Emigrantes sentimentales o la vocación de ser extraño

23 de agosto de 2016 § Deja un comentario


Los emigrantes sentimentales existen. Es cierto que su causa no resulta heroica como la de otros emigrantes.

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México, 25 de marzo 2016 – Macu Gavilán

Puede ser cool, pero no épica, o al menos no suele ir acompañada de grandes dramas dignos de contarse con fondo de violines y trompetas.

Nada tienen que ver con los emigrantes económicos, mártires de nuestro siglo, que atraviesan alambradas de espinos y desafían a los mares con lanchas de juguete. Ellos huyen de la sequía y la hambruna que amenazan con quedarse mucho tiempo royendo sus casas y agrietando sus talones desnudos en la arena, entrando en sus maizales en forma de plagas o huracanes, aplastando sus cultivos de caña, acabando con sus muros de adobe y con sus techos de palma.

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Hasta siempre, amor

17 de julio de 2016 § Deja un comentario


Ciudad de México - Abril 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México – Abril 2016 – Macu Gavilán

Fabio era una flaca sombra con sombrero blanco que un día salió por la puerta de la casa y volvió para quedarse convertido en nombre en la boca de mi abuela. La dejó sola con seis boquitas pedigüeñas y tuvo que trabajar limpiando suelos, y soportar que alguna que otra patrona la acusara de ladrona, con lo buena cristiana que ella era. Fabio la dejó por «otra que le hacía mejores cosquillas que yo» habiendo sido él el hombre que le dio la Iglesia. Intentó volver dos veces, una con unas flores y otra con el labio partido y cara de pena. Pero dos veces se encontró la puerta del adiós: «y no me arrepiento, por más que se me alargue el desamor hasta la muerte».

«Fabio», pronunciado así, de un golpe, era el sonido que le llenaba el vaso de whisky y los ojos de agua cuando ella se encerraba en su cuarto a llorar: Hasta siempre amor, corazón como el mío, que compartió su hastío, no encontrarás. Ese tango era el único sonido que salía por debajo de la puerta porque la abuela no quería que los niños la viéramos llorar. Algunos de mis tíos eran de mi edad y siempre nos quedábamos como mochuelos perplejos esperando que el pomo cediera de nuevo a la normalidad.

Pero a decir verdad, yo de Fabio no me acuerdo. Al único que yo llamé ‘abuelo’ fue a Don Librado, El Viejito. Había sido novio de la hermana gemela de mi abuela y, a los dos meses de que ella lo dejara, se vino a vivir a casa y compartió el lecho de amor con su «Rosalbita de mi vida». Pero un domingo, una vieja que era la prensa rosa de Pereira le vino a decir a mi abuela que dicen que dizque ya van varios que dicen que ven “al Viejito” saliendo de la casa de una muchacha que vive en tal calle de tal pueblo al ladito de la iglesia. Y según le cierra la puerta a la prensa rosa de Pereira, viene Doña Rosalba corriendo a la cocina y se guarda un cuchillo entre las tetas: «Viejo cabrón, te vas a enterar».

Cuando llegó al pueblo, se esperó escondida detrás de un buseto mirando por el cristal de la ventanilla la puerta inmóvil de la casa donde le habían dicho que ella vivía, una puerta muda que la separaba de un dolor posible, todavía imaginado, que guardaba una tragedia que todavía podía no pasar. Pero la puerta se abrió y apareció El Viejito besuqueándose con aquella mujer. Mi abuela se derrumbó a llorar hacia delante olvidándose del cuchillo que traía entre las tetas y cuando notó su punzada se acordó de Fabio, otro cabrón igual, y el coraje le cortó la niñería. Empuñó el cuchillo y se fue hasta ellos, pero cuando los tuvo delante lo dejó caer y se soltó a llorar.

El Viejito le pidió perdón muchas veces, pero «si no perdoné al hombre que me dio la Iglesia, a ti menos te voy a perdonar». No lo echó de casa pero sí de su cama, y lo puso a dormir en un cuartito que quedaba libre al otro lado del patio. El Viejito le traía flores, le pedía perdón, le prometía lealtad. Yo lo veía angustiado y le acariciaba su bigote recortado cuando se sentaba a tomarse su café sobre el tronco cortado de la cocina.

A los veinte días de que pasara aquello se le pinchó una rueda del buseto que él manejaba y bajó con su gato a arreglarla en medio de un secarral. Allí mismo se le paró el corazón y se derrumbó en segundos su cuerpo endurecido. Mi abuela decía siempre que fue por su culpa que le pasó aquello al Viejito y que más hubiera merecido él su perdón que el malnacido de Fabio que, cuando se iba a tirar un pedo, se ponía en el trasero la mano de alguno de sus hijos. Y sin embargo hoy, que ella ya va perdiendo la razón, cada vez que ve llegar a algún varón de su familia, siempre dice la misma frase, «Fabio, mi amor».

