Convertir el mundo en universo

23 de noviembre de 2016 § Deja un comentario


Anticrítica de arte

“Es ya difícil comprender qué hace el hombre aquí, bajo todas esas estrellas que en las noches de luna parecen mirarlo sólo a él, tan vulnerable y destructivo, tan insignificante y lleno de sí”.
Fotos de Instagram - Macu Gavilán

Fotos de Instagram – Macu Gavilán

La religión es un instinto que despierta cuando el ser humano descubre su pequeñez. El mito, la poesía y la música no son más que la respuesta ordenada y material de ese instinto, que a menudo se despliega con urgencia ante el suceso de la muerte.

Cuando una persona muere y su cuerpo inerte queda tendido sobre la lámina metálica de la morgue, su presencia se convierte en una gran pregunta para el que lo observa. Esa materia, compuesta de esqueleto y vísceras inmóviles, contuvo un universo psíquico infinito que ahora no es mucho más compleja que la lámina que la sostiene.

El cuerpo muerto se convierte en una incógnita insuperable y atrayente que obliga a sus semejantes a preguntarse: ¿Cómo puede un cuerpo perder la vida? ¿Qué es, entonces, la vida? ¿Acaso es algo distinto del cuerpo, susceptible de perderse?

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Día de Muertos en España y México

2 de noviembre de 2016 § Deja un comentario


Dos formas de (re)vivir la pérdida

Un español que no ha visitado México no puede ser plenamente consciente de hasta qué punto en nuestra tierra la muerte es un tabú.

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En España la muerte ha de vivirse en silencio, interiormente, sin grandes aspavientos. Cuando uno verdaderamente sufre ha de quedarse a solas con su recuerdo. Si muere un ser querido se viste uno con colores apagados, baja uno la vista al suelo, pierde la mirada, muestra la contención del llanto, acepta serio los sentidos pésames y los «te acompaño en el sentimiento». Da uno la mano, habla en voz baja, elimina todo ornamento. Aleja de sí la risa, que puede llegar a ser ofensiva en un contexto mortuorio, pero también la música, la alegría y los placeres del cuerpo.

En lo sucesivo, en el Día de Todos los Difuntos va uno a limpiar la tumba (si es que va), a poner unas flores a solas con su Dios (si es que lo tiene) y dedica unos minutos a sus muertos (si es que están en el cementerio). Pero si no, se queda en casa, porque «la procesión va por dentro», como si la exteriorización del dolor lo hiciera a uno sospechoso de hipocresía y falsedad, preso de la apariencia, pendiente del «qué dirán». Como si la puesta en escena del dolor interno fuera signo de falta de autenticidad y de verdadero afecto. Por eso ahora ya da igual si son incinerados o no, si los meten en tumbas o en nichos, si están en un lugar fijo o si han desperdigado las cenizas en un acantilado o bajo un almendro. En España hemos aprendido a quedarnos a solas con la muerte y vivir nuestro dolor en silencio.

Pero esta forma de hacer frente a la pérdida nada tiene que ver con la de México. Allí el Día de Muertos es un ritual y, por ello mismo, es exterior, material, visible y comunitario: un pretexto para consolidar «la vida juntos» de los vivos mientras se sanan las penas internas trayéndolas al cuerpo y a la tierra.

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El cuerpo humano: el lugar de la posibilidad infinita

20 de marzo de 2014 § Deja un comentario


Ilustración del siglo XV que explica cómo sacar dagas y espadas del cuerpo.

Ilustración del siglo XV que explica cómo sacar dagas y espadas del cuerpo.

No es de extrañar que la muerte de un ser vivo provoque un shock en las personas que la presencian, ni que éste sea aún más profundo si lo que se presencia es la muerte de un ser humano.

Efectivamente, es cuando contemplamos un cuerpo sin vida que nos damos cuenta con mayor nitidez de todo lo que significa la vida. Éste se nos presenta como una huella en la arena, un símbolo de todo aquello que tuvo lugar en él y desapareció. Un cuerpo sin vida nos convierte en testigos mudos de algo que sobrecoge universalmente: con la muerte nos damos cuenta de que es mucho lo que se va cuando se va la vida, como diría el filósofo Fuentes Ortega.

También es cierto que la vida misma es ya un enorme misterio cuya complejidad no deja descansar a la humanidad de su angustia por explicárselo, pero éste puede llegar a ser digerido por el común de los mortales e incluso pasar inadvertido la mayor parte de sus días. Sin embargo, cuando se topa con la muerte, ese misterio se hace presente de una forma ineludible hasta para el más simple de los humanos, y se levanta ante él como símbolo de su íntima proximidad con el resto de los hombres. En realidad, la muerte que nos une es algo que todavía no hemos sabido formular sino, quizás, tan sólo desde el arte.

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