Canto en la naturaleza

6 de febrero de 2017 § Deja un comentario


15085694_10154548498758564_5366889692329026517_nLas sombras de las ramas acarician
mis brazos, que dan suelo a su danza;
el viento viene a verme y se revuelve
entre mi piel y mi casa.

Los pájaros desconocen mi nombre
pero no el amor que aguarda en mi garganta;
el musgo del repecho de la roca
corresponde a mi alma.

El duelo de mis dedos temerosos
olvida su zozobra cuando besa el agua;
los charquitos, las hormigas y las piedras
me consuelan, me callan.

Soy oidor de todos sus pensamientos
de la poesía de sus quejas cotidianas;
voy y vuelvo de la montaña al pueblo,
ligera, con las campanas.

Entorno los ojos para distinguir del cielo
cómo, allá arriba, me saluda una planta;
yo la amo y me convierto en su siervo
sin preguntarle nada.

El camino de tierra es un milagro,
me tiendo sobre él como en un lecho;
y escucho su voz ronca preguntando
por mis sueños.

Me desperezo como un animal, sin prisa
estiro mi vista hasta la última loma;
pongo mi oído sobre la tierra encendida
y escucho el idioma

de los mamíferos tendidos a la sombra
que con tanta dulzura se acicalan;
me guardo en sus pellicas y su lengua
me amamanta.

No tengo miedo ya, no espero nada.
Mi cuerpo, joven aún, es libre
de sí mismo y de aquello que ama.

No padezco hambre ni frío,
y me entrego al sueño confiadamente
esperando seguir aquí mañana.

Detenerme

17 de marzo de 2016 § Deja un comentario


Tus pasos engullen como una lengua gris a las banquetas, y el asfalto se desliza bajo tus suelas en dirección contraria.

Puedo reconocer tu silueta a pesar de los años y a pesar de la distancia. Has caminado así siempre, desde todas las partes, de la mano del tiempo.

Carlos Tlakaelel

Carlos Tlakaelel

Te has entregado a él tirándote de espaldas como si el tiempo fuera un campo espeso de trigo.

Ahora vienes a verme como si cualquier cosa, como si nada.

Miras a lo lejos, hacia fuera, con una bandolera blanca cruzando tu pecho oscuro, y se detiene el viento a mi alrededor, tu cómplice y amigo.

Arrancas tus generosas zancadas sin esfuerzo galopando a cámara lenta, y las sombras, que antes eran cortantes y geométricas, empiezan a desdibujarse.

Las gotas de sudor perlan tu nariz mora, indígena y gitana. Tu pelo aguarda perezoso sobre tu espalda extendido, y se zarandea al ritmo de tus pasos.

Mientras te veo venir, los árboles van apagando el cuchicheo de sus hojas y, en el parque, la multitud se esparce sin sonido.

Caminas hacia mí con tus piernas arqueadas, varoniles, dejando atrás la distancia que nos separa, sin resistencia alguna y sin rencor.

Los árboles han enmudecido ya completamente y aguardan inmóviles retando con su eternidad el burdo pasar de los segundos.

Bebes a grandes tragos tu sed y el alimento, y entregas un sí como saludo.

Mis pensamientos, mis tareas y mis preocupaciones se me escurren por mi pelo y mi garganta. No se extinguen, ni agonizan, tan sólo se desplazan, y riegan despreocupadamente el suelo que las sorbe y las amansa.

Sólo estaremos aquí por un segundo eterno y nuestros ojos lo saben porque hoy somos más efímeros que nunca. Todo se ha detenido y, por fin, las cosas se suceden de una en una.

Tú sacas del morral un libro de poemas y empiezas a leer como si estuviéramos en un campo desierto a la luz de la luna. Los motores no existen. Las figuras se alejan con la niebla. Y la realidad que sale de tus labios se esparce por tu cuerpo y se derrama.

La noche y yo somos los únicos testigos de tu voz, que es la única cosa que ahora se desplaza, y yo miro pasar las sílabas delante de mis ojos, de una en una, separadas.

De repente, nada ocurre, sólo tú, yo y el arte que nos aísla de todo lo que no es él.

 

La inmortalidad

25 de febrero de 2015 § 1 comentario


Durante muchos años creí que mi padre era inmortal: nunca se había hecho una herida, podía matar una serpiente con un palo, conducía durante horas con una sola mano y se curaba de cualquier enfermedad con una aspirina.

Wilma Hurskainen - Whiskers

Wilma Hurskainen – Whiskers

Su inmortalidad sólo se veía amenazada por el paso del tiempo. Por eso, su cumpleaños era un día muy difícil para mí: nunca entendí por qué debíamos celebrar que fuera un año más viejo. Para colmo, los que lo felicitaban le decían con aires de buenos samaritanos que cumpliera “muchos más”. ¿No podían desearle que se quedara para siempre con 43?

Yo sabía que ser mayor implicaba ser pesimista sobre las cosas del mundo, pero me irritaba ver el empeño que tenían los adultos en ser pesimistas también con los deseos.

Para retrasar la llegada de su vejez, yo me acercaba sigilosamente a su cabeza cuando dormía la siesta y le arrancaba alguna de sus canas. Sólo podía quitarle una cada vez porque, obviamente, el dolor lo despertaba. Y tenía que dejar pasar unos días entre cana y cana porque si no, me regañaba. Pero en pocos meses podría dejarle la cabeza completamente joven de nuevo y así, quizás, evitaría que alcanzara la edad de un abuelo.

Pero una noche helada de marzo comprendí que aquel hombre no era inmortal cuando lo vi llorar por la muerte de su yegua. Al comprobar que el cólico no tenía remedio, Luis, convertido en una sombra sin gesto, rellenó la jeringuilla con una dosis mortal. La acarició, le susurró algo que no pude escuchar y esperó a que se derrumbara como un piano sobre el impasible suelo. Se arrodilló junto a ella, aún caliente, y pasó la mano por su sudoroso pecho llorando como un niño. En ese momento, una bocanada de viento detuvo mi cuerpo y entendí que, si él también lloraba, sería inevitablemente víctima del tiempo.

¿Dónde estoy?

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