Canto en la naturaleza

6 de febrero de 2017 § Deja un comentario


15085694_10154548498758564_5366889692329026517_nLas sombras de las ramas acarician
mis brazos, que dan suelo a su danza;
el viento viene a verme y se revuelve
entre mi piel y mi casa.

Los pájaros desconocen mi nombre
pero no el amor que aguarda en mi garganta;
el musgo del repecho de la roca
corresponde a mi alma.

El duelo de mis dedos temerosos
olvida su zozobra cuando besa el agua;
los charquitos, las hormigas y las piedras
me consuelan, me callan.

Soy oidor de todos sus pensamientos
de la poesía de sus quejas cotidianas;
voy y vuelvo de la montaña al pueblo,
ligera, con las campanas.

Entorno los ojos para distinguir del cielo
cómo, allá arriba, me saluda una planta;
yo la amo y me convierto en su siervo
sin preguntarle nada.

El camino de tierra es un milagro,
me tiendo sobre él como en un lecho;
y escucho su voz ronca preguntando
por mis sueños.

Me desperezo como un animal, sin prisa
estiro mi vista hasta la última loma;
pongo mi oído sobre la tierra encendida
y escucho el idioma

de los mamíferos tendidos a la sombra
que con tanta dulzura se acicalan;
me guardo en sus pellicas y su lengua
me amamanta.

No tengo miedo ya, no espero nada.
Mi cuerpo, joven aún, es libre
de sí mismo y de aquello que ama.

No padezco hambre ni frío,
y me entrego al sueño confiadamente
esperando seguir aquí mañana.

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Cumpleaños

27 de noviembre de 2016 § Deja un comentario


Invitado: Dan Toro Rivadeneira

Para Macu Gavilán

Castillo de Calatrava La Nueva

Castillo de Calatrava La Nueva

Es altísimo el gesto del caballo,

la cabriola

del mechón dorado el casco último

en salirse de la tierra.

Es una nube anchísima el vuelo del jinete.

 

 

Recordemos:

¿Desde cuándo estás en el aire, alazán de La Mancha?

¿Desde dónde elevas las crines hasta el fuego efímero?

¿Fue en esos días de noviembre

que saliste hacia la luz por la garganta

como sibilante el Guadiana

cuando brota de sus propios ojos?

 

Recordemos:

Esto es cuestión del otoño.

Eres un brote tierno y redondo saltando en el colchón.

Te mecía la canción de una cuna que iba dando vueltas

y ahora, a treinta y pocos, escuchas a los maizales

le cantas a los hombres de palabra justa

y nos meces con sus ecos

allí donde tu salto habita inacabado.

 

Esto es cuestión de las hojas, no cabe duda.

Los liquidámbares y las encinas

te habrán prestado el aire de su descenso

para que no te toque el suelo,

suspensa cabriola irreversible,

allí te quedarás urdiendo los colores.

¿Serás cuestión del arcoíris?

¿O es que lo de estrella te viene por los brazos

del hermano ángel

que te embracilaba y te enseñó a domar a las fugaces?

 

Esto de venir es cosa del otoño.

Pero el salto de quedarse

se cuenta a relinchos de caballo.

 

Madrid. Otoño, 2016

 

 

 

 

Detenerme

17 de marzo de 2016 § Deja un comentario


Tus pasos engullen como una lengua gris a las banquetas, y el asfalto se desliza bajo tus suelas en dirección contraria.

Puedo reconocer tu silueta a pesar de los años y a pesar de la distancia. Has caminado así siempre, desde todas las partes, de la mano del tiempo.

Carlos Tlakaelel

Carlos Tlakaelel

Te has entregado a él tirándote de espaldas como si el tiempo fuera un campo espeso de trigo.

Ahora vienes a verme como si cualquier cosa, como si nada.

Miras a lo lejos, hacia fuera, con una bandolera blanca cruzando tu pecho oscuro, y se detiene el viento a mi alrededor, tu cómplice y amigo.

Arrancas tus generosas zancadas sin esfuerzo galopando a cámara lenta, y las sombras, que antes eran cortantes y geométricas, empiezan a desdibujarse.

Las gotas de sudor perlan tu nariz mora, indígena y gitana. Tu pelo aguarda perezoso sobre tu espalda extendido, y se zarandea al ritmo de tus pasos.

Mientras te veo venir, los árboles van apagando el cuchicheo de sus hojas y, en el parque, la multitud se esparce sin sonido.

Caminas hacia mí con tus piernas arqueadas, varoniles, dejando atrás la distancia que nos separa, sin resistencia alguna y sin rencor.

Los árboles han enmudecido ya completamente y aguardan inmóviles retando con su eternidad el burdo pasar de los segundos.

Bebes a grandes tragos tu sed y el alimento, y entregas un sí como saludo.

Mis pensamientos, mis tareas y mis preocupaciones se me escurren por mi pelo y mi garganta. No se extinguen, ni agonizan, tan sólo se desplazan, y riegan despreocupadamente el suelo que las sorbe y las amansa.

Sólo estaremos aquí por un segundo eterno y nuestros ojos lo saben porque hoy somos más efímeros que nunca. Todo se ha detenido y, por fin, las cosas se suceden de una en una.

Tú sacas del morral un libro de poemas y empiezas a leer como si estuviéramos en un campo desierto a la luz de la luna. Los motores no existen. Las figuras se alejan con la niebla. Y la realidad que sale de tus labios se esparce por tu cuerpo y se derrama.

La noche y yo somos los únicos testigos de tu voz, que es la única cosa que ahora se desplaza, y yo miro pasar las sílabas delante de mis ojos, de una en una, separadas.

De repente, nada ocurre, sólo tú, yo y el arte que nos aísla de todo lo que no es él.

 

¿Dónde estoy?

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