Crónica de un vendedor de agua

7 de marzo de 2017 § Deja un comentario


El precio de la vida comunitaria

Muchos emigrantes sentimentales huimos de nuestros países porque cada vez se parecen más a esos cementerios militares estadounidenses: alineados, racionalizados, funcionales, anónimos, estructurados, supervisados, seguros y ahorradores. En ellos, como en la vida, el hecho de que cada elemento tenga un sentido (económico) ha provocado que su conjunto carezca de sentido (existencial), y no sabemos encontrar la salida a esta cárcel paradójica.

Quizá por eso, muchos emigrantes sentimentales nos enamoramos perdidamente de los países latinoamericanos, donde lo imprevisible es el pan de cada día, y la monotonía, un lejano cuento de hadas.

A veces desarrollamos una afección exageradamente benévola por cualquier cosa extraña que encontremos y nos convertimos en auténticos pánfilos, en el sentido más literal de la palabra: «amantes de todo». Seguir leyendo… 

Hasta siempre, amor

17 de julio de 2016 § Deja un comentario


Ciudad de México - Abril 2016 - Macu Gavilán

Ciudad de México – Abril 2016 – Macu Gavilán

Fabio era una flaca sombra con sombrero blanco que un día salió por la puerta de la casa y volvió para quedarse convertido en nombre en la boca de mi abuela. La dejó sola con seis boquitas pedigüeñas y tuvo que trabajar limpiando suelos, y soportar que alguna que otra patrona la acusara de ladrona, con lo buena cristiana que ella era. Fabio la dejó por «otra que le hacía mejores cosquillas que yo» habiendo sido él el hombre que le dio la Iglesia. Intentó volver dos veces, una con unas flores y otra con el labio partido y cara de pena. Pero dos veces se encontró la puerta del adiós: «y no me arrepiento, por más que se me alargue el desamor hasta la muerte».

«Fabio», pronunciado así, de un golpe, era el sonido que le llenaba el vaso de whisky y los ojos de agua cuando ella se encerraba en su cuarto a llorar: Hasta siempre amor, corazón como el mío, que compartió su hastío, no encontrarás. Ese tango era el único sonido que salía por debajo de la puerta porque la abuela no quería que los niños la viéramos llorar. Algunos de mis tíos eran de mi edad y siempre nos quedábamos como mochuelos perplejos esperando que el pomo cediera de nuevo a la normalidad.

Pero a decir verdad, yo de Fabio no me acuerdo. Al único que yo llamé ‘abuelo’ fue a Don Librado, El Viejito. Había sido novio de la hermana gemela de mi abuela y, a los dos meses de que ella lo dejara, se vino a vivir a casa y compartió el lecho de amor con su «Rosalbita de mi vida». Pero un domingo, una vieja que era la prensa rosa de Pereira le vino a decir a mi abuela que dicen que dizque ya van varios que dicen que ven “al Viejito” saliendo de la casa de una muchacha que vive en tal calle de tal pueblo al ladito de la iglesia. Y según le cierra la puerta a la prensa rosa de Pereira, viene Doña Rosalba corriendo a la cocina y se guarda un cuchillo entre las tetas: «Viejo cabrón, te vas a enterar».

Cuando llegó al pueblo, se esperó escondida detrás de un buseto mirando por el cristal de la ventanilla la puerta inmóvil de la casa donde le habían dicho que ella vivía, una puerta muda que la separaba de un dolor posible, todavía imaginado, que guardaba una tragedia que todavía podía no pasar. Pero la puerta se abrió y apareció El Viejito besuqueándose con aquella mujer. Mi abuela se derrumbó a llorar hacia delante olvidándose del cuchillo que traía entre las tetas y cuando notó su punzada se acordó de Fabio, otro cabrón igual, y el coraje le cortó la niñería. Empuñó el cuchillo y se fue hasta ellos, pero cuando los tuvo delante lo dejó caer y se soltó a llorar.

El Viejito le pidió perdón muchas veces, pero «si no perdoné al hombre que me dio la Iglesia, a ti menos te voy a perdonar». No lo echó de casa pero sí de su cama, y lo puso a dormir en un cuartito que quedaba libre al otro lado del patio. El Viejito le traía flores, le pedía perdón, le prometía lealtad. Yo lo veía angustiado y le acariciaba su bigote recortado cuando se sentaba a tomarse su café sobre el tronco cortado de la cocina.

A los veinte días de que pasara aquello se le pinchó una rueda del buseto que él manejaba y bajó con su gato a arreglarla en medio de un secarral. Allí mismo se le paró el corazón y se derrumbó en segundos su cuerpo endurecido. Mi abuela decía siempre que fue por su culpa que le pasó aquello al Viejito y que más hubiera merecido él su perdón que el malnacido de Fabio que, cuando se iba a tirar un pedo, se ponía en el trasero la mano de alguno de sus hijos. Y sin embargo hoy, que ella ya va perdiendo la razón, cada vez que ve llegar a algún varón de su familia, siempre dice la misma frase, «Fabio, mi amor».

La ley maga

11 de febrero de 2015 § Deja un comentario


“Macusita, La Alameda, España” eran las únicas palabras mecanografiadas en el reverso del sobre. Sin duda, yo era la única destinataria posible de esa carta. El remitente, sin embargo, no escribió su nombre, y únicamente tatuó el anverso con un escueto “Medio Oriente”. Yo conocía aquel lugar tan bien como cualquier niño conoce el bosque de Caperucita, pero no me esperaba tener noticias de esa parte del mundo hasta el próximo enero.

10850163_10153095277113564_1937873332060971029_nEl sobre estaba decorado con rayitas azules y rojas, signo inconfundible de la mensajería urgente que vuela en aviones especiales por asuntos de Estado. Seguramente, Melchor lo había escrito a toda prisa el día anterior con la máquina de escribir que debía llevar guardada en las alforjas de su camello.

El Rey de pelo como el mío me pedía una disculpa por no haberme podido traer el vestido verde de princesa que yo le había pedido el pasado enero (vestido que era, en realidad, el traje folclórico de las falleras valencianas). Pero lo más importante era, según me decía, que se había enterado de que un niño de mi clase me había dicho que los Reyes Magos eran los padres. Esto le había preocupado tanto que había tenido insomnio durante tres noches y, por eso, no había podido esperar al próximo año para desmentírmelo.

Me habría gustado seguir creyendo en los Reyes Magos. Su existencia hacía del mundo un tablero de leyes absurdas pero nítidas: los regalos llegaban si te portabas bien y, si te portabas mal, sólo llegaba carbón dulce. Ante esta claridad ética, ¿quién habría podido tener dudas sobre las consecuencias del bien y del mal?

¿Dónde estoy?

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