La lujuria y el arte

20 de octubre de 2012 § Deja un comentario


Anticrítica de arte

La palabra «lujuria», en latín «luxŭrĭa», es un derivado de «lujo» que, a su vez, procede de la palabra latina luxus, -ū, y quiere decir «vida voluptuosa, exuberancia, exceso».

El arte es un lujo, eso lo sabemos todos: los que no podemos vivir de él porque no nos llena el estómago y los que no lo pueden disfrutar porque tienen que llenar primero su estómago. El arte es la actividad que se ubica en los excesos. Pero esto no es ninguna novedad, todo el mundo sabe que los teatros y la ópera crecieron a la par que la nueva clase social de la Edad Moderna, la burguesía, que creó eso que hoy llamamos “ocio” y ubicó dentro de él a las artes escénicas.

Pero el arte nace también como un exceso. El arte puede crecer allí donde hay hambre y sequía, crece milagrosamente, a veces incluso más voluptuoso por la escasez que lo circunda. Sólo el arte puede crecer en medio de la nada.

Oswaldo Guayasamín – La espera número 7

Les contaré la historia que me hizo comprender esto que les cuento. Conocí a una pintora que era un genio, de esos que existen lo digan o no los libros, se publiquen o no sus obras, ahí están, ellos lo saben y algunos –pocos- de los que los rodean también. Esta pintora estaba loca, y su historia coincidió en muchas cosas con la imagen romántica del artista cuya locura es fruto de su extrema sensibilidad, cuya creatividad paga con la demencia y cuyas alucinaciones son visiones certeras del mañana.

Yo no sé si es esto cierto o no, aunque prefiero pensar lo que todo el mundo, que hay un poco de talento y un poco de trabajo combinados en los manjares de la creación. Me gusta opinar así, con este lugar común, con la sabiduría de muchos de mis prójimos.

Pero en cualquier caso, si la conexión entre locura y arte no fuera sino un mito, este mito la llevó directa a la tragedia. Ella mimaba y alimentaba esa locura como mimaba y alimentaba su arte, con la idea de que su sufrimiento era el precio de crear como un dios. Eso hizo que si en algún momento estuvo a tiempo de atisbar el abismo al que se asomaba, y tuvo responsabilidad sobre su suerte, se lanzó porque creyó ser ése el precio de ser dueña de lo bello. Pero llegó un momento en que la locura pudo más, no sólo que su arte sino que su propio cuerpo y pasó de ser un “lujo” a convertirse en un desierto.

Unos pocos días antes de despedirse definitivamente de mí, me confesó: si es que éste es el precio de la creación, yo hubiera preferido tener cáncer. Creía que una mariposa podía arrastrar una piedra atada a su cuerpo y que todas las leyes del mundo podían revertirse si la magia existía. Pero la realidad era que su locura la llevó a ser el más frágil de los humanos sobre los que se elevaba. Demente, en la residencia donde murió rodeada de dementes, pedir un poco más de pan en el desayuno era la prueba más difícil de su vida, estaba sola, apartada por un abismo de “los demás” a los que siempre despreció, la “gente” entre la que nunca quiso ni pudo camuflarse.

¿Es mejor no ser un dios y vivir libre? ¿Es la locura el precio del arte y la estupidez el precio de la libertad? ¿Qué es la libertad si se es estúpido? ¿Qué es el arte si se es esclavo? No sé, pero creo que una mariposa puede arrastrar una piedra atada a su cuerpo dentro de la imaginación y que éso es suficiente. Creo que la mejor creación que conocemos es nuestro propio cuerpo, su capacidad de integrar dentro de él las imágenes que están fuera, los sonidos y el aire, su capacidad de medir el ritmo, de alcanzar montañas o de alcanzar sólo unos metros, su fuerza para recordar, su valor para mirar a otros e integrarlos en su mundo, su incansable tenacidad para levantarse sobre el suelo cada día. Ésta es la mayor creación que existe y la disfrutan igual el genio que el vulgar, y la añoran igual cuando la pierden.

Pero he de contar también la parte de esta historia que me llevó a hablaros de la pintora. Ella pintó sus obras más bellas demente, rodeada de dementes en aquella residencia, y éso es sólo porque el arte y sólo el arte puede crecer en medio de la nada.

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