensando en que una araña inquieta se te ha instalado en el estómago y que ésta es la mejor descripción que has encontrado para la sensación que tienes, lo cual es un alivio. Entonces te levantas porque es temprano aún y te vas a poder poner a trabajar. Y bajas la calle Embajadores y notas algo raro. Piensas que llevas el ceño fruncido mientras pasas por ese café donde siempre quieres entrar, pero nunca te atreves, aunque aminoras el paso mientras miras a la barra intentando acostumbrar tus ojos esa oscuridad. ¿Hay menos gente en la calle o qué pasa? ¿Es porque es julio? ¿Porque es fiesta? Piensas que quizá es tu araña del estómago y luego piensas que te dejes de arañas. Llegas a la calle de La Casa Encendida para meterte a la biblioteca y arreglar todo lo que se ha descolocado dentro de tus tripas a base de trabajo. Y cuando doblas la esquina piensas que lo peor que te podía pasar sería que estuviera cerrada, pero si abre en domingo, estaría abierta también en lunes, aunque fuera festivo. Y su portón marrón te responde un rotundo NO. La araña que llevas en el estómago se ríe señalándote. Joder. Así que te conformas con ir a La Infinito a trabajar como hacías en enero. Ahora han tapado los enchufes para los portátiles y así que los barbudos camareros no tienen que explicarte que es que tienen una fiesta privada y quizás te tengas que mover a la barra. Ahora tu café no puede ser eterno como antes: puede durar lo que dure tu batería: ¡qué elegancia! Y como la araña sigue en el estómago y la rutina se ha partido en dos, te pones a narrar.

La vieja soledad de Lavapiés

17 de noviembre de 2015 § Deja un comentario


No sé qué me pasó. Estaba comiendo en un restaurante barato del barrio donde vivo. Cocido. Vino malo con casera. Tortilla con pimientos.

12185441_10153676362293564_1222780571330186040_oContemplaba la luz de la tarde que atravesaba la calle que desembocaba justo en la mesa que elegí. Pensaba si merecía la pena o no sacar el móvil, hacer una foto, ponerle un filtro, etiquetar Madrid. “No. La luz no es tan amarillenta, ni las sombras pronunciadas, ni los balcones se perfilan. No hay objeto al que mirar”, pensé. Yo contemplaba la luz de todas formas y veía bajar el sol, llegar el frío, a solas con aquel paisaje nada espectacular y extraordinariamente íntimo. Mientras, los amenazantes pimientos verdes empapados en aceite indigesto me contemplan a mí. “¿Me atreveré a comerlos?”

Un hilo de voz frágil descendió por la cera donde alargábamos la tarde los pimientos y yo. Terraza en cuesta. ¿Será un mendigo, una mendiga, un loco, un desahuciado, un drogadicto? Retrasé todo lo que pude el momento de levantar la vista. Esperaba que, de un segundo a otro, aquel murmullo se impusiera con el poder de un soberano sobre mi frágil conciencia y guiara los dedos de mi mano sin permiso de mi mente hasta el fondo de mi bolso donde alcanzaría unas monedas. Así apresuraría el final de aquella escena: pagando por el silencio de la víctima.

Sin embargo no fue tal. Aquel susurro no iba dirigido a nadie, sino que estaba fraguado en soledad y destinado al vacío. Después de él, una mano de anciana se aferró a una de las sillas de mi mesa. Se adelantó un bastón del otro lado y un cuerpo curvo hacia adelante anclado en ambos, entre medias. Una chaqueta verde, una nariz al suelo y una cara de dolor sin más. “Aquel cuerpo tiene miedo de caer”. Avanzaba tan lento que, por cada metro, los fuertes negros de Lavapiés lanzaban diez largos pasos cuesta arriba. “Cuando ella muera, nosotros aún estaremos aquí, como si nada, y nunca la habremos conocido ni nombrado”.

“Me ahoga cada uno de sus pasos. Ya no quiero mis pimientos. ¿Qué hago?” Se paró y giró su cuerpo hacia la calle. “¿Quiere cruzar? ¿Por qué habla sola?” Mastiqué mis sentimientos. Acaricié mi nudo en la retina y me olvidé de su figura unos segundos mirando a la calle atardecida. Cuando volví a ella, la vi cruzar del brazo de una mujer. “Va bien vestida (me consuelo). No hace mucho de su última peluquería. Sus zapatos no están rotos. Lleva medias finas sin carreras. No tiene frío. ¿Y sus hijos? ¿Dónde están?” Los juzgo terriblemente, con la claridad de un dios, con saña e ironía. “Que no se caiga, pido al aire. Que no se caiga sola en su piso sin ascensor al que no llama nadie. ¿La asistencia social es como llamo yo al progreso? Sí, me digo, así lo llamas. Lo llamas “asistente”, lo llamas “enfermera”, lo llamas “pensión”, lo llamas “soledad”. ¿Es que nunca llegará a la esquina?”
Por fin la tapó una enorme camioneta. “¿Así estás mejor? ¿Sin verla?” Pensé en el absurdo de tener una ideología para mejorar el mundo cuando ni siquiera tengo una ideología para mejorar la vida de esta vieja.

Volví a mirar tranquila la luz de la tarde. Se me había quitado el hambre, pero no la sed. Terminé el vino malo con casera y me quitaron los pimientos. Pedí un café. Un café con leche ardiendo. Recorrí mis pensamientos para dotar de algún sentido a aquél murmullo que se me había quedado dentro. Me olvidé de ella. Se enfrió el café y lo bebí de un trago. Me dirigí a la biblioteca que estaba a la vuelta de la esquina y, justo al doblar la calle, una chica joven caminaba del brazo de la vieja. Ella le estaba explicando a gritos que está sorda, que le tiraron del bolso y se ha roto la cadera, que en casa todo se lo hace ella, y que le duele mucho. Trae una herida abierta en la nariz. Y está contenta.

¿Dónde estoy?

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